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Reuniones indeseables

Los paisajes invisibles

Los monstruos deben evitar ciertas amistades, principalmente a los cineastas, porque no hay ser más atento que el esclavo de la imagen
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Los monstruos deben evitar ciertas amistades, digamos cineastas o escritores, aunque los segundos son menos peligrosos porque no todos los que escriben son muy observadores, muchos suelen divagar en nubes poéticas o recodos artificiales, algunos andan atareados en busca de cierta palabra que se escabulle en el polvoriento magma de su diccionario psíquico mientras que otros simplemente dan vueltas y vueltas en torno de la hoguera de sus neuronas y sinapsis, al acecho de alguna chispa de inspiración para crear la historia que no llega, el personaje que no se muestra o la frase inaugural de ese mundo paralelo que se empeña en recrear. Ni duda cabe que éstos, los desvelados de la hoguera, son del tipo miope, jamás advierten que el relato o el modelo que buscan sin cesar, están a nada de su vista y de su olfato, que lo pueden escuchar. Pero volviendo al punto de partida: los monstruos deben evitar ciertas amistades, principalmente a los cineastas, porque no hay ser más atento que el esclavo de la imagen: de tanto mirar se adquiere (o perfecciona) la destreza para esclarecer los signos de un rostro, las claves tenues en el modo de gesticular o caminar, los complejos atributos que hay en la mirada, el espeso contenido existencial que revelan las palabras que utilizamos, esas expresiones y vocablos recurrentes que decimos ya sin reparar en lo mucho que esparcen de nosotros.

Volvamos al principio: si un monstruo lleva a casa a un cineasta, el error será tan grave como ofrecerse voluntariamente para almuerzo de un vampiro. El director lo drenará de pies a cabeza, echará su plasma en un guión y lo exhibirá en pantalla sin asomo de remordimiento. El monstruo quedará abatido o tal vez furioso y aunque quizá sienta que le quitaron algo y se perciba como una cáscara de sí mismo, tendrá que resignarse a mirar la película con el mismo asco u odio que experimenta ante un espejo. Imaginemos: un monstruo convida a Luis Buñuel y después observa el patético espectáculo de su carne reprimida y la banalidad de sus deseos; otro monstruo cena con Stanley Kubrick solo para hacer un viaje posterior a sus entrañas: la excursión comienza por la vista. Un vuelo a ras de cejas, párpados y pestañas para después entrar por los globos oculares. El monstruo cree que visitará su propia mente pero esa es solo una parada antes de recorrer los entresijos donde vibra el alma, el aliento cálido u oscuro que por fortuna llevamos muy debajo de la piel o posiblemente no, la contemplación también es defectuosa.

¿Y qué sucederá si un tercer monstruo departe con Michael Haneke? Un final feliz, su filme más reciente, es una advertencia para evitar amigos de su calaña. En esta película en que no acontece nada tenebroso o depravado en apariencia, Haneke revela su ponzoñosa forma de mirar, esa que descubre los más cursis o mórbidos detalles de los monstruos, como aquello que vemos en la pantalla del celular con el que la niña Eve Laurent contempla al mundo y su fealdad y su desgracia y su desconsuelo y su vacuidad y su infamia y su nulidad y su paradójica belleza y su miserable hipocresía y su cruel fugacidad y su lenta tribulación y su monótona maldad y su hastío y sus crímenes y sus pecados y sus…

@IvanRiosGascon


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