Un santuario de convivencia entre animales y humanos

En este sitio se albergan pingüinos, focas, leones y elefantes de mar sobrevivientes de sus depredadores: el hombre y otras especies, así como climas extremos.

Islas Falkland  

Con  una hora de sobrevuelo en avioneta de cuatro plazas desde Stanley —capital de las Islas Falkland— se llega al lugar más remoto y cautivante: la Isla de los Leones Marinos, refugio natural de pingüinos, focas, leones y elefantes marinos que han sobrevivido a sus depredadores naturales: el hombre y otras especies y a condiciones climáticas extremas y estresantes.

A primera vista, no parece que en estas zonas bañadas por aguas del Pacífico sur, haya alguna evidencia humana de peligro o destrucción; pero la historia registra que, no muy lejos de aquí, se libró una de las batallas más violentas entre argentinos y británicos, durante la guerra de Las Malvinas de 1982.

El buque de la armada naval real británica, el HMS Sheffield, fue alcanzado por un misil Exocet de la armada argentina y lo destruyó. Hay un monumento funerario en la parte sudoeste de esta isla que recuerda los nombres de los 21 marineros muertos.

Volviendo a la vida silvestre, aquí se encuentra una población numerosa de pingüinos y elefantes marinos. De los primeros, hay tres tipos: Gentoo (blanco con negro), Magallanes, (de los mismos colores, pero con piel manchada) y Rockhoppers (de penacho amarillo, similar a un antifaz).

El más preciado es el Pingüino Rey, con su largo y delgado pico y sus prominentes parches anaranjados (como auriculares). Se encuentra en mayor número en otras áreas alejadas —como Tierra de Fuego, Chile, o en otros puntos de las Islas Falkland o Malvinas—; aquí hay un ejemplar, y se piensa que se desorientó y llegó nadando a este lugar donde no hay ejemplares similares. Sin problemas,  cohabita con el Gentoo, sin problemas. 

Los pingüinos son una especie protegida, pero aún se registra su caza ilegal: en el siglo XIX, balleneros y cazadores de lobos casi exterminan a estos animales para extraer su aceite con el fin de elaborar velas. Aún se conserva un montículo de piedra similar a un horno crematorio primitivo que sirvió para esta práctica.

Los elefantes marinos llegan a las costas a finales de año (octubre) para cumplir su ciclo de vida. Después del apareamiento nacen cerca de 5 mil críos.

Parecen pacíficos: toda una familia toma el sol, alejada del oleaje, sobre la arena y las rocas. El macho es de gran tamaño, duerme y cuando despierta, se mueve, se acicala y emite un sonido que parece de defensa territorial.

Tal escena plácida se transforma cuando  olfatea peligro. Se dice que reacciona con rapidez y violencia para proteger a su harem. Hay un ejemplar que tiene 120 hembras. “Normalmente”, cada macho reúne a su harem de 50 hembras. Los machos luchan entre ellos para decidir quién es el dominante.

Muy diferentes son los pingüinos: monógamos y fieles durante su ciclo reproductivo.

 “Keep your distance”... es la señal de advertencia que se lee en el pórtico de la única casa que hay en la Isla de los Leones Marinos.” Guarde su distancia”. Esta construcción está destinada a atender a los huéspedes viajeros atraídos por la vida salvaje.

Y no se crea que los vientos gélidos provenientes de la Antártida alejan a los apasionados del turismo ecológico, viajar miles de kilómetros —en barco y avión—, para tener contacto con la fauna silvestre, como los pingüinos, campeones en popularidad y mediáticos en toda la zona de la Patagonia, las Falkland y la Antártida.

Su actitud pasiva, permite al viajero estar muy cerca de ellos.  Nada más verlos andar conquistan al humano, y éste se da el permiso para pisar el mismo terreno en el que transitan estos ejemplares; hembras y machos reaccionan con naturalidad, sin temor o rechazo. No se esconden, ni se espantan.  Se acercan, curiosean, se dejan fotografiar y caminan al lado del visitante.

Sus depredadores son los tiburones, focas leopardo y orcas en el mar; en tierra, las aves de rapiña.

Lo que más sorprende al turista al llegar a la casa de huéspedes de este lugar, es descubrir, a través de un gran ventanal de la sala, a un grupo de pingüinos enfrente. Están cerca del contacto humano. Toman el sol, miran el ocaso y duermen. Es el primer contacto visual de lo que después habrá de vivirse intensamente en esta isla.

No se sabe con exactitud quién llegó primero, si los pingüinos o los habitantes de esta casa-hotel dirigida por Jenny Luxton, directora de Sealion Lodge (casa de huéspedes), una mujer fuerte, activa y conocedora de lo que es la vida marina en este lugar tan apartado de la civilización. La construcción tiene un modelo ecológico de autosustentabilidad con turbina de viento y paneles solares

Este lugar  es reconocido  como la reserva natural nacional y pertenece a la  Convención Internacional para la Protección de los Humedales y hábitat para las aves acuáticas.

Paola y su esposo (ambos chilenos), se encargan del arduo trabajo de atender a los turistas que pagan 170 pounds (libras esterlinas, cerca de 2 mil pesos) por día en temporada alta para conocer una vida silvestre extrema, mientras Jenny es la anfitriona de turistas estadunidenses, japoneses, alemanes, italianos canadienses y hasta argentinos.

Como en esta época es verano, hay actividad y movimiento. Vida, pues. Pero cuando llega el invierno (en mayo) todo se apaga. Se prolonga la oscuridad en el día, hay más viento y frío. El hotel cierra y todos se van. Hasta la próxima estación, la primavera, que inicia en septiembre.