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Domingo , 19.08.2018 / 12:21 Hoy

Risas frías

Escolios


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En el mes de julio de 1535 Tomás Moro es conducido al patíbulo. Por una deferencia del rey hacia su persona no le será aplicada ninguna de las penas destinadas a los traidores (descuartizamiento, ahorcamiento o destripamiento) y, en lugar de esas ejecuciones infamantes, solamente será decapitado con hacha. Moro se despide de la vida con un dulce sentido del humor y son célebres sus bromas postreras: pide a un guardia que le ayude a subir los escalones al cadalso, “pues ya me las arreglaré para bajar solo”, y, antes de que el verdugo descargue el hachazo sobre su cabeza, pide apartar sus barbas, “pues ellas no son traidoras”. El drama de Moro es prototípico del conflictivo idilio del intelectual con el político. Porque este humanista y fino ironista no ignora las aristas de la participación del hombre de letras en política y casi un par de décadas antes de su muerte, cuando en los ocios de sus primeras misiones oficiales con Enrique VIII escribe su célebre Utopía, pone en labios de su personaje, Rafael Hitlodeo, una premonitoria declaración de independencia del intelectual. En efecto, Hitlodeo, el descubridor de islas míticas, hace un agudo diagnóstico de la situación política de su tiempo y cuando es conminado por sus interlocutores a utilizar su sabiduría y prudencia para aconsejar a los príncipes él responde enfático que frente a la intrínseca univocidad y terquedad del poder la opinión prudente está condenada a ser vista como traición y la aquiescencia significa complicidad, por lo que es preferible permanecer lejos.

La discusión sobre el papel social del hombre de letras sin duda revela el propio dilema de Moro; sin embargo, poco puede esta prevención contra la imantación afrodisiaca del poder. El humanista Moro y el fascinante déspota Enrique VIII se atraen mutuamente, la familiaridad del rey seduce al humanista (el soberano visita a su subalterno sin avisarle y lo abraza mientras caminan deliberando asuntos de Estado) y Moro acumula puestos, honores y responsabilidades. Muchos de sus encargos parecerían traicionar sus convicciones, pues cumple tareas parlamentarias en las que debe subir impuestos para financiar guerras, ejerce tareas diplomáticas ingratas o es encargado de combatir furiosamente a sus adversarios religiosos (él, que proclamaba la libertad de cultos en su utopía). Hasta que el conocidísimo asunto, digno de las actuales revistas del corazón, del divorcio del rey y su casamiento con Ana Bolena, termina con la capacidad de conciliar del atribulado Moro. El servidor del rey, incapaz de impulsar políticamente ese hecho, pide a su soberano lo exima de sus tareas; sin embargo, no puede huir de la ratonera, Moro debe juramentar una ley que reconoce el matrimonio del rey, se niega y, hábil jurista, utiliza todas las estrategias para justificar su postura hasta que, con artilugios, es condenado a muerte por traición. Los textos y testimonios dejan ver sus últimos días anegados de una paradójica serenidad y jovialidad. Moro acude sonriente y dicharachero a su tragedia y sus conocidas bromas arrancan risas frías.

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