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Lunes , 23.07.2018 / 12:23 Hoy

Ruido y más ruido

A fuego lento

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Roberto Pliego

¿Qué podemos esperar de una novela cuando ni siquiera hemos leído diez páginas y sale al paso la frase “la cárcel no se hizo para los poderosos”? Debemos esperar el veredicto en blanco y negro del periodismo y no la ambigua sabiduría de la literatura; debemos esperar asimismo comentarios editoriales sobre el trabajo ingrato del reportero y las decenas de colegas asesinados en el cumplimiento del deber; es decir, nada más que raciones copiosas de indignación.

Es inevitable prever el curso de toda historia protagonizada por un esforzado reportero: hay una anomalía en el orden justo del mundo —un crimen sin resolver, una mentira costosa, un acto negligente— que el reportero está obligado a sacar a la luz a pesar del riesgo y la amenaza. Por supuesto, antes que el miedo a la muerte prevalece el amor a la verdad. Si a eso agregamos unas cuantas peripecias y cinismo en grandes proporciones, obtendremos una novela hecha tan solo para animar la sobremesa de un restaurante.

Con semejante inocencia se comporta Vientos de Santa Ana (Random House, México, 2016): Guillermo Demian, un borrachín con quince años de mediocridad en el diario El Bordo, se siente tocado por la buena fortuna cuando tiene la oportunidad de entrevistar a Salomón Saja, ya moribundo, ex jefe de escoltas del gobernador electo Alfio Wolf y asesino material del gacetillero Hilario El Gato Barba. No bien reconocemos Tijuana, su geografía y su política danzando a orillas del abismo, quedan al descubierto los propósitos nada novelescos de Daniel Salinas Basave quien, según informa la segunda de forros, alguna vez practicó el “periodismo de alto riesgo”: Alfio Wolf no es otro que Jorge Hank Rohn, Salomón Saja es José Antonio Javier Vera Palestina, quien en 2015 abandonó la cárcel después de purgar una condena de 25 años por el asesinato de Héctor El Gato Félix, es decir, Hilario El Gato Barba.

Que Salinas Basave no aspira a la verdad de las mentiras se impone como una lápida cuando vemos al narrador empeñado en trazar un cuadro extenso, demasiado extenso, de las prácticas periodísticas en Tijuana: notas escritas para luego venderlas a los poderosos, concupiscencia entre gobernantes y directores, bajos salarios que invitan a engrosar las filas de la corrupción. Leemos y contemplamos ceremoniosamente cómo se levanta una espada flamígera sobre la cabeza reluciente de la clase política.

Daniel Salinas Basave ha trasplantado a José Antonio Javier Vera Palestina a un ámbito mañosamente ficticio para someterlo a una agonía dolorosa que hace prever su arrepentimiento y la confesión postrera: el nombre de quien en 1988 dio la orden de asesinar a El Gato Félix o, en fin, a Hilario Barba. Tiene ánimo de justicia y ese mismo ánimo da al traste con su novela. Qué se supone que debemos de hacer con ella. Tomarla como un noble desahogo, un llamado, de los que tanto abundan, a ajustar cuentas con los miles de bribones protegidos por la impunidad, es decir, como un ejemplar más de la militancia —cualquiera— con pretensiones literarias. No hace época…, solo ruido.

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