Sabato y la eternidad: Restauran la residencia del escritor

Los herederos del autor argentino abren las puertas de su casa-museo familiar para preservar la memoria del novelista y pintor e inmortalizar su legado artístico
En su casa con la entonces presidente Cristina Kirchner
En su casa con la entonces presidente Cristina Kirchner

Buenos Aires

Hasta hace un año, la maleza y el moho se habían adueñado del jardín principal de lo que hoy es uno de los museos vivos más importantes de Argentina. Se trata de la antigua residencia del escritor Ernesto Sabato, en Santos Lugares, una localidad en la Provincia de Buenos Aires.

Las hojas secas se acumulaban al pie de los barrotes enrojecidos por el óxido y el tiempo. Las hierbas y las copas de los árboles crecieron tanto que apenas si podía verse al interior de la propiedad que, años atrás, era visitada por cientos de lectores que buscaban un breve encuentro con el mítico autor de El túnel. Hoy ha recuperado parte de su esplendor gracias al hijo del autor, Mario Sabato, y a sus nietos Luciana y Guido, y cualquier fanático de la literatura existencialista puede conocer el refugio de uno de sus escritores más emblemáticos.

Llegar a Santos Lugares toma menos de media hora en el Tren San Martín, desde la zona turística de Recoleta. Parece un sitio lejano, ajeno al frenesí de la capital argentina y de las zonas industriales que conectan ambas localidades. Aquí las calles solitarias están bordeadas por árboles viejos y casas antiguas que apenas se mantienen en pie. Es también un sitio vivo, donde los niños caminan solos al salir del colegio, los ancianos pasan la mañana en el parque y los chicos juegan partidos interminables en las canchas de futbol. Pero un velo de silencio cubre la comunidad, los coches son pocos y parece que no tienen claxon o que se les ha descompuesto por falta de uso, y los perros parecen tener un temperamento más bien melancólico que hace que miren a los extraños desde la sombra, sin emitir un solo ruido. Y fue justo este silencio lo que atrajo al autor en 1945 y hasta el día de su muerte, el 30 de abril de 2011.

Aquí, en la calle de Severino Langeri, frente a un mural con el retrato de Sabato hecho por los artistas urbanos Martín Ron y Nieves Fraga, está la casa donde hoy vive Guido Sabato, el encargado de resguardar este museo y tesoro familiar. Y de su abuelo quizá sea eso lo que más recuerda, el espeso silencio que ocupaba toda la tarde cuando lo visitaba. “Es bien común decir eso de los grandes personajes, que después de todo era un papá como cualquiera, un abuelo como cualquiera”, dice, “pero si hubiera sido un abuelo como cualquiera no estaríamos aquí, hablando de él en un museo que se ha abierto en su honor”.

Guido se ha encargado de supervisar las reparaciones de la casa, de mantenerla viva y en el mejor estado. Sentado en la biblioteca del escritor, relata la odisea que fue rescatar los libros, que habían sido deteriorados por el tiempo, y ordenarlos como el propio Sabato los hubiera querido. Cuenta también lo difícil que fue reparar el jardín delantero y tener que arrancar plantas que estaban ahí desde que el escritor salía a tomar el fresco para distraerse de sus largas jornadas de escritura. Ahí está también, en mejor estado que nunca, la estatua de la diosa Ceres, traída del Parque Lezama y donada por la municipalidad en honor a la obra Sobre héroes y tumbas, de la que el parque es uno de los escenarios principales.

Al interior de la construcción blanca con detalles amarillos, los visitantes pueden hacer un recorrido guiado por la propia voz del escritor que fue videograbado por su hijo muchos años antes de su muerte, cuando la idea del museo ya lo ilusionaba. “Siempre quiso esto, compartir su espacio, su obra y su vida”, dice Guido, “nos ha tomado mucho tiempo hacerlo realidad, pero abrimos los espacios que él quería que sus lectores conocieran, y lo hemos reparado todo como si mi abuelo se hubiera ido solo por unos minutos”.

