La utopía mexicana del utopista inglés: Robert Owen

El empresario quiso dar un trato digno a los trabajadores; en su ambición, solicitó al gobierno de Guadalupe Victoria el territorio de Coahuila para establecer ahí un pueblo igualitario.

Ciudad de México

Robert Owen era un empresario inglés de aires filosóficos que ha quedado en la historia como un utopista, como un hombre cuyos proyectos aspiraban a lo imposible. Dentro de ese espectro utópico Owen estuvo a punto, o cuando menos eso creyó él, de fundar en el norte de México, en 1828, una nueva sociedad que pretendía reencauzar el destino de la humanidad, que veía gravemente torcido. Owen está asociado a la escuela inglesa de los Radicales Filosóficos, cuya cabeza visible era Jeremías Bentham, el célebre pensador que perseguía la felicidad y decía que el placer y la felicidad son buenos, que lo malo es el dolor y que lo que persiguen siempre los individuos es lo que creen que es su propia felicidad. Bentham era un tímido patológico que no soportaba la convivencia y que, con impecable buen juicio, se negaba a publicar sus ideas para evitar la parte social que eso entrañaba. Lo que conocemos de su obra fue publicado por sus amigos, que sustraían cuartillas de su escritorio porque les daba pena que aquellas brillantes ideas murieran solas, en un cajón.

Durante buena parte del siglo XIX la filosofía benthamista tuvo una enorme influencia en la política y en la legislación inglesa. El diabólico Bertrand Russell, en su extraordinaria Historia de la filosofía occidental, hace notar una laguna en la persecución de la felicidad que articulaba el pensamiento de Bentham, pero antes de transcribirla es necesario aclarar que éste utilizaba felicidad y placer como sinónimos: "Si todo hombre persigue siempre su propio placer, ¿cómo podemos estar seguros de que el legislador persiga el placer de la humanidad en general?". Digo que Russell era diabólico porque esa laguna que aprecia en Bentham, también nos hace ver con escepticismo la entrega y el compromiso que aseguran tener los gobernantes y políticos del siglo XXI con el pueblo. Y digo que su Historia de la filosofía occidental es extraordinaria porque, al ser uno de los filósofos más relevantes del siglo XX, no se limita a consignar las ideas, la naturaleza y los hechos del Olimpo filosófico, sino que jerarquiza, encumbra y discrimina pensadores, mete la mano y opina cuando lo juzga pertinente, a veces de forma impertinente, y nunca se priva de manifestar su disgusto con algunos de los más sólidos filósofos franceses; se trata, pues, de una obra, que en su tiempo fue un best-seller, impagable y caprichosa, que rezuma sabiduría, inteligencia y una lucidez deslumbrante.

"Su objetivo era impecable: equilibrar a las mayorías pobres con las minorías enriquecidas"

Pero regresemos al utopista Robert Owen, que creció en la estela de la filosofía de Jeremías Bentham; nació en 1771 y cuando tenía 21 años era ya gerente de una fábrica textil en Manchester; siete años más tarde, antes de cumplir los 30, ya había adquirido, en New Lanark, su propia fábrica de productos textiles. Su padre había sido un humilde artesano y eso le daba a Owen una perspectiva muy completa del mundo laboral inglés. Persiguiendo la felicidad benthamiana de sus trabajadores, porque calculaba que el trabajador feliz rinde más que el infeliz, redujo en su fábrica las jornadas laborales de 14 o 16 horas a 10, subió los salarios, suprimió las multas y los castigos que se imponían en esa época a los obreros en todas las fábricas del país, prohibió que trabajaran los niños menores de 10 años y, a cambio, fundó una escuela junto a la fábrica para que aprendieran a leer y a escribir antes de dedicarse al rudo trabajo que hacían sus padres. Después de la escuela construyó viviendas para sus trabajadores, que rodeó de hermosos jardines.

A pesar de que todo aquello supuso un gasto mayor, con la fuerza de sus trabajadores felices Owen multiplicó rápidamente su fortuna. Su fábrica era la prueba irrefutable de que los trabajadores producen más y mejor si se les trata bien y con este argumento se presentó en el Parlamento Inglés para proponer, con un escrito que algo tenía de incendiario, que se implementara ese tipo de mejoras en todas las fábricas porque así, tratando mejor a los trabajadores, elevarían sustancialmente la planta productiva de Inglaterra. Porque los ricos sacaban de los trabajadores, argumentaba Owen, "todo lo que poseen. Los ricos nadan en un exceso de lujos dañinos para ellos mismos, gracias al trabajo de hombres que no pueden adquirir, para su propio uso, los artículos indispensables para la vida, y mucho menos las innumerables comodidades que ven a su alrededor". Ni el Parlamento, ni los empresarios que leyeron su petición, le hicieron ningún caso, pero Bertrand Russell apunta que fue a causa de la fábrica de Owen, y de su batalla perdida en el parlamento, que se acuñó el término "socialista", cuando se aplicaba, en 1827, a los seguidores del utopista.

