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Jueves , 20.09.2018 / 22:29 Hoy

Rocío Cerón: “En México hay poca crítica de poesía”

‘Borealis’ ofrece más de una razón para hablar sobre las relaciones entre la poesía y las artes visuales y la pertinencia de las nuevas tecnologías

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En el tomo primero de la Antología general de la poesía mexicana, Juan Domingo Argüelles hace un repaso de los poetas que han fincado la tradición. Van desde Nezahualcóyotl hasta los nacidos en 1950, como Efraín Bartolomé. En medio hay un cauce reconocible con figuras como Sor Juana Inés de la Cruz, Manuel Gutiérrez Nájera, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz. En la introducción, señala que los nacidos a partir de la década de 1960 han fijado su escritura desde dos premisas: continuidad y ruptura de la tradición o celebración u oposición de ésta.

Por tanto, afirma, hay una dispersión de formas y fondos en la poesía de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, lo que provoca que haya una diversidad de plataformas. Rocío Cerón, nacida en la década de 1970, es un ejemplo claro de ello y acaba de publicar su más reciente libro, Borealis (Fondo de Cultura Económica, México), conjunción de poética visual y performática que no deja de caber en formato impreso.

La poesía visual, la lectura con recursos digitales, ya es común. Eres representante de este movimiento. ¿Cómo iniciaste?

Hay gente que piensa que estoy acercándome a la multidisciplina o a la poesía expandida, pero no lo veo así. En 1995 hice por primera vez una instalación de poesía visual. Ese año participé en exposiciones colectivas, en Caja Dos, en el Museo Carrrillo Gil. E iba encaminando una carrera en sentido performático y de poesía visual. Participé en tres bienales de poesía visual con César Espinosa, pero siempre tuve este interés con el lenguaje. No sabía que estaba escribiendo poesía; sabía que estaba experimentando con el lenguaje, hasta que en algún momento alguien me dijo: “esto es poesía y valdría la pena que te dedicaras solo a escribir”.

Cuando comencé a hacer performance en 1996 en el Ex Teresa, otro poeta me dijo: “Si sigues con esto de lo peformático no te van a tomar en cuenta, porque la poesía son letras”. Y me dediqué durante cinco años a leer y a escribir. A finales de 1996 escribí Basalto, mi primer libro, con el que gané la beca de Jóvenes Creadores, en 1997, y con él me llegó el Gilberto Owen en 2001. Hasta ese momento tuve un entendimiento de la poesía, pero mis referentes seguían siendo del arte plástico.

En los siguientes dos años publiqué muy poco. Saqué una plaquette, Soma, y un libro de prosa, Apuntes para sobrevivir al aire. Y en ese instante me pregunté: ¿por qué es tan puritana y conservadora la escena de la poesía en México? Y empecé a moverme con Carla Faesler. Juntas, en 2002, fundamos el colectivo Motín Poeta, donde formamos proyectos con música electrónica. Y después nos pusimos más experimentales e hicimos algo electroacústico con Manuel Rocha y Antonio Fernández Ros y grabamos Persona, un disco que se presentó en El Eco.

Qué te llevó a la interdisciplina. ¿La llegada de internet ha sido un parteaguas para la poesía actual?

No sé si internet fue el parteguas, pero sí permitió la visibilización de las piezas. Lo que creo y lo que tiene que ver con el origen es que el pensamiento interdisciplinar se realizaba hace miles de años. Ahí está Picasso o las vanguardias, pero aquí puedes hacer visuales e improvisaciones en vivo y una acción con una pieza, y eso lo permite la tecnología. Lo que no sé es que sin internet esas piezas no llegarían hasta donde llegan.

Ahora bien, creo que en México estamos dando pasos hacia atrás en lo que se refiere al uso de la tecnología y el pensamiento asociativo. Una de las piezas que más me ha impactado es Babel, de Gabriel Macotela. Tuvo buena difusión en prensa y era una pieza escénica, sonora, y había poesía. Lo que no entiendo es cómo Gabriel Macotela y Yani Pecanins tenían un espacio en la Casa del Poeta, con una zona de libros de artista. Pero eso desapareció y la Casa del Poeta se volvió una cosa anquilosada que continúa hasta el momento. Y, además, hoy de pronto te das cuenta cómo autores que odiaban Twitter son súpertuiteros y cómo poetas que dijeron que nunca en la vida harían algo interdisciplinario ahora lo están haciendo.

