El retrato del artista con gato

Este 'Diario abierto' reúne la breve producción escrita de Vicente Rojo. Aunque ha trabajado con la palabra, como diseñador gráfico, suele preferir el silencio.
"Diario abierto". Vicente Rojo. Ediciones Era, México, 2013.
"Diario abierto". Vicente Rojo. Ediciones Era, México, 2013. (Especial)

México

El apellido colorido ya debió implicar para Vicente Rojo (Barcelona, 1932), la elección de un oficio, el de artista plástico, aunque en su niñez pudo significar además el enfrentamiento con la guerra. Dice no reconocer una frase que Fernando Benítez le atribuyó pero adopta como suya: “Cuando recobro mi infancia, no recobro un paisaje cuajado de florecitas sino de espectros”.

La experiencia de ver desde la ventana a quienes en camiones, con banderas y armas en mano, enfrentarían a los militares, es una de las imágenes fundadoras; la otra es el que un profesor le atara la mano zurda para obligarlo a escribir, y dibujar, con la diestra.

Este [i]Diario abierto[/i] reúne la breve producción escrita de Vicente Rojo. Aunque ha trabajado con la palabra, como diseñador gráfico, suele preferir el silencio. Escribe, como diría Antonio Porchia, cuando lo ha vencido lo que dice, y lo hace para explicar los orígenes, propios y de sus obras (series de pinturas y esculturas). En un principio se basó en aquello que tuvo que comunicar a quienes se acercaron para entrevistarlo; a veces parte solo de los encabezamientos, como resumen de una postura suya ante la vida o el arte ahí expuesta.

El primer texto es un autorretrato, “Me llamo Fritzi”, cuyo motivo es un recuerdo familiar de Paul Klee: cuando regresó de la guerra, en 1918, sus padres prepararon un concierto hogareño que tenía como público principal al gato de ese nombre. En homenaje a Klee, Vicente Rojo se hizo retratar con su gato Abón, acaso reencarnación de la mascota de Klee, quien creía que lo visible es solo un ejemplo de lo real. Para Rojo, realidad e imaginación deben ir siempre juntas; y propone esto: el ave no sabe lo que es volar si no se posa en un árbol.

La apertura de este [i]Diario abierto [/i]es hacia el entorno íntimo, con un vistazo a la infancia como referente principal de la creación, pero también con los acompañamientos, de sus contemporáneos pintores, de la llamada Generación de la Ruptura, que para Rojo debería ser llamada, mejor, como Generación de la Apertura, u otros protagonistas escritores (José Carlos Becerra, Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis, Juan Rulfo…) o incluso críticos cinematográficos, como Emilio García Riera, con los que se ha encontrado en el viaje.

“Mi interés era el de [i]pintar[/i] y no el de ser [i]pintor[/i]”, dice, “lo que, para mí, no es lo mismo”: no figurar como tal en el paisaje de las Bellas Artes sino ejercer el oficio como una labor casi secreta, en la creación de un espacio que confronta dos soledades: la del artista y la del posible espectador.

Y del posible lector, ahora.