Los reporteros no se sientan

EL SANTO OFICIO

México

Nada, ni siquiera la torpeza de una publirrelacionista de Ediciones B, pudo borrar la sonrisa angelical del cartujo después de escuchar el diálogo entre Mario Vargas Llosa y David Grossman, no solo un escritor espléndido sino también un profundo humanista.

En la apertura del Salón Literario Carlos Fuentes de la FIL de Guadalajara, ambos ofrecieron una lección de humildad y amor a la literatura, de compromiso y tolerancia. Por eso, en estado de gracia, el trapense aguardó la hora de la presentación del libro Cerati en primera persona, de Maitena Aboitiz.

Afuera de una sala minúscula del Área Internacional, se formaron dos largas filas: una para el público y otra para los periodistas. El público entró primero, cuando todos los lugares estuvieron ocupados comenzó el ingreso de los informadores, entre quienes se encontraba el despistado monje. Mucha gente se iba a quedar sin acceso y una de ellas protestó por el presunto favoritismo a los representantes de los medios de comunicación. La enviada de Ediciones B le respondió molesta:

—Los reporteros no se sientan.

—¿No tienen derecho a un lugar? —le preguntó el monje, quien iba pasando orgulloso con su gafete de prensa.

—No —contestó tajante.

Él quiso saber el motivo. Ella lo miró un momento, lo midió en su insignificancia y le dijo:

—Así es, lo siento.

Él también sintió marcharse; le gusta la música del creador de Soda Stereo y le interesa su vida; quería escuchar a la compiladora de ese libro hecho a la manera de Jimi Hendrix. Empezar de cero (Sexto Piso, 2013), con entrevistas de distintas épocas.

El incidente no tendría ninguna importancia y más valdría olvidarlo, si no sirviera como ejemplo del desprecio de tantos publirrelacionistas, editores literarios, jefes de oficinas de comunicación social, etcétera, por los periodistas. Y tienen razón, sobre todo cuando muchos de éstos están dispuestos a olvidarlo todo y entregar el alma por un libro, por un disco, por una entrevista exclusiva, por un viaje, o hasta por una sobada de lomo.

En la conmemoración por los 50 años de la editorial Alfaguara sucedió algo parecido. El monje iba a sentarse en una fila de en medio cuando una edecán se interpuso diciéndole: "Este no es el lugar para la prensa". Al inquirirle cuál era, le señaló las hileras más lejanas. Curado de espanto, se quitó el gafete, lo guardó en su morral y, como si se despojara de un sambenito, ocupó el sitio elegido.

El amanuense está en contra de cualquier privilegio para los periodistas, pero también contra ese maltrato, en muchas ocasiones, es cierto, producto de su zoncera, de la falta de amor propio; alentado por la comodidad de las filtraciones, de los obsequios emponzoñados con los cuales se conjura la crítica y se crean rebaños de aduladores.

En la noche, exultante después de recorrer y maravillarse con los demasiados libros de la FIL, el cofrade compró Cerati en primera persona. Mañana comenzará a leerlo.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.