El arte de la mentira política

[EL SANTO OFICIO]
El arte de la mentira política
El arte de la mentira política (Nelly Salas)

Ciudad de México

El cartujo se sienta a la mesa, abre su añoso cuaderno y copia algunas ideas de un opúsculo urgente en el actual momento mexicano: El arte de la mentira política (Sequitur, 2010). Atribuido a Jonathan Swift, se trata de un comentario a una obra inexistente de un autor anónimo.

Cuando la contienda electoral en curso decepciona por su falta de imaginación, cuando los discursos de los candidatos no encienden ni la hoguera conyugal y sus palabras se pierden en los páramos de la indiferencia o en los sótanos del descrédito, tal vez sea conveniente volver la mirada a ese viejo texto, donde se compendian las normas del arte de la mentira política y se exploran sus móviles: el poder, el dinero, la venganza.

El pueblo —dice el ignoto autor—, no tiene ningún derecho a la verdad política, es infantil y "los niños nada pueden pretender en esta materia, de ahí que rara vez se les cuenten verdades". En cambio, como el gobierno y los partidos, el pueblo tiene potestad para crear y difundir por cualquier medio las mentiras políticas, ya sea a través de rumores, de chismes, de libelos. Es su defensa contra los poderosos, igualmente proclives a mentir, sobre todo en tiempos de elecciones —cuando los políticos mentirosos nos ponen una mano sobre el hombro, nos abrazan, nos estrujan, nos sonríen, nos hacen reverencias, nos prometen absolutamente todo. "También mienten cuando juran y perjuran con exceso y reiteración" —sintetiza el autor de Los viajes de Gulliver.

Una cualidad de la mentira como arte es su verosimilitud, debe parecer verdadera o corre el riesgo de fracasar. Por eso la obra recomienda a los partidos reclutar a los mayores genios en la materia y disponer de tiempo para la invención y práctica de nuevas mentiras. Prescribe incluso reunir en una sola sociedad, presidida por los jefes de cada partido, a los mentirosos más hábiles. Pero previene, "ninguna mentira podrá difundirse sin la aprobación previa de los jefes, ya que son los más capacitados para juzgar lo que conviene a cada coyuntura y decidir qué tipo de mentira debe usarse en cada ocasión".

El panfleto trata asimismo de la celeridad y duración de las mentiras. Es imposible, afirma, explicar la rapidez de su difusión "sin suponer que varias personas, por así decir, de acuerdo entre sí, han soltado al mismo tiempo la misma mentira en distintos lugares". Con respecto a su duración, considera varios tipos de mentiras: de horas, de días, de años y de siglos, algunas, como los insectos, mueren y reviven bajo nuevas formas, pero sus creadores, cuando son artistas verdaderos, "saben calcular con tal seguridad la duración de una mentira que ésta se ajusta perfectamente a sus propósitos".

Esta es una torpe reseña de un texto publicado en Londres en 1712, y sin embargo de una absoluta pertinencia en un país donde la mentira política ha perdido fulgor para caer en el pantano de la vulgaridad, la patraña, el insulto.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.