'La sangre de Antígona', reflexión sobre la violencia

“No solo se ejerce, sino que se exhibe como un mensaje”, dice el director Ignacio García.
"La sangre de Antígona", obra del ensayista, poeta y dramaturgo español José Bergamín, presenta una reflexión sobre la violencia.
"La sangre de Antígona", obra del ensayista, poeta y dramaturgo español José Bergamín, presenta una reflexión sobre la violencia. (Sergio Carreón Ireta/CNT )

México

La sangre de Antígona, obra del ensayista, poeta y dramaturgo español José Bergamín, “plantea hasta dónde el ser humano es capaz de utilizar la violencia como elemento propagandístico, como un elemento de disuasión. En ese sentido, se establece un puente entre lo que sucedió en la Guerra Civil Española, entre 1936 y 1939, y lo que hoy en día podemos ver en algunos estados de la República mexicana”.

La reflexión es de Ignacio García, director de la puesta en escena de la obra, que, con la participación de actores de la Compañía Nacional de Teatro de México y el Centro Dramático Nacional de España se estrenará el 10 de octubre en el Teatro Principal de Guanajuato durante el Festival Internacional Cervantino. A partir del 7 de noviembre tendrá temporada en el Teatro Jiménez Rueda de la Ciudad de México.

El director español dice en entrevista que José Bergamín, “republicano convencido, participa en las actividades del gobierno republicano: es delegado de cultura en el gobierno en el exilio. De hecho él encarga otra reflexión sobre la violencia, que es el Guernica de Picasso. Bergamín empieza a generar una semilla de su relato contra la violencia en su exilio mexicano, durante los años del cardenismo, del 1939 a 1945, aunque la escritura final de La sangre de Antígona es a fines de los años cincuenta en su exilio parisino”.

La obra nos hace reflexionar sobre el hecho de que, tanto en el pasado como en el presente, “no solo se ejerce la violencia, sino que se exhibe. Hasta qué punto los fusilados en las cunetas de las carreteras en España, donde asesinaron a García Lorca y enterraron a miles de españoles en fosas comunes, eran parte de un mensaje para eliminar otros enemigos potenciales. Hoy en día la aparición de los ahorcados en los puentes o de los mutilados en las calles de las ciudades, intenta acabar no solo con aquel que se mata y se mutila, sino predisponer hacia el horror a una sociedad, demostrar la capacidad de generar dolor y, así, tener la posibilidad mayor de dominar, contener, extorsionar y tener sometida a una sociedad entera”.

Ambas compañías se decidieron montar la obra porque tiene pertinencia, explica el director. “Está situada en un entorno no definido por fidelidad al texto. Bergamín claramente escribe ese texto hablando de la Guerra Civil Española, porque habla de cosas muy específicas, pero lo enmarca siempre en la dimensión poética y metafórica. Habla de los hermanos que mueren, de las hermanas que lloran, de la hermana que grita para denunciar la situación de violencia. No tendría sentido que los actores estuvieran vestidos de republicanos o de narcos mexicanos del 2013”.

Desde el punto de vista estético, en el montaje hay muchos elementos sobre la cultura de la vida y la muerte, tanto mexicana como española, agrega Ignacio García. “Hay panteones funerarios, marchas fúnebres, marchas de Semana Santa, flores de cempasúchil y todo tipo de rituales funerarios con ceniza porque es una especie de homenaje a todos los muertos, los actos de violencia y los intentos de aniquilación de una sociedad”.

El director indica que la música juega un papel fundamental en La sangre de Antígona, “porque está contando esta idea del ritual constante y del martirio. Hay un juego de músicas funerarias, pero también de músicas de la Semana Santa española y mexicana, como este camino hacia el suplicio. Bergamín, un hombre con una doble herencia muy compleja, porque su padre era comunista y su madre muy católica, hace en la obra una especie de paralelismo con la pasión y la muerte de Cristo. La música va conduciendo toda la historia hacia esa muerte, pero que al mismo tiempo va generando la posibilidad de todos los rituales de destrucción y de una especie de poetización de la violencia”.