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Domingo , 23.09.2018 / 23:34 Hoy

Reconstrucción

Aunque se trata de temas sobre los cuales conviene reflexionar a fondo, parece natural responder negativamente a las anteriores cuestiones.

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Nada de lo que hagamos en los próximos meses y años devolverá la vida a las 327 personas que murieron en los terremotos de la semana pasada, ni a las 98 personas fallecidas el 7 de septiembre en el sureste del país. Quienes quedamos con vida sí que debemos replantearnos muchas cosas que el desastre ha puesto en evidencia. La primera de ellas no tiene ninguna relación con la arquitectura ni el urbanismo, sino con la capacidad de autoorganización. Si bien es notable la manera en que las emergencias disuelven todas las barreras del individualismo, ¿por qué los mexicanos no nos comportamos siempre con la misma solidaridad? ¿Por qué estamos regresando poco a poco a nuestra rutina cotidiana sin mirar hacia atrás y ver la dimensión del fenómeno social que estamos presenciando?

Por desgracia, el comportamiento “normal” de nuestros conciudadanos es predominantemente mezquino y egoísta. Debemos afrontar que vivimos en una sociedad basada en los privilegios: apenas cualquiera de nosotros se ve en una circunstancia en la que tiene poder, ya sea político o económico, lo aprovecha para ampliar las desigualdades e injusticias que privan en el ámbito público y privado a nivel nacional.

El terremoto del 19 de septiembre nos recuerda la tristeza de todo lo que no ha sido reparado y reconstruido en la capital del país desde la misma fecha hace 32 años, además del atraso que viven nuestros compatriotas en poblaciones como Juchitán, Jojutla y otras muchas en los estados de México, Puebla, Morelos, Chiapas y Oaxaca.

Es el momento de plantearnos la reconstrucción de las casas y edificios dañados, pero antes de dar el primer paso invito a los arquitectos y constructores a preguntarse cómo lo quieren hacer. ¿Conviene seguir con la visión a corto plazo del máximo beneficio con el mínimo esfuerzo? ¿Servirá esta experiencia para acabar definitivamente con la corrupción urbanística? ¿Es lógico demoler centenares de casas solo porque son de adobe?

Aunque se trata de temas sobre los cuales conviene reflexionar a fondo, parece natural responder negativamente a las anteriores cuestiones.

Es inevitable que el dolor que sentimos ahora dificulte nuestra capacidad de autocrítica pero, al mismo tiempo, los tiempos desafortunados tienen un efecto positivo sobre las mentes lúcidas. Hemos sido testigos de una enorme sensatez generalizada en el pueblo de México; esperemos que no se agote en los próximos días y que sepamos aprovecharla para tomar las decisiones que más nos convienen a todos, no aquellas que nos benefician individualmente.

La gente ha hecho un gran sacrificio al ayudar a los demás sin descanso, arriesgando sus vidas, donando víveres y medicinas, e incluso dando dinero a las organizaciones civiles. Ahora necesitamos personas inteligentes, honestas y serenas para reorganizar a la sociedad, para reconstruir nuestros pueblos y ciudades. Espero que la tragedia que estamos viviendo no sea tierra fértil para el oportunismo, la manipulación de la conciencia y la especulación inmobiliaria. Espero que de esta triste época nazca un espíritu nuevo que termine con la idea de los “otros”, para que sea sustituida por un gran “nosotros”.

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