[El Santo Oficio] Danzón dedicado

En la Ciudad de México, quedan pocos buenos bailarines de danzón, y es una lástima.
El santo oficio
(Quadratín)

México

Para Sergio Espinosa

El cartujo recuerda: las pláticas, las anécdotas, el asombro ante el mundo para él todavía inaccesible de los salones de baile. Era niño cuando en su casa comenzó a escuchar la música de Acerina, Gamboa Ceballos, Alejandro Cardona, Felipe Urbán, José Casquera y tantos otros legendarios maestros del danzón. Aprendió a conocerla y disfrutarla junto con las historias de un bailarín extraordinario a quien un día le celebrarían en el California Dancing Club su irreprochable constancia: veinte años de asistir cada lunes a bailar danzón. Mucho tiempo más siguió bailando con esa gracia de quienes fueron bendecidos por el dios del ritmo y se deslizan por la pista como si sus pies, como los de Mercurio, fueran alados.

A veces asistía al Salón Colonia o Los Ángeles, pero su preferido era el California. Había comenzado a bailar muy joven, en salones ahora desaparecidos, dominaba varios ritmos, sin embargo la pasión por el danzón lo perseguiría toda la vida, incluso cuando la enfermedad lo postró en una silla de ruedas; escuchaba sus discos y —tal vez— rememoraba los días cuando siendo muy joven quedó atrapado por la música y el baile.

Su entusiasmo, la manera como hablaba de los salones de baile, de las grandes orquestas, contagió irremediablemente al monje, quien al crecer se perdió en los laberintos del rock sin olvidar, afortunadamente, la sensual música creada, para desvelo de las buenas conciencias, por Miguel Failde en 1879 con Las alturas de Simpson.

Cuando los años le permitieron entrar por primera vez al California, el cofrade lo conocía de memoria, tanto había oído hablar de él. Sin embargo, no dejó de sorprenderse: no vendían bebidas alcohólicas, los hombres y mujeres llegaban por separado y las parejas se formaban de acuerdo a su habilidad para el baile, sin importar el atractivo físico. Unas veces nunca volverían a verse, otras se reencontrarían a la siguiente semana para continuar un diálogo sin palabras, pero de indudable elocuencia a través del cuerpo y sus misterios.

En el California pudo hablar con uno de los héroes de aquel bailarín extraordinario: Acerina, El Rey del Danzón, comprendió entonces la fuerza de su religión, el sosegado arrebato de sus feligreses, capaces de cualquier sacrificio con tal de asistir al rito semanal del baile y, como la Pampa Hash de Jorge Ibargüengoitia, dejarse poseer por el ritmo, sin importarles nada más.

Cuando menos en la Ciudad de México, quedan pocos buenos bailarines de danzón, y es una lástima. Uno de los últimos acaba de morir y el monje siente un desgarro en el alma. Como bien sabía Acerina, ya no hay bailarines así, respetuosos de códigos y ritmos.

¿Cuál es el futuro del danzón ante tantos nuevos ritmos y la música electrónica, favorita de los jóvenes?, le preguntó el monje al maestro de cara negra y sonrisa blanca.

“El danzón se seguirá oyendo mientras haya supervivientes en el mundo; es universal y se hizo para perdurar, como la ópera”, le respondió.

Ojalá sea así, mientras tanto uno de sus devotos ha muerto y en el monasterio las campanas tocan a duelo.

Queridos cinco lectores, El Señor esté con ustedes. Amén.