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Rafael Aguirre y su esfera surrealista

De profesión arquitecto, trazaba calles y algunas fachadas con cierto talento, en tanto se concentraba en el trabajo que requería el patrón para el que laboraba.
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De profesión arquitecto, Rafael Aguirre trazaba calles y algunas fachadas con cierto talento en tanto se concentraba en el trabajo que requería el patrón para el que laboraba. 

En su tiempo libre fue a las plazas a dibujar, sin pensar que con en ese simple acto trazaba el camino que ha transitado como pintor durante 40 años. 

“Yo me levanto a las cinco y media y a las 6 me voy a correr al bosque. Regreso a las seis cuarenta y cinco. Me doy un baño y a las 7 ya estoy pintando. Hay jóvenes que esperan a que les llegue la musa. Yo pinto obligadamente mínimo ocho horas al día”.

Con el tiempo la familia entendió que el pintor se casó con su arte y contrario a lo que puede ocurrir con los padres que no trabajan en su casa, sus hijos le han agradecido el estar para ellos, el haberlos escuchado y participar en sus actividades.

“Yo traigo mi mundo y de vez en cuando salgo para entrar al mundo familiar, estoy en una esfera surrealista, los amigos piensan que no me doy cuenta de lo que pasa, pero estoy cercano a las noticias y estoy al tanto de todo. Sé lo que pasa en el mundo, en mi país, en la política y en la economía, porque tengo contacto con gente de muy arriba y muy abajo, y tengo noticias de primera mano”.

Rafael Aguirre recuperó su historia y asegura que a la pintura llegó por accidente. Su profesión lo concentraba en la construcción de viviendas y entre las coladas de concreto, en ratos libres y luego de hacer los planos, dibujaba fachadas, puertas e iglesias.

“Dibujaba una paloma, una muchacha guapa que estaba sentada en la banca de enfrente, dibujaba y dibujaba y a eso que hacía como un hobbie, le di más tiempo. Llegué a un punto en que tuve un conflicto muy fuerte con una persona que me contrató para hacer unas obras. Por ese choque decido dejar la arquitectura y lanzarme a la pintura”.

Tenía doce dibujos que pensó eran buenos y fue a un bazar de arte en Ciudad de México, a la Plaza de San Jacinto, en San Ángel. 

La asociación era representada por Enrique Cordero Zúñiga, Zucor y aunque hubo oposición a su trabajo, le permitió vender no sin antes decirle que tendría que pagar una cuota de 750 pesos por la adhesión.

“Yo le pedía consejo para mejorar el trabajo. Le habla al jurado de admisiones y me dice: -Reprobaste en la votación, tienes dos votos a favor y tres en contra. -Yo vine a que me dijeras cómo ves mi trabajo. -Ahora te doy el listado para que veas tu trabajo: lineal bueno, figura a fondo muy bien, volumen, muy bueno, contraste bueno, creatividad muy malo, diseño muy malo. Total estaba equilibrado y mi calificación era 6.5”

Él no quería pertenecer pero los tres que votaron en su contra eran dibujantes. El director votó a favor y estuvo dentro. Le dijo que dejara de hacer de su dibujo un pasatiempo y que lo abrazara como un oficio. Ese día Aguirre vendió once dibujos a turistas extranjeros a un precio que pensó exorbitante. Los otros artistas nada.

Continuó yendo al bazar y en tres semanas siguientes no vendió nada. A la cuarta vendió el doceavo dibujo que llevó la primera vez. Y entendió que para poder dar gusto a un posible cliente debía hacer lo que a él le gustara.

“Cuando dije que me iba a dedicar a la pintura todos mis amigos me mandaron a volar. Los amigos arquitectos, del club, los del barrio, me mandaron a volar. También parientes. A los dos meses de no vender nada, llega un señor y compra lo que piensa que es de lo mejor que tengo y lo compra. Era el dibujo que me había quedado. Lo vendo en 650 pesos”.

Rafael Aguirre descubrió entonces que lo que sale de sus manos debe ser del gusto en primera persona. 60 dibujos de ese tiempo se conservan en una carpeta sellada que su mujer tiene en tanto que él sigue creando para él, despacio y con cariño, siendo un gran promotor de su obra.

“Me quedó una consigna: hagas lo que hagas o pintes lo que pintes hazlo para ti y si no te llena no sale. Tengo una bodega llena de dibujos y cuadros que no salieron pues llega alguien a mi estudio y ve un cuadro y dice me gusta, ya no lo puedo acabar porque ya no es mío, por eso ya no dejo entrar a nadie a mi estudio”.
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