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Jueves , 13.12.2018 / 20:15 Hoy

Radiografía del tormento

Broch explica que desde siempre se halló atrapado entre un tipo ideal de mujer judía, guapa, alta, distinguida y sumamente frígida, claramente basado en su propia madre.

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En uno de los cuentos de El temblar de una hoja, Somerset Maugham describe el sobrecogimiento que experimenta un personaje cuando escucha el relato de otro sobre la destrucción de su vida, no tanto por las desgracias concretas que escucha, sino por el estremecimiento que produce ser partícipe del desnudamiento de un alma. Esto es exactamente lo que sucede al leer la Autobiografía psíquica de Hermann Broch. Sin que dejen de sorprender los recovecos y giros que el tormento es capaz de engendrar en un alma sensible y de una honestidad que raya en la crueldad, como lo es la de Broch, lo que causa más asombro es su capacidad para diseccionarse sin miramientos, pero también sin autocompasión, limitándose simplemente a describir con escalofriante precisión el dilema erótico que ha definido tanto su vida privada y sexual como, por consiguiente, su propia obra literaria.

Broch explica que desde siempre se halló atrapado entre un tipo ideal de mujer judía, guapa, alta, distinguida y sumamente frígida, claramente basado en su propia madre, y otro tipo de mujer aria, bajita, rechoncha, que él asocia a figuras “inferiores” de su infancia, como lo eran las institutrices y las criadas. Su dilema reside en que con el primer tipo es impotente, lo cual le genera un sentimiento de culpa y sometimiento, conduciéndolo a relaciones masoquistas, mientras que con el segundo encuentra plena satisfacción erótica, pero la culpa toma forma como sentimiento de infidelidad a la figura materna, además de como esfuerzo por educar y elevar el espíritu de esas mujeres a quienes considera objetivamente inferiores a él, y de ahí que entable relaciones pedagógicas con un talante sádico. La salida que encontró durante un tiempo fue combinar lo peor de ambos casos, encontrando una mujer con el tipo físico número 2, pero que “superaba en histeria frígida a todas las mujeres del tipo número 1. En este caso pude salvarme hasta la saciedad durante casi 20 años; fue la asociación de dos neurosis y un infierno sadomasoquista. El infierno de tipo número 3”.

Como huida se refugia obsesivamente en su trabajo, que se “ha convertido en una diosa madre frígida, celosa, sádica y vengativa que sólo se deja aplacar si me encuentro a su servicio día y noche, pues de otro modo me impone penitencias aterradoras”. Sin esta sublimación de lo irresoluble hacia lo literario, probablemente no hubiera escrito obras como La muerte de Virgilio, comenzada, dice Broch, “casi en contra de mi voluntad y, por decirlo así, como asunto privado de la salud de mi alma…”.

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