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Lunes , 24.09.2018 / 05:21 Hoy

Retahíla de mentiras

El melodrama crece cuando lo único que logra es promocionarse como víctima de las mentiras que la orillan al autoengaño.

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Marguerite es la historia de una mujer madura que vive en un castillo de la provincia francesa; por supuesto es millonaria, pero tiene un conflicto atroz: está encerrada en sí misma y vive una soledad consuetudinaria. Georges, su marido, un aristócrata venido a menos, no la ama y le es infiel; para colmo, tiene como motivación el deseo de presentarse en público como cantante de ópera sin darse cuenta de que tiene una voz lamentable. Su delirio por cantar va in crescendo, pues el marido, el mayordomo que también funge como secretario, un joven periodista y un grupo de gente deleznable de la alta sociedad, le mienten haciéndole creer que tiene talento con una hipocresía propia de una época enloquecida por el fin de la Gran Guerra.

Su diletantismo por la ópera le obnubila la mente de tal manera que se hace fotografiar por su secretario como si estuviera cantando grandes arias de la ópera clásica; nadie se atreve a decirle la verdad, se vuelve el hazmerreír de la sociedad y de la prensa, su secretario esconde las notas periodísticas que pobretean a Mozart por estar en boca de una excéntrica que ha perdido la noción de la realidad por culpa de su ensimismamiento.

Esta retahíla de mentiras va en aumento hasta convertirse en un melodrama bien actuado y, sobre todo, producido; estamos clavados en quién se atreverá a decirle la verdad y qué pasará cuando descubra que jamás será cantante. El autor se empeña en que sintamos compasión por un personaje aferrado al delirio como única posibilidad de que su marido la ame; el melodrama crece cuando lo único que logra es
promocionarse como víctima de las mentiras que la orillan al autoengaño.

Sin embargo llega el momento en que el melodrama tropieza, se va de bruces y la estructura de la película se tambalea dramáticamente, pues nunca establece por qué Georges no ama a su mujer y por qué le es infiel. No es suficiente que diga que está harto de ella —es un recurso facilón para una superproducción—: el personaje necesita una motivación urdida que haga entender por qué deja de querer a su mujer, que está volviéndose loca, sobre todo cuando el dinero es de ella. No está fundamentado su silencio y menos su imposibilidad de decirle la verdad.

Nunca vemos una gota de cariño en Georges, por lo que se vuelve contradictorio que al final corra para impedir que le digan la verdad. El autor le otorga al marido un falso sentimiento, es decir, otra mentira, que se une a la de los personajes.

Se exhibe en la sala 1 de la Cineteca Nacional.

Marguerite” (Francia 2015), de Xavier Giannoli, Catherine Frot y André Marcon.

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