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Jueves , 18.10.2018 / 11:38 Hoy

Rose Mary Salum cuenta el horror de niños en la guerra

En sus relatos narra, desde la perspectiva infantil, lo que es el conflicto Israel-Líbano.

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En la guerra entre Líbano e Israel, de hace una década, Rose Mary Salum encontró que una de las coincidencias en ambos lados es que los niños habían sido quienes más sufrieron las consecuencias.

“Me pareció que la mirada de los niños resultaría muy fresca; eran el personaje ideal por distintas situaciones: me permitía ver esa situación por vez primera y, por otro lado, mostrar que, efectivamente, una de las pérdidas más importantes en esa guerra de 2006 fueron niños. Dadas las características de esa guerra, de cómo se suscitó, los que más murieron en proporción fueron ellos”, comenta la literata.

La escritora decidió usar la voz de los pequeños para los relatos del libro El agua que mece el silencio (Vaso Roto Ediciones), el que también podría leerse como una novela al narrar la amistad existente entre un niño musulmán y otro judío.

“Y son símbolos en muchos sentidos, porque representan no solo la inocencia y la ingenuidad, sino también la vida. La parte vital de una sociedad son los niños, entonces insertarlos en un libro que habla sobre guerra, violencia y odio entre credos fue difícil porque, como escritor, te encuentras dando tus propias opiniones. Entonces te tienes que retraer, te tienes que salir del personaje; sin duda, conservar esa ingenuidad, esa mirada prístina de un niño, es difícil. Fue lo más complicado”.

Para lograrlo, Salum se dio a la tarea de mostrar el horror de una guerra, a través de la cotidianidad de esos niños, quienes se muestran en su ámbito natural, en la escuela, en su despertar sexual, “es ahí, a base de ese contraste, que tú logras mostrar también ese horror”.

La conciliación

“Sin la literatura no seríamos capaces de entender muchas cosas que suceden en el mundo y quedaríamos enclaustrados en un solipsismo, en un narcicismo en el que no tenemos la capacidad de ver otras cosas; además, al ver un tema como la guerra desde ambos lados te ayuda a generar cierto grado de empatía, porque me parece que la violencia es exactamente igual de cruel y de absurda en todas partes del mundo, difícil de entender”, dice Salum a MILENIO.

Por ello, una de las intenciones en El agua que mece el silencio fue generar un poco de conciencia, explorar esa problemática y hacer una reflexión frente a todo tipo de estructuras sociales que les son impuestas a los seres humanos, “porque es cierto que cuando vivimos en una tradición se te imponen códigos, costumbres y creencias, que producen reacciones muy distintas”.

“Traté de mantener la parte muy neutral. En un momento dado, cuando estaba en uno de los procesos de edición, me di cuenta de que no estaba cuidando esa parte neutral y no quería mostrar un bando sino una neutralidad y señalar dónde queda la gente normal cuando hay estas luchas de poder. Se nos olvida que el otro tiene la otra parte que tú tienes, es exactamente igual, pero resulta que el otro, como es tan ajeno, lo satanizamos”.

Además de exorcizar fantasmas, otra de las apuestas de Salum con su literatura es conciliar sus dos orígenes: su parte mexicana y su parte libanesa, “porque, por más lejos que esté Líbano geográficamente hablando, crecí con ideas del Medio Oriente; en casa las vivíamos, simplemente en la forma de ver al mundo, y fue ya mayor que me di cuenta de que eso no era lo normal, por lo que vivo en busca de esa conciliación”.

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