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Viernes , 19.10.2018 / 15:53 Hoy

Renato Leduc: las huellas de la leyenda

Opinión


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La vida de Leduc es una interminable madeja de aventura, trabajo, diversión, inspiración, pasiones, amistad, amores, diplomacia, viajes, reconocimientos, poesía y periodismo. En poesía inaugura un estilo jocoso e informal que rompe con la atmósfera solemne de sus años juveniles y golpetea la estética de Contemporáneos, de los que solo a Gorostiza y Novo parece respetar. Lleva el humorismo en sordina de López Velarde a extremos que éste no iba a tocar aunque sospechara: “¿Quién no insinuó a su prima con violetas/ u otra flor, esperanzas tan concretas/ cual dormir una noche entre sus tetas?”

La rima coloquial y bilingüe, la informalidad callejera, el albur y la broma fuerzan la poesía a uno de sus máximos extremos, y Leduc se solaza en ello como un acróbata circense, un clown del verso que —como todo clown— sabe ponerse serio y aun romántico: “Tal vez la quise mucho, pero tal vez la quiero./ Esta frase te ofrezco, cuyo único pero/ es que la dijo antes un autor extranjero”.

En el transcurso de la década de 1950, Leduc se aleja de la poesía y cuando la practica, regresa a la parodia con asuntos sociales y políticos. José Emilio Pacheco —que al principio se opuso a incluirlo en la antología dirigida por Paz en la década de 1960 (Poesía en movimiento)—, todavía a raíz de la muerte de Leduc se refiere a su falta de disciplina y vocación para el verso, a pesar de un talento excepcional. Lo que perdió la lírica lo obtuvo el periodismo.

Desde muy joven, Leduc se convirtió en esa leyenda cuyo protagonista —diría Pepe Alvarado— le obligaba a nacer cada mañana para hacerla morir él mismo por la noche, ya porque se metía en toda clase de aventuras, ya porque, al contarlas, les echaba un sazón de humor, altisonancia, parodia y exageración, a fin de hacerlas gratas a las palomillas de San Ildefonso y, más tarde, a la bohemia periodística.

A los 13 años ingresó como aprendiz a la Mexican Light and Power y enseguida al servicio telegráfico. Todavía adolescente, fue comisionado a diversas regiones en medio de la inestabilidad que asolaría al país por siete años y lo alcanzaría en Veracruz en 1914. Iniciada la Revolución se ausentaría de clases para enrolarse en las tropas, ya oficiales, ya contraoficiales, también en calidad de telegrafista.

Aunque algo mayor que Gómez Arias y Frida Kahlo, coincidió con ellos en la Preparatoria y, más de una vez, acudió a liberar a Frida del rigor policiaco, dada —como era— a alquilar bicicletas sin devolverlas. Se inscribió en la bohemia guiado por obreros que practicaban con él, orondos, la pedagogía machista. Así devino para sus compañeros de escuela en objeto de especulaciones, anécdotas e historias mitad verdad, mitad mentira, que corrían de boca en boca en las tertulias, todavía inocentes, de los preparatorianos. Y la leyenda crecería hasta el punto de que, viviendo en Francia una vez comenzada la guerra, se corrió en México el rumor de su fallecimiento bajo el fuego alemán. Álvaro Gálvez y Fuentes le dedicaría un programa de radio —lectura de sus versos incluida— en homenaje póstumo.

Los años en Europa transcurren sobre todo en París, aunque la guerra lo lleva a Bruselas y luego a España y Portugal. Allá conoce a artistas y escritores, hace amigos y amigas, trabaja día a día en la oficina de Hacienda que el gobierno mexicano establece para el manejo de gastos diplomáticos y, pese al magro sueldo, se da espacio de copa, baile y fiesta. Como observa Bassols, aun así es el primero en llegar al trabajo al día siguiente. Conoce a Leonora Carrington y la reencuentra en Lisboa, donde se casan para que ella pueda embarcarse hacia América, salvando de ese modo su falta de papeles. El matrimonio será breve y a ratos difícil, pero dará lugar a una amistad de toda la vida, luego de una estancia en Nueva York y, finalmente, en Mixcoac. Años después Leduc se casará con Amalia Romero, quien morirá poco antes que el poeta.

