Soy un animal muy visual y sonoro: Rocío Cerón

Su visión poética se nutre tanto de las artes visuales como de las distintas expresiones musicales, haciendo de sus poemas ejercicios de acciones vivas, instalaciones y videoimágene
Rocío Cerón
Rocío Ceron

Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972) es poeta, editora, ensayista. Su obra dialoga con otros lenguajes artísticos en una apuesta de poesía, acción, video y música. Sus acciones poéticas se han presentado en distintas partes del mundo y se han merecido el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen y el Best Translated Book Award 2015, el premio más importante de traducción de Estados Unidos, para libros publicados.

¿Quienes fueron los personajes que marcaron tu infancia?

Vengo de una familia de médicos, ingenieros y científicos. Mi abuelo era neurólogo; mi abuela, una gran conversadora, se dedicó a ayudarle en su carrera. Vivíamos con ellos. Había muchos libros y estaba Conchita, un esqueleto. El abuelo fue una figura importantísima para mí, fue la locura, el personaje que siempre estaba en lo imaginario, metido en sus experimentos. Tenía una biblioteca enorme, le encantaban los relojes, se dedicaba a armar y desarmar y hacía maquinitas para el pulso. Se llamaba Teodoro Flores Covarrubias, fue quien le hizo el electroencefalograma al asesino de Trotsky, Ramón Mercader. Mi abuelo afirmaba que no hablaba ruso, por el movimiento eléctrico en el cerebro se daba cuenta de la veracidad de sus respuestas.

¿Que te marcó negativamente?

El abuelo era un apasionado de la fotografía. Dormía en su cuarto oscuro, porque no podía descansar si no estaba totalmente oscuro. Son lo que nosotros decimos, las obsesiones de los Flores. Cuando nos reunimos en familia, eso confirmamos. Mi tía era paleontóloga. Viví un año en casa de esa tía como a los 11 años. Mi cama quedó en el centro de la sala, con vitrinas llenas de fósiles, amonitas, trilobites y libros, sentía que mi cama volaba, que no tenía asidero. Mi padre murió cuando tenía 6 meses. El padre es una figura presente en toda mi obra desde Basalto, la mitología del padre. Después en Nudo Vortex son los anudados y desanudados que uno hace con los recuerdos de infancia, de adolescencia, historias. Mi abuela nos contaba sobre los indios jíbaros en la Amazonia: cortan las cabezas, las reducen y se las cuelgan como collares. Me causaba terror, al mismo tiempo asombro porque un día llegó con una cabecita de jíbaro. La literatura tiene relación con la vida, no está desarticulada una cosa con la otra.

¿Qué heredas?

La idea de lo posible, la imaginación de lo posible y la metáfora de lo que hay más allá. Me encantaba el comedor y la sala, vivíamos en la colonia Escandón. El abuelo la construyó como si fuera un cuerpo, la cabeza era la sala; estas cosas de los médicos, te digo que estaba increíblemente loco. Las sillas tenían labradas las escenas de El Quijote

La literatura salva de alguna forma la vida, salva de sus neurosis

era una belleza, la literatura, la Biblia de Doré, mi abuela tenía una edición hermosísima; era algo que se iba desenvolviendo entre lo real objetual, virtual.

¿Cómo vives tu cuerpo?

Una de las cosas importantísimas es darnos cuenta que el cuerpo es el único lugar donde empezamos a percibir el mundo y el mundo es gozoso. Ese gozo además lo representas en tantas cosas, vas ganando en experiencia pero el gozo ahí sigue. A mis veintes me fui a vivir primero a Santiago de Chile y luego a Nueva York. Entender que había otras realidades, otras velocidades, algo mucho más vertiginoso pero al mismo tiempo las preguntas existenciales. Tengo una hija de seis años que me pregunta esas cosas. He entendido que estas fisuras de infancia, como la muerte del padre o como tener una familia muy neurótica, me dio como una suerte de gravedad, un peso que me permitía ver los intersticios, desde el dolor, pero también esta idea del gozo multiperceptual: por los ojos, oídos, sexo más erótico, vital, ¿cómo sabemos que estamos vivos?, justamente porque estamos en un mundo pleno de sensaciones, de sentidos, vivir con una mente muy abierta para entender y dejar que también se nos meta el mundo.

Estudiaste Historia del arte y antes de escribir eras una artista plástica.

