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Jueves , 24.05.2018 / 00:56 Hoy

Revelan en libro el cine casi perdido del Tercer Reich

En un nuevo volumen el investigador Marco da Costa hace públicos varios aspectos prácticamente desconocidos de la filmografía nazi.

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EFE

La industria cinematográfica nazi produjo más de mil 200 títulos entre 1933 y 1945, pero la mayoría siguen siendo desconocidos para público y crítica. El español Marco da Costa arroja luz sobre esa producción en el libro El cine del III Reich.

Según el autor, las películas de Leni Riefenstahl, como El triunfo de la voluntad y Olympia, son solo la punta del iceberg de un fenómeno marginado durante décadas, no sin poderosas razones, como su dudosa calidad, la férrea censura y la condena moral del antisemitismo y todo lo relacionado con el Führer.

A ello hay que añadir las dificultades de acceso a los filmes más representativos: la Fundación Murnau tiene los derechos de unas 40 películas que, 70 años después del final de la guerra, solo se pueden ver en sesiones especiales con una introducción de un experto.

También está la idea de que la fuga de cerebros a Hollywood —desde Fritz Lang a Billy Wilder, Marlene Dietrich y Peter Lorre— había dejado desierto el panorama artístico alemán.

“La propaganda y la férrea censura no consiguieron ahogar del todo un impulso creativo que hasta 1933 había protagonizado la aventura cinematográfica más deslumbrante del planeta”, señala en el prólogo Luis Alberto de Cuenca.

En las páginas del libro (publicado por Notorius) se recogen cumbres del cine fantástico como Las aventuras del barón Münchausen (1943), protagonizada por Hans Albers y con despliegue de efectos especiales, ejemplo de que los nazis entendieron perfectamente el poder del cine como válvula de escape.

También está Fährmann María (1936), de Frank Wisbar, un cuento moral de estética expresionista —pese a que los nazis habían tachado a este movimiento como “arte degenerado”— y que el autor compara con Las tres luces (1921) de Fritz Lang.

Otra joya es Víctor o Victoria (1933), la película en la que se inspiró Blake Edwards para su comedia con Julie Andrews y que debió tomar desprevenido a Goebbels, recién nombrado ministro de Propaganda, ya que la relajación moral del mundo artístico no era lo que el nazismo consideraba edificante.

El libro incluye rarezas como un Sherlock Holmes (1937) con Albers en la piel del personaje más emblemático de la literatura de Inglaterra, país enemigo de Alemania, y un Titanic (1943) dirigido por Herbert Selpin y utilizado como arma propagandística.

El “desmontaje” del cine nazi pone en evidencia contradicciones del régimen, por ejemplo en el tratamiento de la homosexualidad, condenada por el Código Penal, pero con excepciones como la de Gustaf Grundgens, director del principal teatro de Berlín.

Se destaca que Hitler permitiera trabajar al director judío Reinhold Schünzel, y hasta le otorgara el título de ario honorario. El director de Víctor o Victoria acabó exiliándose en 1937 en Estados Unidos donde siguió trabajando como realizador y como actor en filmes como Notorious (1946), de Hitchcock.

También el actor negro Louis Brody logró ganarse la vida en películas como La habanera (1937), Canitoga (1939) y El judío Süss (1940), pese a que en la propaganda nazi se consideraba una raza inferior y semisalvaje.

El cine en el III Reich aspira a contribuir a derribar el tabú en torno a la filmografía nazi, de modo que “deje de ser un enigma para sectarios iniciados y se convierta en un capítulo más de la historia del cine, sin restricciones”.

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