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Viernes , 14.12.2018 / 09:25 Hoy

Ramón Vargas, 35 años en la ópera

“El personaje más entrañable para mí es Edgardo, de Lucía di Lammermoor, con el que me gané mi primer contrato internacional”, dice el tenor.
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Aunque cronológicamente Ramón Vargas debutó en Monterrey en 1982 en una ópera de Haydn, el tenor toma como el inicio de su carrera profesional su presentación en el Palacio de Bellas Artes con Falstaff, de Giussepe Verdi, al siguiente año. Buen augurio resultó que la dirección orquestal corriera a cargo de Eduardo Mata y la escénica de Juan Ibáñez. 

“Yo era un jovencito que de repente se encuentra con esos personajes, imagínate —dice el cantante en entrevista telefónica desde Suiza—. Fue algo muy especial, tengo buenos recuerdos de esa función. En ningún momento pensé que ya había llegado: yo quería seguir ampliando mi repertorio, cantar más temas. Sabía que todavía me faltaba mucho camino por recorrer”.

El tenor celebrará sus 35 años en la ópera el  sábado a las 19 horas en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes, acompañado por la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, dirigida por Srba Dinic. Interpretará arias de óperas de Mozart, Donizetti, Verdi, Puccini, Bizet, Massenet y Offenbach. Además compartirá el escenario con jóvenes cantantes del Estudio de Ópera de Bellas Artes.

La función se transmitirá en vivo en la pantalla gigante a un costado de Bellas Artes y vía streaming (www.inba.gob.mx/digital).

Desde mediados de los años 80 la trayectoria de Vargas comenzó a volverse fulgurante: ganador del Concurso Enrico Caruso para tenores en Milán, estudios en la Ópera Estatal de Viena, integrante de la compañía del Teatro de Lucerna y la interpretación de numerosos papeles protagónicos.

Como cantante independiente, en los 90 adquirió mayor renombre y se presentó en teatros y festivales internacionales. Debutó en el Met de Nueva York  en 1992 y en La Scala de Milán al año siguiente. De allí a las óperas Estatal de Viena, París-Bastille y San Francisco, los teatros Colón de Buenos Aires y el Real de Madrid, el Covent Garden de Londres y la Arena de Verona.

¿Cuál es el más entrañable de los personajes operísticos?

Para mí es Edgardo, de Lucía di Lammermoor, de Donizetti, porque con esa ópera me gané mi primer contrato internacional cuando estaba en la compañía del Teatro de Lucerna. También con ese papel debuté en el Met de Nueva York, y es un rol que he cantado por todos lados. Es un personaje muy noble, inteligente, auténtico y responsable. Es un personaje que ve hacia el futuro, una especie de Romeo, de Romeo y Julieta de Shakespeare, pero más maduro.

¿Hay otro favorito?

Otro que disfruto mucho es Nemorino, de Elíxir de amor, también de Donizetti. También es un personaje muy noble y muy bueno, un poco ignorante pero está enamorado y todo se le perdona. Es un personaje muy lindo.

¿Y de los personajes “malos”?

El Duque de Mantua, de Rigoletto, de Verdi, quien tiene una maldición y no puede amar. Su gran problema es que todo lo que lo mueve es el placer y nunca el amor. Eso se vuelve para él una condena.

¿Cómo prepara un personaje?

Lo primero que hago es leer la historia. Por ejemplo, en el caso de Lucía di Lammermoor, me voy al libro de Walter Scott en el que está basada, La novia de Lammermoor, y me doy más o menos cuenta de lo que el autor buscaba. Aunque, casi siempre, de las novelas a las óperas las historias cambian para que se vuelvan más atractivas. Después acudo a la música, la leo con mucho cuidado e imagino cómo podré interpretar cada una de las acciones. Y lo último que hago es cantar.

¿Qué piensa sobre las adaptaciones de óperas clásicas que acaban por desvirtuarlas?

Hay óperas modernizadas que funcionan muy bien y montajes clásicos que están muy mal realizados. Lo importante es que con los cambios se obtenga algo que sea positivo para la ópera, que sea una propuesta que te haga reflexionar o aprender algo interesante sobre lo que estás viendo. Lo que no me gusta es el cambio por el cambio. Una vez, en la Ópera de Múnich, una compañía muy importante, estuvimos preparando un Rigoletto de Verdi en ¡el planeta de los simios! Así como te estás riendo, así era el montaje. ¡Yo era el chango mayor! ¡Era una tomada de pelo y no pude, así que mejor me fui del montaje! 

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