Salvar al buitre (Fragmento)

Adelanto del libro de aforismos 'Salvar al buitre' de Armando González Torres.
Portada del libro.
Portada del libro. (Especial)

Ciudad de México

El fotógrafo que no hace nada por aliviar el hambre del niño famélico, moribundo, al que ronda un buitre, incurre en la codicia estética y en la negligencia criminal, pues en busca de una imagen sublime, olvida el sufrimiento del prójimo.

No, la revelación estética es siempre benigna, pues aguza la percepción de plenitud, o de privación. Por lo demás, ante el dilema cósmico de dos seres que no pueden sobrevivir simultáneamente, debes entender que el fotógrafo no pretendía salvar al niño, sino salvar la imagen del buitre sobrevolando la humanidad caída.

 

 

De la memoria y el olvido en la infancia

 

Una mujer, a la que quise mucho, me pidió una vez que le escribiera un recuerdo de mi infancia. De esas épocas recuerdo poco y solo puedo colegir, con alivio, que sobreviví. Me demoré en atender su petición y no sé si ella lo interpretó como falta de confianza, lo que contribuyó a que nuestra relación se enfriara. Después de eso, he sido carne de diván por años. ¡Qué ansia por atisbar el territorio de la infancia! Hace poco, sin embargo, unos seres afables me sugirieron dejar al psicoanalista y procurar, como cuando era niño, la frecuentación de los amigos imaginarios y los buenos consejos de los animales.

¿Por qué lloras? Porque aún no he expiado lo suficiente ¿Qué falta cometiste? No lo recuerdo.

Ahora te contesto, no he dicho nada de mi infancia, ni de mi vida, porque las he perdido.

Me susurró: no has perdido nada, solo por un instante, en una especie de juicio final, se nos concederá saber a detalle qué hicimos de nosotros.

 

II

En nuestro interior siempre se enfrentan una memoria banal y alegre de niños y una memoria solemne y tiránica de adultos.

La memoria más tenaz tiende a ser anónima y adversa.

 

III

Un país donde se prohíbe el recuerdo convencional y solo se permite la reminiscencia platónica: así, diariamente, cada vez que un amnésico, guiado por el hábito, regresa a casa a la hora de la comida, se asombra de tener mujer e hijos y los llena de besos y lágrimas.

En la amnesia cotidiana, el hábito responde por nosotros.

Hoy, en esa memoria vilipendiada, ha ocurrido un milagro: olvidos que se redimen, recuerdos que se adelantan.

Que nunca te sean desconocidos ni el recuerdo flamígero, ni el olvido reparador.

 

IV

Padezco periodos de amnesia, estoy acostumbrado a encontrar en mis bolsillos juguetes, estampas y golosinas. Los anfitriones de las fiestas suelen reclamarme imprudencias pueriles que ni siquiera responden a la ebriedad. Ignoro las extravagancias de las que soy capaz, los personajes infantiles que encarno en esos raptos de regresión. Por supuesto, siempre siento un gran alivio en volver a ser ese “yo” adulto que trabajosamente construyo en la vigilia, pero también siento una irreprimible nostalgia y simpatía por ese niño desconocido y feroz que confino en el olvido.

Con restos escogidos de recuerdos se puede construir una verdad enteramente distinta a lo que pasó. Sin embargo, cualquier asociación de los recuerdos actúa siempre a favor de la pesadilla. ¿Y si concibiéramos al hombre como un títere que es manipulado tanto por su perniciosa memoria como por sus juguetones olvidos, tanto por el niño como por el adulto?

Brindo por todo aquello que hemos olvidado, y que debería continuar perdido.

 

V

Decía: “Soy un autor que no es capaz de salir de la primera persona, ni de ahondar en la primera persona, ni de recordar nada de esa primera persona”.

La concentración y el recuerdo son estados morbosos que deben ser sustituidos por el olvido y la indiferencia.

