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Viernes , 22.06.2018 / 18:22 Hoy

Réquiem por el deseo

[Teatro] David Olguín dirige Pasión, una tragicomedia que se alimenta de la falsa placidez en que vive una pareja 


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Alegría Martínez

David Olguín tiene un creciente número de seguidores que buscan su dramaturgia, su puesta en escena, su ojo experto que se involucra y se hunde en lo humano, y por más terrible que sea cada hallazgo resulta esclarecedor. Sus obras, como un grabado de M. C Escher, rompen esquemas, abren camino donde parecía no haberlo, desafían, y cada nueva mirada al mismo montaje revela otra perspectiva. Hoy, David Olguín entra por la puerta del Teatro Helénico a la marquesina del teatro comercial, donde el espectador promedio espera algo interesante y divertido, que desde luego obtiene en esta ocasión, quizá sin saber aún lo que este dramaturgo–director es capaz de proponer en su ámbito escénico.

Pasión, de Peter Nichols, estrenada por la Royal Shakespeare Company en 1981, traducida por María Renée Prudencio y adaptada por Olguín, invita al espectador a observar el deslave de una pareja con 25 años de matrimonio debido a la inclusión de una joven y guapa viuda en su vida cotidiana, donde irrumpen el alter ego de ella y el de él para decir lo que Leonor y James callan respecto a lo que verdaderamente sienten.

La dramaturgia de Nichols desarrolla a una pareja de personajes cultos, inteligentes y maduros ante una circunstancia inesperada que hace estallar en añicos la placidez y la seguridad conseguidas, aunque en cámara lenta.

El espacio escénico diseñado por Jorge Kuri Neuman semeja un rombo abierto, con el vértice del techo y del suelo en punta hacia el espectador. En su interior hay una sala con un sillón rectangular, mesa de centro y dos sillas ante el cuadro de un paisaje abstracto, que se abrirá cual ventana para dejar ver la cama en el departamento de la joven que busca diversión sexual y el estudio de James o una tienda de lencería. El hábitat de la pareja parece inclinarse, como las líneas que determinan el tránsito de los personajes, dentro o fuera de la geometría ornamental, bajo una ligera asimetría en la parte superior de las salidas–puertas, donde la estabilidad se fuga.

James, cincuentón que al inicio dice tener una edad en la que se vive bostezando, a cargo del actor Juan Carlos Barreto, se transforma en un adolescente enamorado que expresa libremente sus deseos sexuales en la voz de su ser interior, interpretado por Moisés Arizmendi quien, desde la urgencia espontánea del que necesita saciarse, le otorga a la infidelidad un barniz cómico.

Por su parte, Leonor, que interpreta Carmen Beato, se mantiene en su cómodo centro e incluso se excede en autoconfianza y comprensión hacia la conducta de la joven viuda aficionada a relacionarse sexualmente con hombres casados y maduros, mientras que su alter ego, a cargo de Verónica Merchant, expulsa la voz rabiosa, adolorida y grave de la mujer engañada.

David Olguín propone un montaje lúdico para esta tragicomedia que avanza en complejidad rumbo al descubrimiento de traiciones diversas, una vez que se ha abierto la oportunidad a la satisfacción del deseo. Realiza un trabajo profesional y equilibra a un elenco procedente de distintas generaciones, objetivos y escuelas, en el que se encuentra Paloma Woolrich, quien le imprime a su personaje la profunda amargura que éste fermenta. Alejandra Ambrosi desempeña bien el rol de la ligera Kate, así como Verónica Bravo, quien representa varios personajes secundarios. Pasión, bajo la batuta de Olguín, gana una profundidad que difícilmente le otorgaría otro director.

La pasión amorosa que nace en James, la artística que nutre la vida profesional de la pareja, y la religiosa, presente en las obras plásticas que James restaura, en la música que fascina a Leonor y cuya sonoridad toma importante presencia en el montaje, eslabonan la existencia de esta mujer y este hombre que eligen rutas distintas entre notas de réquiem.

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