LOS PEQUEÑOS RINCONES

La voz pausada y gruesa del escritor puede escucharse al cruzar la biblioteca que es iluminada con un ventanal, hasta llegar al rincón más sagrado de la casa que es su estudio, donde se conservan su máquina de escribir en la que escribió Sobre héroes y tumbas y Abbadon el exterminador, sus lentes y algunos cuadernos. En este espacio de apenas unos seis metros cuadrados, Ernesto Sabato pasaba horas, días y semanas sin importar lo que sucediera afuera.

“Una vez estábamos jugando mis amiguitos y yo en el jardín de la casa, haciendo lo que suelen hacer los chicos, que es mucho ruido. Mi padre se asomó por la ventana de lo que entonces era su escritorio, y me gritó, furioso: ‘¡Se puede saber por qué están gritando!’. ‘Nosotros porque somos chicos’, le respondí. ‘¿Y vos?’. Mi padre cerró la ventanita, sin dar una respuesta, tomó su máquina de escribir y sus papeles, y mudó su escritorio al fondo de la casa, donde ahora puede visitarse”, cuenta su hijo, el cineasta Mario Sabato.

Unos pasos adelante está la puerta que conduce a uno de los sitios más complicados de restaurar. Se trata del sótano, que aún despide un olor a enmohecido, pero que durante algunos años fue el hogar del primer dueño de la propiedad, Federico Valle, un empresario y productor cinematográfico que también diseñó la construcción. Él se adaptó a esa habitación oscura mientras rentaba la parte superior a la familia Sabato. Después de que Valle se mudara, el sótano adquirió otra función: se convirtió en el escondite de los Sabato ante las constantes amenazas de muerte. “Este es el sitio de la casa que no me gusta frecuentar porque nos recuerda los años más oscuros de nuestra historia”, cuenta el hijo del escritor. “Allí se refugiaban mis padres cuando, en la dictadura militar, las amenazas cotidianas parecían más temibles. Es un sitio que aún no hemos podido reconstruir pero que documentará aquella época siniestra”.

El escritor fue un duro crítico del gobierno en turno, formó parte del Partido Comunista de Argentina y, después de pasar una temporada en la Unión Soviética, se convirtió también en un crítico de estas organizaciones políticas que permitían abusos y violaciones a los derechos humanos en los países soviéticos. Quizá la fase más arriesgada de su vida fue entre 1983 y 1984, cuando a petición del presidente Raúl Alfonsín, presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep). La investigación realizada por este grupo de intelectuales derivó en la publicación del libro Nunca más, uno de los principales documentos que sirvieron durante el juicio a las juntas militares de la dictadura que gobernó Argentina entre 1976 y 1983.

El escondite no está habilitado para recibir a los visitantes pero se hará pronto, pues la familia Sabato quiere abrir cada rincón de su obra y pensamiento, incluido su lado más político, que tanta polémica despertó en su momento.

Al final de la casa se encuentra el espacio que durante los últimos años de su vida fue quizá el más privado: su estudio de pintura. La pieza luce casi como la dejó en 2011, algo lúgubre y desvaída. Al entrar queda la sensación de que se está haciendo algo indebido, de que la privacidad de alguien está siendo violentada. Parece todo tan secreto, tan alejado del resto de las habitaciones y con un meticuloso orden que se ha conservado con los años; aún pueden leerse las etiquetas en sus cajones con los títulos de los documentos que guardan, los años que ahí se conservan y los utensilios que usaba en su trabajo diario. “Pasaba muchas horas aquí solo”, dice Guido, “pero también disfrutaba mucho tener visitas, tener cerca a sus nietos aunque estuviera trabajando. Por sus libros, la gente cree que era un cascarrabias o una persona demasiado oscura, pero cuando pintaba se le podía ver feliz”.

