ENTREVISTA | POR RAÚL CAMPOS

Johanna Lozoya Escritora

"Opinar en Twitter no es una acción política"

Johanna Lozoya habla en su libro "Los monstruos del silencio. Apuntes sobre la angustia contemporánea" sobre la sociedad en las redes sociales.
Johanna Lozoya habla en su libro "Los monstruos del silencio. Apuntes sobre la angustia contemporánea" sobre la sociedad en las redes sociales. (Especial)

Ciudad de México

En su libro Los monstruos del silencio. Apuntes sobre la angustia contemporánea (Taurus, 2014), la mexicana Johanna Lozoya analiza la sociedad moderna y su falta de compromiso ante la información de la que se alimenta. Ofrece como ejemplo el llamado trending topic o tema de actualidad, que es capaz de generar una explosión de millones de opiniones inmediatas, ignorantes y carentes de reflexión, por lo que su presencia en la memoria de la opinión pública no pasa de 24 horas.

¿Por qué escribir sobre las irracionalidades de la modernidad?

Este libro surge ligado con una frase y un sentir que hoy se ha vuelto muy común: el desconcierto o el malestar contemporáneo. Algo ocurre en el mundo global: hay una gran cantidad de información y conocimiento, un bombardeo constante de "ruido" y todo es absolutamente rápido, de corta duración, como todos estos ruidos metafóricamente reales. ¿Qué es el silencio a final de cuentas en el libro? Es el lo irracional perteneciente al mundo contemporáneo, algo terriblemente problemático para los paradigmas higiénicos de la modernidad que se asume racional, ordenada y lógica.

¿Por qué dice que mantener el silencio es un acto de cooperación que depende del contexto social?

Para hablar se puede tener a una sola persona, pero para callar se necesita un consenso común, colectivo. Esa experiencia la uno con el fenómeno del Twitter, Facebook y los sistemas informativos en los que la noticia de hoy no es la del mañana y, sin embargo, cuando lo es, se vuelve un gran tema, una explosión de emociones y opiniones no necesariamente de reflexión, sino sencillamente de gran euforia. En estos sistemas informáticos efímeros y colectivos a un grado impresionante, se calla también; el supuesto gran ruidero que se hace de ciertas cuestiones no dura más de un día, ya que esa supuesta gran información, esta presencia colectiva ruidosa, es fugaz y muy superficial.

También dice que al estar bombardeados de información y enterarnos de todo estamos obligados a participar.

Hablo de la responsabilidad hacia el otro. Lo que quiero decir con ello es: ¿dónde queda esta postura ética, cuando al final de cuentas se pierde en un gran ruido colectivo en el que, por estar conectados con el mundo, aparentemente sabemos de todo y nos sentimos involucrados en todo? Pero esto es un espejismo, pues ¿qué es estar involucrado? ¿Responder de forma visceral a las primeras noticias, siempre destazadas de una buena cantidad de los argumentos de la experiencia y de una reflexión mucho más sólida, y luego olvidarlas al día siguiente? De lo que hablo es que estamos quizás en un gran mundo interconectado que no deja de ser la aldea global. Digo aldea porque esos espacios se siguen comportando no como grandes ciudades globales sino como aldeas donde aparentemente nos pega todo: somos vulnerables a todo y nos interesa todo, pero por un fragmento de tiempo, y al día siguiente será otra cosa. Esa no es una responsabilidad hacia el otro, ni un compromiso cívico ni ético hacia ningún tipo de información. Hay un canal de acción política, individual y colectiva, que se ha truncado en las últimas décadas, y pareciera que opinar en Twitter es una acción política o de compromiso. Para mí no lo es.

¿Esto puede cambiar para que la gente se preocupe y reflexione más?

Sería una tarea colectiva e individual, que consiste en parar la velocidad de las cosas y asumir la tarea de la reflexión, del conocimiento. Creo que va desde la educación, que en el caso mexicano está absolutamente degradada. Hay que revertir el mundo del consumo hacia uno de ideas. Yo creo que las escuelas, los medios y las instituciones culturales son los vehículos para cambiar las miradas colectivas. Pero creo que eso ha sido vedado no solo en México sino a nivel global, porque lo que se busca es un consumo de ideas rápidas: fast food en ideas.

¿Cómo pueden los medios crear productos de reflexión?

Les hace falta un compromiso distinto que no sea con el marketing y el consumo. Se trata de un compromiso ético, político y de respeto al conocimiento, el individuo, las colectividades y la cultura.

¿Obtener la felicidad es el máximo anhelo que se tiene ahora?

Es curioso porque en el mundo occidental antes era una especie de cometa que aparecía, algo efímero que podía ocurrir o no. No era el absoluto. Ahora es un objetivo implacable: tienes que hacer todo aquello que se dirige hacia la felicidad. La felicidad, en términos actuales, ha sido una construcción cultural muy compleja y larga en la cual han intervenido, en buena medida, los sistemas mediáticos. Somos poblaciones irreflexivas, fáciles, una gran masa de consumidores, y la felicidad es el objetivo a consumir.

¿Cómo es la felicidad en la modernidad?

Es una suma de imaginarios, marketing, propuestas económico-sociales, industriales, y es una gran movilización masiva de emociones colectivas básicas. Se vuelve un objetivo a cumplir, y quien no lo tiene pues está en un error. En el mundo contemporáneo, que es uno de consumo, desde un refresco hasta unas vacaciones te tienen que producir felicidad. Te dicen que, en concreto, "esto" es la felicidad.

¿Por qué dice que ya no nos reconocemos en el otro?

En el libro utilizo la idea de los monstruos en el bosque encantado. Son seres que pertenecen a este bosque pero siempre mantenidos al margen de la civilización: el vagabundo, la pobreza, la enfermedad, lo irracional, la violencia. Todo esto en apariencia se contenía en los márgenes de aquello que era lo racional de la ciudad y lo urbano. La diferencia entre el mundo previo y el actual es que antes, cuando ocurría este contacto con lo otro, cuando se borraban las fronteras, lo que te daba miedo era que lo que ibas viendo enfrente de ti podrías ser tú mismo. Y ahora ya se ve como algo distinto: ese personaje no soy yo, no es algo que me pueda pasar a mí, es una cosa de quién sabe dónde; por lo tanto se torna invisible.