Frustrado, pero resuelto a hacer funcionar esa reorientación en el trato a los obreros, que redundaría en un viraje social importante hacia la felicidad colectiva, emigró a Estados Unidos, la tierra de las oportunidades que, en su declaración de independencia consignaba, entre los derechos inalienables de las personas, "the pursuit of happiness": la búsqueda de la felicidad. Owen compró unas hectáreas de terreno en Indiana y ahí fundó una comunidad llamada New Harmony, Nueva Armonía. Para poblar el nuevo pueblo, Owen hizo una campaña en las comunidades vecinas para hablar de las bondades y de las ventajas de su proyecto, que era una suerte de cooperativa donde no existía la propiedad privada. No es difícil imaginarse a aquel utopista inglés, con su fuerte acento británico, tratando de convencer a los pueblerinos de Indiana de que se fueran a vivir con él; la escena se antoja muy excéntrica, la idea parece un despropósito y, sin embargo, logró reclutar a varios centenares de entusiastas que lo acompañaron en la fundación y en la puesta en marcha de aquella aventura social. Pero alrededor de New Harmony, la isla utópica de Owen, circulaban los demonios del capitalismo rampante que harían de ese país lo que es hoy, y muy pronto sus habitantes fueron desistiendo, regresaron a las mayorías que construían el imperio, y llegó un día en que el utopista inglés se quedó solo en su pueblito igualitario de Indiana. La moraleja de esta historia es tan miserable que me parece de mal gusto escribirla.

Robert Owen, frustrado pero todavía no derrotado, regresó a Inglaterra masticando un nuevo proyecto, que necesitaba un país donde los demonios del capitalismo rampante no estuvieran tan presentes, un país en proceso de formación, con grandes territorios desocupados, un país donde la felicidad estuviera presente y no tuviera, por su escasez, que ser consignada como un derecho en la Constitución, un país como México. Así que en cuanto regresó a Inglaterra, se puso en contacto con Vicente Rocafuerte, el ministro plenipotenciario de México en Dinamarca y Hannover que era, curiosamente, un destacado político ecuatoriano y que, unos años más tarde, sería presidente de su país. Owen entregó a Rocafuerte una carta dirigida al gobierno mexicano, donde contaba su historia en la fábrica de New Lanark, y la fundación y el fracaso de su comunidad en Indiana. Con un tono que rayaba en la vehemencia escribió: "En una época temprana de mi vida descubrí que el fundamento de todas las instituciones humanas es el error y que ningún beneficio duradero puede haber para la raza humana hasta que ese fundamento deje de existir para ser remplazado por otro mejor". Y ese "mejor" fundamento era, por supuesto, el que Owen proponía: "En consecuencia se necesita una nueva comarca en la que no existan las leyes, instituciones y preocupaciones conocidas, para fundar este nuevo estado de la sociedad".

A Owen, como puede verse, no le faltaba ambición, con su proyecto pretendía beneficiar a la "raza humana" y tenía el firme propósito de reestructurar el sistema de producción del mundo occidental. Más adelante desvela los alcances del proyecto: "La sociedad se formará de individuos de cualquier nacionalidad cuyo ánimo sea tan ilustrado que se haga superior a las preocupaciones de localidad, y su único objeto será mejorar la condición del hombre demostrando, prácticamente, cómo debe ser criado, educado, empleado y gobernado de conformidad con su naturaleza y las leyes naturales que la rigen". Y en el siguiente párrafo, Owen pasa de la utopía a la megalomanía: "Será una sociedad que prepare los medios de poner fin a las guerras, a las animosidades religiosas y a las rivalidades mercantiles entre las naciones, y a las discusiones entre los individuos".

Para cumplir con sus objetivos Owen pide al gobierno mexicano que le ceda "esa comarca que es muy a propósito para el objeto, en la Provincia o Estado de Coahuila y Texas", un territorio, para el que pide total autonomía, donde calcula que se puede "realizar esta cambio radical en la raza humana". Entre los argumentos que expone, para que le concedan ese pedazo específico del país, hay uno que parece un vaticinio: "Es una provincia fronteriza entre la República Mexicana y Estados Unidos, que está ahora colonizándose en circunstancias que pueden producir rivalidades y disgustos entre los ciudadanos de ambos Estados y que, muy probablemente, en una época futura terminarán en una guerra entre las dos Repúblicas". La carta está firmada en septiembre de 1828; el ministro plenipotenciario Vicente Rocafuerte escuchó y leyó la petición de Robert Owen y cumplió enviándola a algún ministro del gobierno de Guadalupe Victoria. Owen esperó durante varios años la respuesta a su petición y al final, cuando era claro que esa respuesta no llegaría nunca, no tuvo más remedio que asumir esa nueva derrota.

La utopía mexicana de Robert Owen tenía mucho de delirante, pero su objetivo era impecable; quería acabar con ese desequilibrio, con esa anomalía que sigue funcionando hasta nuestros días: una ingente mayoría de empleados y obreros que ganan poco, para que una minoría pueda ganar sumas enormes de dinero. Conmueve que este utopista inglés creyera, de verdad, que un esfuerzo como el suyo, sin más tramoya que sus ahorros y su voluntad, bastaría para transformar el mundo.