Ciudad transparente

En Rendición, digamos que una novela lo más alejada de la ahora multiplicada "autoficción", el lector conocerá el destino de un pequeño núcleo familiar de la vieja comarca.
Ray Loriga, "Rendición", Alfaguara, México, 2017, 212 pp.
Ray Loriga, "Rendición", Alfaguara, México, 2017, 212 pp. (Especial)

México

Dicen que “se ha unido al selecto grupo de escritores que —como Houellebecq y Murakami— están redefiniendo la ficción del siglo XXI”.

Aunque desde mi punto de vista —una vez leída Rendición— esté más cercano a McCarthy.

O a sí mismo.

O a ninguno otro.

Pero en esto de emparentar podríamos colocarlo al lado de Fadanelli, sin hacer caso de lo dicho por Almodóvar: “un fascinante cruce entre Marguerite Duras y Jim Thompson”.

Decidirá el lector.

Que oportunidad tendrá, luego de que con esta novela Ray Loriga (Madrid, 1967) obtuviera el Premio Alfaguara 2017.

Porque si hay algo en lo que se tenga certeza, detrás de la lectura de Lo peor de todo, Héroes, Caídos del cielo, Tokio ya no nos quiere, Ya sólo habla de amor, Trífero y Za Za, emperador de Ibiza, títulos obligados en el canon del autor, es que Rendición sí circulará en todo el mundo hispanoamericano.

Una manera de prestigiar el concurso —no muy sonado en sus anteriores versiones, y tras la aún comentada La noche de la Usina, de Eduardo Sacheri— aunque también al mismo Loriga, quien aporta un mundo narrativo “como salido de un cuadro de Hopper”, dijo alguien más.

En Rendición, digamos que una novela lo más alejada de la ahora multiplicada autoficción, el lector conocerá el destino de un pequeño núcleo familiar de la vieja comarca. Quienes en el trasfondo de una guerra serán trasladados a un nuevo espacio, la identificada ciudad transparente.

Padre, madre, ¿hijo?, obedecerán las órdenes del representante de, suponemos, un Estado totalitario. Ese impersonal agente de zona que organiza el periplo, no sin antes mandatar la desaparición de todos los bienes de los pobladores. “De quemar la casa me encargo yo”.

El desplazamiento, que asimismo funciona como especie de selección natural, concluirá en la ciudad transparente: que de lo grande que parecía de lejos, a lo grande que era de verdad, mediaba una distancia considerable. Una urbanización de techos, pisos y paredes transparentes —“donde no hay pudor no hay rubor, que decía mi santa madre”— que clausura la posibilidad de toda intimidad.

Así será la nueva vida de los protagonistas de Rendición. Con la particularidad de carecer de la percepción de los olores y dedicados al “bien de lo común y no del propio”.

Una vida en la que, por si fueran pocas las peculiaridades, no anochece nunca: todo parece perfecto, aunque ya comience a extrañarse lo ido y lo porvenir.

“El pasado y el futuro empezaron a apartar de mí la sombra siniestra de las nostalgias y las ambiciones, que son como manos capaces de ahogar a un hombre, y pude ver claramente que con hacer lo que se me encomendaba y hacerlo bien, con esmero, era más que suficiente para estar feliz”, leemos.

Disipada la naturaleza del personaje, en tanto hombre; acumulados los días de perfección, el descontento de ese mismo hombre se presentará. “De lo que no querías te daban mucho, y de lo que de veras te hacía falta, nada de nada”.

De ahí el desenlace de Rendición —“un hombre debería poder viajar de un lugar a otro sin perder su alma”—, la novela de Loriga que el jurado que la escogió entre varios cientos identificó como “una historia kafkiana y orwelliana”.

Decidirá el lector.