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Miércoles , 15.08.2018 / 16:31 Hoy

Roger Bartra: la soledad elegida

La mirada de Bartra no es nunca neutral y por lo tanto toma partido, pero no se contamina de partidismos; de allí su capacidad de autocrítica. Hoy será homenajeado en la FIL de Guadalajara.

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El pensador, como el artista, suele ser una figura solitaria, pero en medio de una multitud. Es el melancólico en la plaza, no en el desierto. La mejor figura de esta imagen la encontré yo en los guardabosques de Jünger: aquellos que se retiran al bosque a mantener viva la palabra de la tribu desde su soledad elegida, pero ellos nunca están solos, dese aquellos "acantilados de mármol" su presencia tutelar se proyecta sobre el valle. Así el escritor es, en palabras de Mallarmé, el guardián de las palabras de la tribu, y eso, si se me permite un juego de palabras obvio, lo atribula. Su manera de guardar intacto su poder reside en el uso. Esta paradoja tiene bastante miga: guardar es aquí un acto de entrega a los otros, porque el lector es siempre depositario de la otredad ante el yo de quien escribe. Es una puesta en disposición del sentido.

Por eso más que extraño resulta natural que Bartra sea también una figura política con acervas críticas al comportamiento social mexicano. Su mirada no es nunca neutral y por lo tanto toma partido, pero no se contamina de partidismos; de allí su capacidad de autocrítica. Veámoslo en un ejemplo concreto: estuvo atento al levantamiento zapatista pero rechazó volverse asesor del EZLN, no quería estar ligado a un "ejército", aunque tuviera armas de palo. La pistola de juguete es también una pistola. Se trataba de un antibelicismo radical. Pienso que esto le viene en parte de ser un hijo del exilio (su padre fue el poeta catalán Agustí Bartra, llegado a México después de la derrota republicana en España) y heredero de la apuesta por una vida no solo pacífica y justa sino basada en el diálogo y en la reflexión.

Por eso, creo, le interesa desentrañar los sentidos que tiene el mito del salvaje. Cuando señala que es un mito europeo, una invención del Renacimiento, se encamina a mostrar la condición civilizada del salvaje al menos en su condición de mito, la reserva que nos da esa condición intocada por el progreso, ese hombre en estado natural o de naturaleza, sinónimo de pureza así sea esta manifiesta en violencia. Piensen, por ejemplo, en el poema de Cavafis: ante la decadencia de ese mundo helénico que su pluma resucita intacto dos mil años después, la esperanza es inevitablemente melancólica: "sólo nos quedan los bárbaros". El salvaje se vuelve, gracias a las travesuras metafóricas del arte y a la complejidad del mito, el garante de la civilización. Es probable que al decir esto el talante antropológico de Bartra me señalara que la palabra bárbaro tiene en este poema, y en muchos momentos de la historia, más el significado de extranjero que de violento como la solemos usar ahora, pero esos desarrollos semánticos son fundamentales para la formación de cualquier mito. En esa línea es evidente que el salvaje es, si se le mira bien, un marciano, alguien que viene de otro mundo.

En la melancolía se encuentran mezcladas por igual la desidia y la violencia, el retraimiento y la afasia, la locuacidad y el silencio, los payasos fellinianos y los replicantes de Blade Runer. En su canto a la ciudad de Roma, Fellini nos muestra en una secuencia unos murales ocultos durante siglos que al contacto del aire se desvanecen y se evaporan. Así es la melancolía: permanencia del malestar y dolor por lo efímero. Bartra quiere entender, y estoy dispuesto a admitir que fuerzo un poco los términos, a través de la melancolía la eterna derrota de la izquierda, pues cuando triunfa se desmorona como los murales, se corrompe y se vuelve gulag. Y este señalamiento me sirve para mostrar una de las características del pensamiento de Bartra: nunca pierde de vista la relación entre el individuo y la multitud, entre la persona y la masa, entre el pueblo y el ciudadano, relación conflictiva en la que el escritor está todo el tiempo brincando de una orilla a otra.

No sé si Bartra conoce un extraordinario relato de Joao Guimarães Rosa: "La tercera orilla". En él un pescador decide irse a vivir en su canoa a mitad del río. Desde allí mira lo que sucede. Es una imagen muy fuerte de la melancolía y de la situación del escritor en el mundo contemporáneo, imagen que puede servir para entender la soledad elegida de este autor.


RSE

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