La religiosidad secular

Nuestra época ha dejado de lado un discurso oficial abiertamente religioso (en Occidente) para volcarse hacia la adoración irracional de ideas como progreso, crecimiento económico, éxito ...
Explicación de la cosmovisión homérica.
Explicación de la cosmovisión homérica. (Especial)

México

Por lo general los debates referentes a los temas religiosos parten de una incomprensión insalvable entre los creyentes y los agnósticos, pues ni unos ni otros podrán convencer a la contraparte de lo que es, en el sentido más estricto del término, un acto de fe para ambos bandos. Sin embargo, el estudio de las creencias de las distintas épocas nos permite comprender con base a cuáles ideas o valores se estructura la existencia de los hombres, más allá de si realmente existen o no las potencias divinas en las que se fundamenta el culto.

Así, por ejemplo, Walter F. Otto explica en Los dioses de Grecia que en la cosmovisión homérica el Hades, el inframundo, está poblado por sombras espectrales que necesitan beber sangre para poder comunicarse con los vivos que, como Odiseo, realizan raras incursiones en sus dominios, al grado de que Aquiles afirma que preferiría la peor de las existencias terrenales a la condena inerte de ser una sombra inanimada vegetando por ahí. En cambio, dice Otto, la teología cristiana coloca la vida buena, bienaventurada, en un más allá por completo abstracto, que con ese acto en cierta medida niega la existencia humana como algo insignificante y transitorio. Los dioses griegos son, pues, una exaltación de la vitalidad, la belleza, la fortaleza, la lujuria, la violencia, la crueldad y demás atributos de los que se compone la vida humana (“Ser un dios quiere decir: llevar en sí todo el sentido de la existencia, estar como resplandor y grandeza en cada una de sus formaciones, manifestar en su lugar más notable toda la magnificencia y el rostro verdadero”), mientras que la teología cristiana, como bien señaló Nietzsche, ensalza antivalores como la pobreza, la sumisión, la abnegación y el sufrimiento, todo en aras de esa salvación eterna que compensará el martirio conocido como vida.

En cambio, nuestra época ha dejado de lado un discurso oficial abiertamente religioso (en Occidente) para volcarse hacia la adoración irracional de ideas como progreso, crecimiento económico, éxito profesional, fama, fortuna, etc., y al adorar a estos nuevos dioses se convierte en lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina una “máquina de rendimiento autista” que, ocupada en un hiperactivo culto al instante, a lo inmediato, a lo instrumental y utilitario, rechazando abiertamente y burlándose de asuntos como el silencio, la reflexión compleja y la soledad, termina produciendo sujetos que se explotan a sí mismos y son su propio verdugo, pues “El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma”.