He sido un animal muy visual, también muy sonoro. Tuve una galería, mi primera relación fue más desde las artes visuales. Hice performance en los noventa, me dediqué a hacer instalación, poesía visual, y en algún momento empecé a escribir. Fui lectora desde muy niña. El llegar de las artes visuales me descoloca, o me inestabiliza de un lugar más literario o literoso y me abre experiencias que me han permitido hacer obras más interdisciplinarias, colaborar con artistas de muchos medios y disciplinas artísticas y donde se ven los poemas que están llenos de sonido, música, imágenes.

¿A que hora escribes y creas tus espectáculos?

Mi naturaleza es diurna. A las seis de la mañana ya abro el ojo, hago un café despierto a mi hija la llevo a la escuela, pero en el fondo me encanta la noche, las posibilidades de la noche, donde se pierde la mirada se pierde el cuerpo, lo que sucede entre los claroscuros. Escribo en el día. Por ejemplo, Nudo Vortex lo escribí en aviones, vuelos trasatlánticos de 12 horas y atrapada. La experiencia de la suspensión me parece alucinante. La literatura y la poesía salvan de alguna forma la vida, salvan de sus neurosis; es como un lugar donde toda la locura puede establecerse temporalmente de una manera estable. Me gusta hacer estos performance y acciones poéticas, desestabilizo el poema porque se articula de otra manera, que no está en el libro. Lo hago con los músicos, la improvisación; pero escribir en suspensión y la noche, son momentos mágicos.

Los temas de tu libro Imperio, edición interdisciplinaria y bilingüe, son la guerra y la madre, ¿por qué?

Sí, ¿qué es lo que nos lleva a las guerras? ¿Que nos lleva a matarnos los unos a los otros? Me di cuenta de algo que siempre ha sucedido, que el deseo es el motor de la vida y el motor de la muerte. Tiene un epígrafe que dice: “El tiempo pasará sobre el tiempo y llegará un momento cuando ya no podamos nombrar que es lo que nos une”. Somos arrastrados por los presagios y en realidad quién está presagiando siempre qué va a pasar es la madre; es quién de alguna manera sabe que la guerra está ahí, pero no puede hacer mucho. No es solo la guerra así entre un país y una nación, sino es la guerra que comienza en el comedor o cocina de una casa.

¿Cuáles son algunas de tus influencias?

La pintura negra de Goya pero al mismo tiempo el Greco y Pipilotti Rist (Elisabeth Charlotte Rist), video artista suiza que usa colores súper sicotrópicos y alucinados, siempre saturadísimos; y esta oscuridad y profundidad de Saturno devorando a sus hijos, Francis Bacon. Sí, eso y los sonidos John Cage, Stockhausen, Gorecki o Mahler son parte de mi educación sentimental. Gorecki tiene mucho que ver con Imperio.

Háblanos de Tiento publicado en Alemania en 2011, y de Diorama.

Tiento también lo publicó la Universidad Nacional Autónoma de Nuevo León. Es lo que sucedió con las mujeres que vinieron a América, parece una novela, empieza en Belgrado, Serbia. Había visto una serie de fotografías, Balkan erotic, epic series, de Marina Abramovic, y dije: “claro, para descolocarme a mí misma de mi espacio que es México estas mujeres tienen que estar en Belgrado”.

Diorama lo escribí en el 2012. Cada libro es como un cuestionamiento y una reflexión y se abre a muchas piezas posibles. Para Diorama se hizo una pieza octafónica. Se presento en el jardín sonoro de la Fonoteca con Alejandra Hernández. También en el Instituto de Cultura de Nueva York porque se ganó el Best Translated Book Award 2015, es el premio más importante de traducción de Estados Unidos, para libros publicados.

Eres fundadora del programa de Escritura Creativa y coordinas el taller permanente de poesía de la Universidad del Claustro de Sor Juana. ¿Cuál es tu propuesta?

Me interesa el espacio formativo donde los chavos entiendan, no necesariamente escriban poesía. Estamos por sacar un manual de educación interdisciplinaria con José Manuel Springer que se llama Manual de Clínicas de Imaginación Poética justamente para decir: el mundo es de 360 grados. Es la idea del lenguaje como un dispositivo que descoloque a la gente de sus espacios de confort, más allá de la realidad en que estamos inmersos, sobre todo en un país tan violeto tan conmocionado como México, que la poesía se vuelva este espacio que desestabilice como un acto revolucionario. No hay manera de cambiar la realidad si no sabemos cómo decir la realidad, espero que México tenga la capacidad de leerse sensitivamente.