RECUERDOS FAMILIARES

El lugar más visitado es la biblioteca del autor, que en 1984 recibió el Premio Miguel de Cervantes. Algunos, inspirados por el morbo, revisan con cuidado cada estante repleto de libros que van de las tragedias griegas a la literatura rusa pasando por el boom latinoamericano con, sorprendentemente, numerosos ejemplares de las obras de Jorge Luis Borges, su compatriota y contemporáneo con el que sostuvo más de un desencuentro público. Sus diferencias eran políticas, pero también literarias. Borges lo acusaba de hacer obras inaccesibles y demasiado “intelectuales”; Sabato respondía llamándolo “poeta de barrio”. Entre acusaciones y polémicas sin salida, arruinaban las tertulias que organizaba en su casa el escritor Adolfo Bioy Casares, amigo de ambos. Después de uno de esos arrebatos en los que ya nadie más participaba en la discusión, pasaron más de 20 años sin dirigirse la palabra. Pese a todo, Sabato conservaba viejas ediciones de algunas obras emblemáticas de Borges como Ficciones y El Aleph.

Pero este que es el lugar favorito de Mario Sabato, en su familia es conocido como “el estudio”, porque es también una pequeña sala donde reciben y recibían a los invitados. “Es un lugar que tenía sus secretos, con sus amplios ventanales y su techo que antiguamente era de vidrio. A los 14 o 15 años, alimenté la fantasía de que ese lugar había sido un estudio de cine. El dueño y constructor de la casa, don Federico Valle, había sido un pionero de la cinematografía, y en la época que él filmaba los estudios tenían paredes y techos de vidrio, para aprovechar al máximo la luz solar”, cuenta el hijo del escritor. “Pasaron muchos años, hasta que un historiador me dijo que efectivamente este lugar había sido construido por Valle para filmar películas. Allí se produjeron unas pocas, entre ellas una reconstrucción de un muy famoso combate de box. Entonces se integró a la casa, y mantuvo ese nombre, el estudio, que nos resultaba incomprensible pero que tenía una buena razón de ser”. Valle sabía mucho de cine, pero poco de arquitectura. Y fue así que diseñó esta casa disparatada. “Estaba acostumbrado, como productor de cine, a construir escenarios que suelen responder a exigencias de filmación y no se preocupan por la lógica de las viviendas”, dice Mario.

En este estudio y biblioteca se celebraban las fiestas familiares de las que aún se conservan algunas imágenes, con el famoso escritor sonriendo y cargando a sus nietos. Y no solo sus seguidores eran recibidos con atención frente a estos ventanales, también acudían artistas en busca de un poco de inspiración. “La casa tenía, y ahora ha recuperado, un aura, una magia que favorecía a los creadores. Venían artistas consagrados, y muchos jóvenes escritores, pero también pintores y de otras disciplinas”, cuenta Mario, “Mi madre (Matilde Kusminsky Richter)alentaba esas visitas, y a mi padre le alegraban. Todos los que pasaron por la casa conservaron recuerdos muy importantes. Estamos felices que eso se esté repitiendo con los nuevos visitantes”.

Tras la muerte de Matilde, en 1998, la casa perdió un poco esa luz, como también la perdió el escritor. “Para nadie fue fácil. Algo se fracturó y nunca volvió a ser igual”, dice su nieto, Guido, “nos volvimos un poco más oscuros”. Con cuatro años en esta casa, el guitarrista ha aprendido a vivir con los fantasmas y recuerdos que la habitan. Quizá ha resultado más difícil vivir con el mito que envuelve a su abuelo y que le impone expectativas difíciles de cumplir. “Uno se cansa de que le digan: ‘¿Y vos, por qué no sos escritor?, ¿o qué otro talento tenés? No podés ser solo Guido, sos el nieto de Sabato’. Y pues sí, yo solo soy Guido y eso también está bien. Tengo un grupo, toco mi música, para mi eso es suficiente, pero siempre hay alguien que espera más”.

A lo largo de su vida, Mario padeció los mismos comentarios. Compartía con su padre el carácter fuerte, el rostro endurecido y la sonrisa difícil, por lo que siempre tuvieron una buena relación, el problema eran los otros. “Lo más difícil de tener un padre como el mío son los demás, sin duda”, dice, “los que esperan y me exigen que esté a su altura, que honre su ejemplo, que lo continúe”. Y aunque no continuaron su obra a través de las letras, esta casa se ha convertido en su apuesta por la eternidad, tan codiciada por el escritor. “Me gustaría ser eterno”, solía decir, “y si no eterno, por lo menos vivir una cantidad razonable de años, digamos unos mil o dos mil años”.