En su libro P / XXI/ 360º. Crematorio y estética de la poesía mexicana contemporánea, Alejandro Higashi dice que la característica de los poetas nacidos entre las décadas de 1970 y 1980 es que no tienen característica, que solo quieren romper, que siguen una “tradición de la ruptura”. ¿Qué piensas de esto?

Pienso que se quiere ser diferente y todo termina pareciéndose. Lo que ha sucedido es que se ha querido ser muy experimental y llevar el poema a la calle con el slam, hablar sobre la violencia en México al usar sonidos de balazos que amplifican lo que estamos viviendo. Lo que veo es que hay, por un lado, ciertas poéticas en boga: el mundo de los poetas cósmicos, el niño estrella que nace en el universo; luego están los poetas de lo ilógico, “cómo la actriz secundaria de la película iraní aparece en el poema y de pronto la actriz está en Perú”. Hay temas en boga, porque no hay una generación como tal, pero sí ciertas poéticas, que de lo mismo abrevan un autor nacido a finales de la década de 1960 que uno en la de 1990.

Yo, que he sido jurado, he visto que cuando se pone de moda un poemario sobre el cáncer, aparecen dieciséis libros sobre ello. Se ponen de moda los 43 y hay 25 libros sobre ellos. Y los acercamientos no son distintos.

Y esto es complicado porque ahora enfrentamos la hipervisibilización del autor. Si tienes mil likes en redes sociales, la gente piensa que tu poema es bueno y eso no es cierto. Las redes han permitido la visibilización y la democratización para observar y mirar todos los contenidos, pero no hay crítica. En México hay poca crítica de poesía. Lo que hay son grupos endogámicos que se leen y se celebran entre ellos.

Juan Domingo Argüelles dice que en los poetas jóvenes sobrevive el sentido de gremio. Son esos grupos que organizan sus lecturas, que se organizan como espacios. Son parcelas y se protegen entre ellos, se reparten las becas. Lo que me da terror es que ni siquiera se leen entre ellos mismos y son de la misma parcela. Eso ha pasado toda la vida. Pero también pasa que hay grupos que dicen “vamos a tomar el espacio público, hagamos videopoemas”. Lo curioso es que en 2003 y 2004, esos grupos nos pararon cuando lo hicimos.

¿No pasa porque ya no hay una imagen hegemónica como en su momento lo fue Octavio Paz?

Los herederos del tlatoani no llegaron, ahí se quedaron. No tienen la altura. Ya no hay una, sino tres, cuatro figuras que hay que escuchar. Pero ocurre que la narrativa ha construido opinadores. Pocos opinadores son poetas. La poesía tiene otros movimientos, ríos subterráneos que activan cosas. A mí me interesa que se hagan festivales en espacios públicos, que se hagan clínicas de imaginación poética, de educación e interdisciplina, que sirven de laboratorio de experimentación.


Tu nuevo libro, Borealis, parecería muy tradicional, textos acompañados con algunas imágenes. Sin embargo, es algo mucho más amplio.

Ésta es la primera edición de Borealis. Básicamente se trata de la escritura, que es eterna. Se sitúa un momento antes de que el hombre fuera hombre. Es una escritura que no solo tiene que ver con el lenguaje; es una escritura de murmullos, gestual. La escritura se da en la nieve, una escritura que regresa porque está en el agua, pero también en la estática de las auroras boreales, que es lo que puedes escuchar en el poemario: las pisadas, el aleteo, el tamborileo que modifica ese pequeño gesto que es la presión del aire. Es el tiempo continuo que se detiene pero que ante la suspensión corre en paralelo. Está ahí un anillo que vi en el British Museum o el momento en que los aztecas se hacían un orificio en la lengua. Todo está ahí: los 14 muertos y 36 heridos de la película de moda, cuando un tipo se metió a matar a la gente en el estreno de Batman. También está Islandia, que nos parece tan lejana, con esos glaciares y con la enunciación del aguanieve y los vocablos de la nieve. Islandia es la metáfora del espacio posible que es el continuum del tiempo y donde todo está sucediendo. Esto es sonoro y plástico. Es un poemario muy sensorial.

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