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Viernes , 22.06.2018 / 03:08 Hoy

Relaciones maternales: La ficción como remedo o redención

Complejo, amoroso y problemático, el vínculo con la madre en la literatura y el cine se ha expresado de varias formas. Aquí algunas de ellas.

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Gisela Antonuccio

Las madres y las enamoradas, hembras feroces.

Suite Francesa, Irène Nemirovsky

Cuando está en juego el Ser, la literatura encuentra difícil escapar a las tentaciones que acorralan a la historia como género: volverse no aquello que sucedió, sino lo que juzgamos que sucedió. Porque aunque la literatura no tenga un compromiso con la verdad como el periodismo —para quien ésta es su faro—, lo mismo necesita a veces ser testigo o volverse denuncia.

El mito de la madre en la ficción tiene innumerables ejemplos de ello, al igual que el cine, géneros que han contado cómo el lazo más profundo e indisoluble puede estar compuesto de pliegues tormentosos. Por desprendimiento de la cultura judeo-cristiana, la maternidad —cuando no es un deseo o potencialidad biológica— es también un mandato transmitido de generación en generación. La madre salomónica, capaz de dar la vida por sus hijos y renunciar también a una vida amorosa y conyugal, desprendida de todo, que solo mira a su descendencia.

Se sabe, sin embargo, que esa expresión de maternidad tiene su opuesto, con versiones desnaturalizadas, que desconocen deseo y mandato. Por ausencia de valor o por apego a la idealidad, la literatura muchas veces usó atajos para modelar los contornos de madres desamoradas —las que desatendieron su falta de deseo pero lo mismo se lanzaron a la maternidad—, y encontró en la figura de la madrastra el vehículo para contar el padecimiento de hijas carentes de afecto, convertidas en alimento de sus madres-verdugo.

Pero cuando lo ha hecho sin desviaciones, ha narrado universos literarios que muestran cómo el vínculo umbilical puede ser una zona cargada de dolor. Como la cruel Medea, capaz de matar a sus propios hijos para causar martirio a su esposo, Jasón. Entre las más indolentes o anestesiadas quizá esté Gertrudis, la madre de Hamlet, que se casó con el asesino de su esposo. O Ana Karenina, donde Tolstoi presenta a una madre que antepone su amor obsesivo y fatal sobre el amor a sus hijos. Se trata de personajes de ficción, que pudieron o no tener que ver con modelos observados de la realidad.

Existen casos en los que a causa de la pesadez o intensidad de la relación con su madre, muchos autores encontraron en esto el motor, a menudo autobiográfico, para gran parte de sus ficciones. Como la gran autora francesa Irène Nemirovsky (1903-1942), cuya obra cobró actualidad a partir del hallazgo en 2005 de Suite francesa (llevada al cine), publicada póstumamente por sus hijas. Buena parte de las ficciones de Nemirovsky, muerta en uno de los mayores horrores creados por el hombre, Auschwitz, tienen un punto de apoyo en la realidad cuando se hace presente el personaje de la madre. Sucede así en El vino de la soledad, El baile y Jezabel.

En el prólogo a Suite francesa (Salamandra, Barcelona, 2005), Myriam Anissimov cuenta sobre Irène: “Su madre la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió el nacimiento de su hija como una primera señal del declive de su femineidad, y la abandonó a los cuidados de su nodriza. Fanny Nemirovsky experimentaba una especie de aversión hacia su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y el resto del tiempo fuera de casa, en busca de aventuras extraconyugales. Muy envanecida de su belleza, veía con horror cómo sus rasgos se marchitaban y la convertían en una mujer que pronto tendría que recurrir a gigolós”.

Ese perfil de madre fastidiada, cuya hija solo le recuerda las incomodidades que a su vida trajo su existencia, se refleja en El baile, donde a falta de razones que la lleven a comprender por qué su madre la hace blanco de desprecios, la pequeña Antoinette desarrolla sin proponérselo el desdén que la conduce a la venganza del final.

Y por contrapartida, el amor y lealtad a su madre fue la que llevó a la hija de Nemirovsky, Elisabeth Gille (1937-1996), a completar un círculo. Lo hizo a los 55 años, cuando llevaba tiempo dedicándose a la escritura profesional, al publicar El mirador, biografía novelada de su madre. Junto a su hermana Dense, hicieron más que esconderse en casas de amigos desde los cinco años para sobrevivir a sus padres, asesinados en 1942. Cargaron durante décadas una maleta con recuerdos de sus padres y manuscritos de su madre. Hasta que un día, más de seis décadas más tarde, se encontraron con una novela inédita, Suite francesa.

En las antípodas, tal vez se encuentre el autor de En busca del tiempo perdido, el también francés Marcel Proust, quien dedicó siete volúmenes a los recuerdos de su infancia, impregnados por las caricias y la estela de su madre, a la que adoraba en el doloroso silencio de la noche, cuando era separado de ella para irse a dormir.

No fue la suerte de su férreo lector, Truman Capote, para quien Proust fue su autor guía (en una carta a su editor Bennet Cerf, en 1958, le advertía que Plegarías atendidas sería superior a En busca del tiempo perdido). Aunque la orfandad sobrevuela en muchas de sus obras, es en su cuento “Una Navidad” donde el imprescindible autor de A sangre fría desnuda sus pesares. Lo hace al evocar a una madre “demasiado bella e inteligente”, que jamás lo había deseado como hijo.

“Jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos”, le dice al pequeño Capote al visitarlo en un internado. Y se despacha sobre su padre: “El era una bestia, acabó conmigo, me estropeó”. Y Capote narrador, sigue: “Mientras estuvo hablando, yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo”.

Por su parte, en La mano del amo, Tomás Eloy Martínez deja claro cuál fue el sustrato de su inspiración ya desde el epígrafe: “A Madre, para que no vuelva a quemar las cosas que escribo”. El autor de Santa Evita se encargó años más tarde, al ser consultado sobre el vínculo con la realidad que tenía esa frase escogida, que se trataba de una suerte de metáfora o imagen que había encontrado para representar aspectos de su relación con su propia madre, a quien por cierto, aclaró, adoraba.

En Batallas en el desierto, José Emilio Pacheco traza una postal sobre la influencia de la cultura pop proveniente de Estados Unidos y la doble moral en el México de los años cuarente. Pero en el conflicto, son dos madres los personajes funcionales al desarrollo del conflicto de ese niño que busca su identidad y una vara justa para medir y explicarse la realidad. Una es su propia madre, administradora de sus culpas y represiones. La otra, la madre ideal, la de su mejor amigo, una madre amorosa, que escucha, que tiene una merienda lista para la tarde después de clases, y de quien el infante se enamora.

André Pieyre de Mandiargues (1909-1991) relata en La sangre del cordero cómo la total falta de amor de la pequeña Marceline y el desprecio ejercido por sus padres y la sirvienta pueden transformar la inocencia en dolor, para volverse éste malicia y crimen.

En la historia sus padres deciden matar a su entrañable compañero Souci, el conejo que la acompañaba en sus días de soledad completa. Después de la comida, cuando le anuncian que Souci fue su cena, éstos esperan una reacción con berrinches, llantos y protestas. Pero Marceline comprende sus miradas divertidas y decide no complacerlos. Se aleja de la casa, conoce su primera experiencia erótica, llena de sangre y dolor, para regresar y consumar su venganza.

En el cine, el documental Bloody Daughter exploró —por primera vez acaso bajo la forma de ese género— los pliegues tortuosos que se esconden bajo las capas de una hija en el infinito amor por su madre. Su autora es Stéphanie Argerich, hija de la eximia concertista argentina Martha Argerich, que reside desde 1954 en Europa. Stéphanie es la única de sus tres hijas, de tres relaciones distintas, que lleva el apellido de su madre a raíz de un error compartido, la negligencia administrativa y burocrática y el desinterés de su padre, con quien tiene una relación cálida y fluida, pero que resta importancia a salvar los papeles de aquél error, según se ve en el filme.

Como ocurre con la mayoría de las cosas que tienen a la palabra como designio, Stéphanie es la más Argerich de las tres hijas de una de las mayores intérpretes femeninas de compositores clásicos del siglo XX. El documental es el resultado de años de grabaciones caseras a su madre. Muchas de las escenas fueron realizadas con la cámara que la concertista regaló a su hija de niña. Con una estética inocente, el documental logra su perversión a través del silencio de la narradora, quien planta la cámara para que sea su protagonista la que hable y se mueva.

Cuando decide dialogar, lo hace al estilo del periodista que pretende ignorancia. Antes, elige el decorado: Martha Argerich no quiere salir a escena. Se la ve detrás del cortinado. Dice que siente fiebre. No quiere tocar. En off, su hija dice que conoce el humor de su madre antes de salir. El concierto termina como siempre. Aplausos de pie, ovaciones. La pianista deja el escenario triunfante y confortada. En camarines, la concertista le pregunta a su hija por qué la filma y si también lo hace con su padre. No, responde Stéphanie, porque éste no la deja hacerlo. Martha Argerich la mira desde el espejo. Sonríe, mientras desliza lenta y amorosamente el rouge por sus labios, con la satisfacción de quien se siente observado.

En las pocas confesiones que hace Stéphanie dentro del documental, revela: “Escapaba de mi madre, pero ella siempre me alcanzaba”. Y durante la promoción del filme, en 2013, agregó: “Mi madre es un monstruo”.

Con todo, la edición del filme no parece casual y lineal en el modo en que fueron registradas las imágenes. La escena final escogida, tiene a la pianista mirando a cámara, entre la redención y la clemencia por los años en que dejó a Stéphanie al cuidado de otros para poder avanzar en su carrera, que siempre la llevaba lejos de aquella niña.

“Nosotras nunca tuvimos una relación verbal, pero eso no es lo importante. Eso está en otra parte, no sé dónde. Sé que no tenemos muchas afinidades. Adoro mirarte. Siempre me gusta estar contigo”, le dice Martha a su hija. Segundos después, los créditos se desmoronan sobre la pantalla.

La figura de la madre quizás sea la única cuyo vínculo garantiza una permanencia, aun alterne entre la felicidad y la desazón. Tal vez la razón esté en la comparación que hace Martha Argerich cuando su hija le pregunta si no se aburre de ejecutar siempre el mismo concierto cuando ofrece una gira o temporada. “Uno no debe imitarse. Tampoco empeorarse. La relación con la música siempre se renueva, como el amor”.

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