Don Juan olvidaba el nombre de las mujeres con las que compartió lecho, pero recordaba cada uno de los momentos de la seducción y del coito, por ejemplo, los ruidos absolutamente característicos y distintos entre sí de los vestidos cuando caían y de los sexos cuando se frotaban.

Ese recuerdo remoto que, precisamente al alejarse y difuminarse, parece más apetecible que ningún otro.

 

VI

Los recuerdos más hermosos de mi vida son de ocasiones en que he perdido la memoria.

Solo hay que aprender a descifrar la elocuencia del olvido.

Somos una parte indescifrable, esperemos que jocosa, en la reminiscencia del clan.

Fermentábamos los olvidos hasta que, al abrevarlos, nos provocaban una leve euforia.

Hay una materia pertinaz del olvido que abulta las memorias disueltas.

 

VII

Eras tan aburrida, tan insignificante que estoy sorprendido, no por haberte al fin olvidado, sino por haberte recordado alguna vez.

“Y si tú aceptaras el olvido que yo soy”, era la frase con la que yo me humillaba ante ella.

“Ella era un recuerdo que no te estaba destinado”, me dijo alguien.

Ella y yo terminamos detestándonos y, sin embargo, estamos condenados a recordarnos en todos los cuerpos en que pretendemos olvidarnos.

Y, de repente, esa especie de llanto de los sentidos, ese olfato y ese tacto que añoran el cuerpo cuyo nombre y figura ya no quisieran recordarse.

 

VIII

Y toda la estirpe lamenta su olvido y la estirpe teme recordar.

El exceso de recuerdos es nocivo para vivir placenteramente, para ese buen propósito solo se deben poseer suficientes ambiciones y apetitos, así como unas vagas remembranzas justificantes.

Desplegamos la astucia más aguda tratando de aliñar nuestros recuerdos de la infancia.

Pero la desmemoria también es ingeniosa, pues estamos más gobernados por lo que olvidamos que por lo que recordamos.

A todo aquello que olvidamos podemos llamarle la borradura de lo acontecido, o el misterio sin resolver, o la noche del día.

 

IX

Aun sin recordar nada de la primera infancia, algo nos pesa demasiado.

En toda esa vaga tristeza que te circunda, ya no hay nada parecido al recuerdo.

En cada olvido imaginemos que hay un dato de dicha, de heroísmo perdido.

Por lo demás, ningún recuerdo desaparece, simplemente se recicla en otros vientres.

Y algún día, entre excrecencias, encontraremos nuestro recuerdo más antiguo, puro y luminoso.

 

 

Recuerdo de los barrios tristes

 

En mi infancia conocí un barrio tan triste que una panadería relumbraba como un templo.

Frase escuchada en el barrio triste: “se fue el año, valió madre”.

Barrios donde casi nadie puede ver casi nada: ni la propia faz, ni el entorno, y aun las dolencias permanecen ocultas.

Barrios tristes, acostumbrados al vasallaje, al servilismo, a la humillación, pero rojos de rabia.

En ese barrio supe que a Dickens y a Flaubert no hay que leerlos en un sillón, sino en un escondite o en un altar.

 

II

Esa penumbra protectora de los barrios tristes, con un vaho de tedio en sus lodazales.

En los barrios tristes florecen los insultos más locuaces, los silencios más desconfiados y las emociones más grotescas.

En los barrios tristes se estila comer con nostalgia, o con miedo, pero rara vez con cubiertos.

En las escuelas de los barrios tristes a los niños se les enseña el miedo o la agresión artera como los más altos valores civiles.

En los barrios tristes hasta las sonrisas son descarapeladas.

Barrios tristes con lánguida música para sordos y sombras chinescas para ciegos.

Nostalgia: extrañar la miseria, la suciedad y el delirio de ciertas ciudades y sus barrios tristes.

 

III

En los barrios tristes el único vínculo que hay con el arte son las peluquerías.

En los barrios tristes los muros son más elocuentes que los rostros.