La sed de sangre

Cada nueva ronda de violencia sin sentido produce un incremento de la islamofobia, un endurecimiento de la retórica en contra de los musulmanes.
Políticamente, nadie gana.
Políticamente, nadie gana. (Christian Hartmann/Reuters)

México

La cruzada de los yihadistas radicales se asemeja cada vez más a un eterno retorno de lo mismo, donde cada nueva vuelta de tuerca fuera más sangrienta que la anterior. Por abominable, cruel y desmedida que fue la matanza de Charlie Hebdo, al menos ahí había una lógica política altamente perversa, similar a la presenciada unos años antes, con la violencia desatada por la publicación en Dinamarca de unas caricaturas que representaban al profeta del Islam. Los atentados de ayer de París superan a todo lo anterior. Asesinar indiscriminadamente a jóvenes que asistían a un concierto de rock (ironía: el grupo se llama Eagles of Death Metal) porque, en palabras del comunicado mediante el cual el Estado Islámico se atribuye la autoría de la carnicería, “estaban reunidos centenares de idólatras en una fiesta perversa”, no es solamente monstruoso sino incluso carente de lógica: con toda probabilidad, el tipo de jóvenes que asisten a estos conciertos se encuentran entre la gente más proclive a la tolerancia, a la aceptación de las diferencias, y a menudo ellos mismos rechazan muchos de los excesos bélicos, políticos, consumistas contra los que los yihadistas radicales consideran que deben librar una guerra a muerte.

Los extremistas no representan al grueso de los musulmanes, ni tampoco les hacen ningún favor. Cada nueva ronda de violencia sin sentido produce un incremento de la islamofobia, un endurecimiento de la retórica en contra de los musulmanes y un nuevo avance de partidos políticos y grupúsculos violentos de extrema derecha. Como abanderados y portavoces de una cultura milenaria, que confiere sentido a la vida de muchísimas personas, los yihadistas radicales condenan a la persecución y el acoso a millones de los suyos. Y dado que al parecer uno de los atacantes ingresó en Francia como refugiado sirio, de paso le otorgan argumentos a los políticos xenófobos que buscan cerrar las fronteras como respuesta frente a la crisis humanitaria de la región. Entonces, más allá del afán de venganza, de la sed de sangre, de la fantasía de estar escenificando de nuevo una ancestral guerra religiosa, en términos políticos absolutamente nadie gana nada, y pierden mucho los muertos y los heridos, sus familiares y una sociedad entera que mira impotente cómo el miedo pasa a formar parte integral de la vida cotidiana.

Por comprensible que sea la respuesta airada, violenta, belicosa del gobierno francés (y por difícil que sería siquiera imaginar una distinta), ahí también ganan en última instancia los yihadistas radicales: ellos y los suyos están literalmente dispuestos a morir por la causa, y cada nuevo acto de guerra a manos de las potencias occidentales azuza otro poco la espiral de venganza infinita que es su única y principal razón de existir.