El riguroso Sabines

Jaime Sabines escribió “Introducción a la muerte” tras vivir la primera experiencia de una pérdida: el fallecimiento de su amigo Tony Borges, en un accidente aéreo cuando apenas tenía 19 años. 
El Escritor
(Archivo)

Ciudad de México

—¿Te irás ? —le dijo el poeta.

La muerte sonrió. Estoy.

J. S.

Jaime Sabines (1926–1999), escribió “Introducción a la muerte” tras vivir la primera experiencia de una pérdida: el fallecimiento de su entrañable amigo Tony Borges, en un accidente aéreo cuando apenas ambos tenían 19 años. Este poema, que él mismo recordaba que entregó a Efrén Hernández y Marco Antonio Millán para publicarse en la revista América en 1949, nunca lo incluyó en un libro.

La historia del poema es la impresión de Sabines frente a la muerte. Sucedió en 1945. Al llegar a la Ciudad de México para estudiar medicina decidió vivir con su gran amigo Tony, también chiapaneco. “Nos queríamos como hermanos. Vivimos dos o tres meses en un departamento muy bonito en la esquina de Belisario Domínguez y San Juan de Letrán. Pero Tony tuvo que viajar a Chiapas para ir al funeral de su hermano, la familia había sufrido una gran tragedia: en una competencia de tiro de pistola el hermano de Tony se mató con otro muchacho; nunca se supo qué pasó porque se llevaban bien, de pronto se dispararon uno al otro. Cuando Tony regresa al Distrito Federal el 11 de agosto, su avioncito de catorce pasajeros se estrelló en el Iztaccíhuatl. Por ser su único amigo en México, me llamaron para identificar su cuerpo; obviamente fue una pesadilla; cuando llegué ahí me negué a aceptar que ése, o mejor dicho eso, fuera mi amigo: todo era desperdicio, porquería. Sin embargo, eran sus restos. Me afectó profundamente”.

En sus últimos años, el autor de Tarumba decidió comenzar a revisar las primeras de sus casi 30 grandes libretas donde solía escribir: su intención era rescatar algunos poemas que había dejado fuera de su obra. “Será un trabajo sencillo, leer el poema, quizá cambiarle una que otra palabra y decir: te perdono la vida”, dijo.

Sin embargo, en su rescate no figuró “Introducción a la muerte”, probablemente porque como algunos de los pocos poemas que accedió a publicar en diarios y revistas, y que no incluyó en su Recuento de poemas, lo consideró una obra endeble.

Jaime Sabines comenzó a escribir poesía en esas libretas desde los 19 años, cuando entró a estudiar medicina en la UNAM, y lo siguió haciendo hasta los últimos versos que conocemos de su obra donde figura “Me encanta Dios”; libretas de contabilidad que utilizó en el oficio de vendedor y que heredó de su padre. Conservar este material le permitió tener a la mano todos sus poemas, muchos de éstos jamás publicados.

“No había noche que no me pusiera a escribir de mi tragedia personal. Escribía páginas y páginas sobre mi dolor, soledad y angustia. Nunca salió un buen poema, desde luego. Pero sí agarré el oficio en esos años, pues escribía por necesidad. No es que supiera que iba a ser poeta, en ese momento quise ser poeta”.

Aunque había escrito versos desde su adolescencia, en sus libros solo publicó poemas que hizo cuando ya estudiaba Lengua y Literatura Castellana en la Facul­tad de Filosofía y Letras, en Mascarones. Bajo un gran sentido autocrítico, sale en 1950 su primer libro, Horal. “Durante 1949 escribí todo los que están en Horal, el libro iba a tener 69 poemas; lo mandé a la imprenta, hice una revisión y lo dejé con 32 ó 33 poemas. Al final le quité otros y quedó con 18. Era muy exigente conmigo”.

Las correcciones a sus poemas siempre fueron simultáneas al acto de la creación. “A veces, horas después de haber terminado un poema, cambiaba o eliminaba un artículo, una palabra, pero nunca releía para rehacer un poema. Siempre creí que sería inauténtico corregir un poema después de tres meses. Sería una labor intelectual que desvirtuaría la naturaleza misma del poema. El poema es un retrato. El poema que hice ayer ya no lo puedo corregir hoy por más sabiduría que tenga, porque el que fui ayer es distinto del que soy hoy. Lo único que solía hacer algunas veces era dejar reposar los poemas para, si era necesario, cortarles el cuello por completo”.

Y esto fue seguramente lo que sucedió con “Intro­ducción a la muerte”, aunque el propio Sabines lo re­conociera como uno de sus primeros poemas buenos.

Sabines sabía que publicar era quitarse un lastre pero también exponerse a que ocurriera algo: “A partir de ese momento el poeta se convierte en un ser atropellado, fracturado, constantemente violado en su obra. Cada persona que la lee la interpreta y la dice de una manera distinta. ¿Qué puede hacer uno ante eso? Nada, cuando mucho agradecer que alguien esté dispuesto a gastar unos minutos de su vida leyéndote”.