[A salto de línea] Odio y envidia a la Poni

El odio y las envidias a Elena Poniatowska por haber ganado el Premio Cervantes de Literatura tiene que ver fundamentalmente con lo ideológico.
Elena
(Cortesía)

Ciudad de México

El odio es algo inherente al ser humano. La envidia, pecado capital, también. Se parecen pero no son lo mismo. Son estados anímicos que forman parte de las emociones contradictorias del ser frente a la familia, la sociedad y el Estado. Emociones que se razonan para justificarse pero no son racionales, salvo cuando forman parte de una ideología. El odio y las envidias a Elena Poniatowska por haber ganado el Premio Cervantes de Literatura tiene que ver fundamentalmente con lo ideológico.

Otra cosa es que cierto sector del público que lee aprecie o no la literatura de Elena Poniatowska. Que puede decir: “me gusta” o “no me gusta”, de manera llana, sin análisis. O más complejo, cuando un especialista en prosa se ocupa en un ensayo del tema. Y compara a la escritora con otros de su temple y explica sus razones para disentir. Se vale. No tienen cabida el odio y la envidia que vimos en redes sociales o en algunos diarios cuando se anunció el galardón que recibió esta semana la autora de La noche de Tlatelolco, Hasta no verte Jesús mío y Querido Diego, te abraza Quiela, mis preferidos. Odio y envidia que he leído de escritores de nuevas generaciones y no tanto, o público en general. Odio y envidia que tienen una explicación, más ideológica que literaria.

Insisto: es respetable una crítica literaria contra la obra completa de Elena Poniatowska. Sus fallas en Tinísima, sus errores en Leonora, sus desaciertos en Nada, nadie, las voces del temblor. Sus libros de demasiada realidad y escasa ficción. O porque es cursi. Porque sus crónicas o novelas  fluyen como mantequilla. Porque su compromiso social no la hace ver la otra realidad: la de los ricos que nada dan pero quitan. Discutimos a Elena Poniatowska en México cuando en España la celebran: algo común cuando el éxito y el prestigio le llegan pasados los 80 años de edad.

Feliz premio para la mujer que ha cubierto el mosaico de la vida mexicana con sus obras durante la segunda mitad del siglo XX. Sabríamos menos de Jesusa Palancares y la revolución mexicana. Del machismo de Diego Rivera y el abandono a Angelina Beloff. De la persecución de comunistas por la derecha más asesina en tiempos de Tina Modotti, o de campos de concentración y la renuncia a la aristocracia por la locura del arte en Leonora Carrington. O los estudiantes del 68. Del ascenso de las mujeres a la literatura con una voz propia, no de escritores donde ellas son la compañía perfecta para la creación.

Elena Poniatowska: traidora de su clase. Renunció a la nobleza y la burguesía que el mundo le deparaba. No vive en un castillo. Sale a la calle a marchar, a denunciar, a escribir de los que no tienen nada. Toma a caudillos y líderes de ejemplo para las nuevas generaciones. Está con Andrés Manuel López Obrador. Es fiel a sus amigos. No traiciona principios ni responde a sus detractores. Calla ante la avalancha de odios y envidias inmerecidas. Ella tiene un proyecto literario: en ello le va la vida.