No se sustrajo a la herencia paterna. Alberto Leduc era un derrochador de energía y un humorista indomable; hombre lleno de amigos (todos los modernistas), escritor y periodista prolífico, maestro de francés además de traductor, mantenía dos familias numerosas e iba y venía por la ciudad —siempre a pie—, con frecuencia llevando de la mano a Renato, hijo mayor de una de ellas. Alberto enfurecía ante la injusticia; más temperado, Renato invertirá miles de horas en escribir sobre las necesidades de obreros y campesinos que, junto a otros lectores, desde el segundo lustro de los años cuarenta hasta el primero de los ochenta mantuvieron con él una nutrida correspondencia, reconociéndose en su voz y pidiéndole apoyo o mediación para denuncias específicas: un despojo de tierras, un abuso de autoridad, un desorden legal. Algún lector critica, otro envía precisiones. Una cooperativa yaqui adopta su nombre.

Se hizo periodista al volver de Europa en 1942 —reacio a un nuevo empleo oficinesco—, cuando Jorge Piñó Sandoval le enseñó los secretos de la columna. Su carisma y sentido de la libertad le dieron fama de demócrata y varón de izquierda sin partido porque, decía, “de ninguna manera voy a aceptar que alguien más pendejo que yo me venga a dar órdenes”. Era su forma de referirse a la independencia, por relativa o frágil que sea, de todo periodista que se respete.

Mantuvo sus columnas políticas en publicaciones como El Apretado (que dirigió al principio con el Brigadier Antonio Arias Bernal, y después solo), Presente, con Piñó Sandoval (para el que lograron que Cantinflas escribiera), el diario Esto (donde no solo escribía de toros) y, por último, Siempre!, donde un día el director le iba a decir que los asuntos de campesinos ya no eran importantes, aunque él continuara con ellos hasta el final. Como vicepresidente para América Latina de la Organización Internacional de Periodistas viajó por Asia, África, América y el bloque comunista europeo.

La libertad y la crítica en Leduc se juntaban con la aceptación del otro por distinto que fuera. El buen trato y el respeto, dentro del juego y la polémica, le permitieron ser amigo de presidentes y ex presidentes, escritores y artistas, boxeadores y toreros o el vecino más modesto. A su funeral asistieron personas de diversas ideologías (excepto curas). Su trabajo tuvo reconocimiento mundial y en México recibió dos veces el Premio Nacional de Periodismo.

Un claro sentido de comunidad ligado a la convivencia callejera, a la fiesta y la cantina, a las redacciones y los cafés de periodistas; una temprana experiencia de la pobreza (Alberto muere en 1908); la defensa de los más débiles; su atención a la política y, en fin, su férrea afición a lo antisolemne, lo hicieron convertirse en centro de opinión y convivencia. Un antisectario al que vemos en marchas y mítines al lado de estudiantes y trabajadores, o en reuniones con líderes cuestionables y funcionarios impuestos.

¿Demagogia? Alguna vez Leduc fue criticado por un lector acerca de estas contradicciones. ¿Qué habrá pensado? Acaso insistir en la denuncia sin chocar de frente con el poder, buscar la solución sin la ruptura, a riesgo de quedar mal con todos. Para él no había satisfacción mayor que ser reconocido como un portavoz del pueblo, y el periodismo no debería ser ruta para hacerse con más dinero que el necesario. Si el periodismo mexicano era tan corrupto como otros, era no solo por la vanidad, el oportunismo o la ambición de muchos de sus miembros, sino porque toda publicación depende del anunciante, que acaba por menguar el criterio y coartar las libertades. Y además, no todo en los líderes —aun en los más cuestionables— era error o mala fe.

Hoy más que nunca, el nuestro es un país que no protege la libre expresión. Junto a sus contradicciones íntimas y un entorno escindido y desigual, el periodista no tiene a veces más apoyo que cuidarse a sí mismo, ante una sociedad y un gobierno que no han hallado el modo de resolver los problemas que aíslan al periodista y, más al fondo, destruyen día a día la solidaridad y la confianza. Leduc muestra que hay forma de recuperarlas.

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