El romanticismo megalómano

Es sumamente común en la actualidad escuchar los lamentos existenciales de una amplia capa de la población que tiene la vida absolutamente resuelta en el sentido material.
Pessoa trazó una línea de continuidad entre el cristianismo y el romanticismo.
Pessoa trazó una línea de continuidad entre el cristianismo y el romanticismo. (Especial)

México

En esa magistral radiografía de las infinitas profundidades y matices de las que puede ser susceptible el alma humana, llamado El libro del desasosiego, Fernando Pessoa nos ofrece un vislumbre decisivo, casi de pasada, trazando una línea de continuidad entre el cristianismo y el romanticismo (“aquel cristianismo sin ilusiones, aquel cristianismo sin mitos”), que considera se encuentra en el fondo de buena parte del sufrimiento humano. Lo anterior porque el romanticismo, que traslada al más acá la ilusión de encontrar una especie de perfección trascendente (como el cielo) en los objetos que deseamos, por definición lleva inscrita “la propia sequía de su esencia enfermiza”. El asunto crucial, según Pessoa, es que nos induce a confundir lo que nos es necesario para vivir y aquello que simplemente deseamos: “Es humano querer lo que necesitamos, es humano desear lo que no necesitamos pero nos resulta deseable. Lo que es ya enfermedad es desear con igual intensidad lo que es necesario y lo que es deseable, y sufrir por no ser perfectos como si se sufriera por no tener pan. El mal romántico es este: es querer la Luna como si hubiera alguna manera de obtenerla”.

Resulta interesante transpolar este razonamiento a la época actual, donde el ideal romántico ha adquirido un nuevo giro radical, donde el principal objeto de anhelos y frustraciones es la imagen agrandada de uno mismo, canalizada a menudo mediante ese self virtual que mostramos ante el mundo, principalmente a través del personaje que creamos tanto en público como en las redes sociales. A partir de la obsesión con la creatividad, con las experiencias únicas e inigualables, vivimos en una perpetua rueda de hámster en donde buscamos siempre alcanzar esa imagen ideal de nosotros mismos que sí nos equipararía y nos daría acceso a la experiencia vital que tanto admiramos y envidiamos en los miembros de la élite que son la envidia de nuestras más profundas fantasías.

En ese mismo sentido, es sumamente común en la actualidad escuchar los lamentos existenciales de una amplia capa de la población que tiene la vida absolutamente resuelta en el sentido material (las necesidades a las que alude Pessoa), que sin embargo vive aquejada por una sensación de perpetua insuficiencia, agraviada ante lo que advierte como una falta de reconocimiento de su talento y su verdadero potencial, a la que ni siquiera la evidencia de las graves carencias básicas de millones de personas le sirve para relativizar un poco el sufrimiento causado por no ser aquello que según la idea de sí mismos en realidad deberían ser. Parafraseando a Pessoa, la Luna que queremos ha mutado hacia nuestro interior, y se expresa principalmente en la versión estilizada que mostramos en nuestras redes sociales, donde cada esfuerzo por parecer siempre más interesantes, comprometidos socialmente, guapos e inteligentes de lo que somos en realidad muestra la distancia que nos separa en la vida real de ese ideal romántico de uno mismo al que, por definición, nunca podremos equipararnos.