¿Se puede estar más triste?

[EL SANTO OFICIO]
B. B. King
B. B. King (Valentin Flauraud/Reuters)

Ciudad de México

En su libro Blues. La música del Delta del Mississippi (Turner, 2010), Ted Gioia dedica, inevitablemente, un extenso capítulo a B. B. King. El cartujo lo lee; sobre la mesa parpadea una veladora y en la victrola suena Deuces Wild (1997), con Los Rolling Stones, Joe Cocker, Eric Clapton, Van Morrison, Tracy Chapman... y otras estrellas rindiéndole tributo al viejo rey.

El camino hacia la fama y el reconocimiento fue largo para el niño granjero de Indianola, Mississippi, y en estos días de duelo ha sido recordado innumerables veces. Después de años de grabaciones precarias, de giras extensas, de problemas económicos, de derrotas sentimentales, por fin, una noche de febrero de 1967, en el Fillmore de San Francisco, se elevó por encima de todo y conoció el éxito anhelado. Ya había ganado premios, pero su blues, al parecer, solo le interesaba a un público reducido. No imaginaba cómo estaba influyendo en las nuevas generaciones de músicos. Esa noche en el Fillmore alternaba con Moby Grape y Steve Miller. Al llegar —escribe Gioia— se sorprendió al encontrar una multitud de jóvenes blancos y melenudos; y cuando el promotor lo invitó a salir al escenario el prolongado aplauso lo conmovió. Carlos Santana fue testigo del acontecimiento y lo recuerda de la siguiente manera:

"B. B. King recibió una inmensa ovación antes de tocar la primera nota, y empezó a llorar. De verdad, empezó a llorar, perdió el control, ¿sabes?, y yo me acuerdo, porque lo único que se veía... se puso a secarse las lágrimas y lo único que se veía eran los diamantes que brillaban en (el anillo que tenía en) la mano y las lágrimas (...). Pero cuando tocó la nota para indicar a la banda que entrara, toda mi vida cambió de nuevo. Cuando vi a B. B. King y oí por primea vez aquella nota, me di cuenta de lo que Michael Bloomfield y Eric Clapton y todos los demás veían en él (...). Cuando alguien toca así, se cura a sí mismo y cura a los demás".

La leyenda de B. B. King, quien murió el 14 de mayo y el próximo 16 de septiembre habría cumplido 90 años, comenzó a extenderse, alcanzó otros países y trascendió las fronteras de la música. Conoció reyes y dignatarios; fue invitado a tocar a la Casa Blanca y se entrevistó con el papa Juan Pablo II, a quien le regaló una de sus guitarras, "pues había oído que tocaba este instrumento". Según los miembros de su banda —cuenta Gioia con evidente escepticismo— "el Papa comenzó a tocar 'The Thrill Is Gone', mientras ellos abandonaban la sala". Tal vez no sea cierto pero nada cuesta imaginar al sumo pontífice de la Iglesia católica con la guitarra entre los brazos, tocando también "How Blue Can You Get?", donde la tristeza se cocina a fuego lento.

Queridos cinco lectores, con el rubor de haber mezclado en la pasada homilía una conversación suya con Jesús Martínez Palillo con otra de Fernando Figueroa, de quien implora su comprensión ante las traiciones de la memoria y los achaques de la edad, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.