¿Ciudadanos con pasado migratorio?

Reseña sobre el libro A los rusos les gustan los abedules de la escritora Olga Grjasnowa.
 A los rusos les gustan los abedules de Olga Grjasnowa.
A los rusos les gustan los abedules de Olga Grjasnowa. (Cortesía)

Ciudad de México

Con su primera novela, Der Russe ist Einer, der Birken liebt (traducida por Lidia Álvarez como A los rusos les gustan los abedules, publicada por la barcelonesa Editorial Cómplices en 2013), Olga Grjasnowa dio un salto espectacular a la escena literaria de la República de Berlín. Nacida en Bakú, Azerbaiyán, en 1984, la autora radicada en Frankfurt ha concebido una obra esencial para atisbar la vida de las nuevas generaciones postmigratorias, multiculturales y globalizadas de lo antaño designado, cómoda pero morosamente, como pueblo alemán.

Desde su título, evocación de una fugaz escena en la que un personaje explica las identidades europeas mediante proverbios populares vueltos clichés, la novela nos advierte que lo imagológico tendrá enorme relevancia; vale decir, ya el arranque adelanta la presencia de personajes vinculados a estereotipos, con funciones probablemente representativas, en gran medida simbólicas. La intuición no falla: la docena de figuras del reparto principal de Grjasnowa son imagotipos de la sociedad alemana contemporánea.

Para enorme fortuna de los lectores y de las letras germánicas estamos lejos de una obra sociologizante, con pretensiones etnológicas o construida como si fuese un gran guiñol. La voz narrativa, la de una joven judía de origen azerí, cuya familia ha inmigrado a Frankfurt después de un pogromo durante el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por el control del territorio de Nagorno Karabaj en la década de 1990, tiene la verosimilitud y hondura de los grandes personajes literarios. Esta narradora, Maria o Masha Kogan, viaja con pasaporte alemán, es políglota, ronda los treinta años, se ha licenciado como arabista e intérprete–traductora. En un barrio maloliente de Frankfurt lleva una modesta existencia de ex universitaria junto a su pareja, Elias, fotógrafo alemán con quien ha viajado por Francia, Italia, las Baleares, Marruecos, Egipto y Turquía.

Dividida en cuatro grandes partes, la ópera prima de Grjasnowa despliega tres ejes para su argumento: la relación entre Masha y Elias, interrumpida con la inopinada muerte del muchacho tras un accidente de futbol derivado en una embolia; las historias cruzadas de Masha con media docena de personajes de su entorno; y el viaje definitivo emprendido por la protagonista hacia Israel, en busca de un lugar en el mundo para recomponer su vida y resarcir su pérdida.

Las cuitas de Masha Kogan son las de miles, muy seguramente decenas de miles de jóvenes alemanes estigmatizados burocráticamente con la farragosa denominación “ciudadanos con pasado migratorio”, concepto al uso en las leyes de su país. En repetidos pasajes, A los rusos les gustan los abedules despliega un cinismo muy agradecible para exponer cómo el presumible multiculturalismo, la educación para la tolerancia y la corrección política del melting pot alemán son a veces tan frívolos como inconsecuentes, tan limitados como inútiles para empatar con la realidad. Masha tiene amigos en la Universidad como el antisemita Sami, su ex novio, un suizo–libanés, hablante materno de árabe, francés y un alemán sin acento; o como Daniel, un alemán filosemita quien la considera su mascota, su Teddyjüdin, quien la trata muy bien a pesar de no haber salido recientemente de un campo de concentración, según cuenta ella misma.

En la novela se relatan o se apuntan de manera ilustrativa los conflictos interculturales entre Masha y sus amigos y las tensiones de los padres de Masha con la Alemania unificada, donde se han establecido a mediados de la década de 1990. El inmejorable ejemplo se lee en la relación laboriosa entre Masha y Sibel, una roomie, quien un buen día desaparece, la abandona impunemente llevándose su pasaporte, su tarjeta de seguro médico y su dinero.

Como personaje, Masha Kogan acrisola toda una etapa en la historia inmediata de Alemania y Europa. Antes de vincularse con Elias se desprendió de sus padres, con quienes, en la práctica, no puede comunicarse ya. No ha recuperado del todo la memoria de su terruño original y de su migración forzada; la palabra patria, explica, significa para ella pogromo. Fuma rutinariamente mariguana y hachís. Ha sostenido durante algún tiempo eineFernbeziehung, una relación amorosa a distancia, léase a distancia intercontinental. Cobijada por sus lecturas infantiles del Diario de Ana Frank, sabe de la naturalidad del gusto de una mujer por otra y sostiene sin prejuicios una relación lésbica; si conduce una existencia nómada se debe a su indomable actitud de supervivencia, de resistencia ante un siglo en el que no encuentra su lugar. Por su refinada complejidad, en virtud de su fascinante efecto, no exagero al afirmar que la lectura de la primera novela de Olga Grjasnowa no debería aplazarse en México, a riesgo de perder uno de los referentes literarios cardinales de nuestra época.