El radicalismo virtual

En una conferencia escrita en 1934, titulada “El autor como productor”, Walter Benjamin abordó con su deslumbrante lucidez la cuestión de la relación entre la tendencia política y la calidad de ...
Walter Benjamin.
Walter Benjamin. (Especial)

México

En tiempos de Twitter y Facebook, la radicalidad intelectual pasa por tener algo de tiempo libre entre manos, así como una buena conexión a internet. Con esos dos elementos basta para postear mensajes rabiosos contra los gobernantes, contra el sistema, sin que exista la necesidad de abandonar la comodidad del hogar. Como el perro que se muerde la cola, el radicalismo de unos alimenta al de los demás para producir un hervidero de proclamas indignadas, y por definición cada cual se sitúa del lado de los justos, de los que proferirían una nueva cascada de insultos ante cualquier insinuación de que, quizá, uno pueda ser también parte del problema, y no la solución.

En una conferencia escrita en 1934, titulada “El autor como productor”, Walter Benjamin abordó con su deslumbrante lucidez la cuestión de la relación entre la tendencia política y la calidad de un escritor, ofreciendo ahí algunas claves que resultan muy útiles para comprender el fenómeno al que asistimos hoy en día. Refiriéndose a la literatura que buscaba simpatizar con el proletariado, sin que ello implicara ningún tipo de congruencia en cuanto a la figura del escritor, afirmó: “Lo característico de esta literatura es que la lucha política deja de ser una obligación a decidir, y se convierte en objeto de contemplación placentera, que la lucha política deja de ser un medio de producción y se convierte en artículo de consumo”.

Es decir que, igual que en el radicalismo de las redes sociales, la furia se convierte en el fin en sí mismo, y deja de ser un medio para producir cualquier tipo de transformación en la realidad. Y como además en las redes sociales el tamaño sí importa, el número de seguidores funciona como aprobación o rechazo tácito de lo que se comunica: si más gente me sigue a mí, ello implica que soy un líder de opinión más influyente, con lo cual uno queda doblemente exento de la necesidad de exhibir cualquier tipo de congruencia en el ámbito ajeno a lo virtual, aquel donde uno se conduce (todavía) como una persona de carne y hueso.

Sin embargo, Benjamin también recuerda que “el gran Lichtenberg dijo: lo importante no es qué opiniones se tengan, sino en qué tipo de hombre te convierten esas opiniones”. De esa manera, la verdadera prueba de la radicalidad se situaría, a la vieja usanza, un poco más cargada hacia el lado de las acciones, incluso cuando éstas se limiten al ámbito de lo intelectual. Es decir que, más allá de la espuma que destilen nuestras cuentas de redes sociales, será el tiempo (y no el número de seguidores) quien decida si las obras contribuirán a la circulación de ideas, a la sublimación artística de las emociones producidas por el horror y la injusticia, y en ese sentido conectarán con un público lector que aprecie la honestidad, la sensibilidad, la inteligencia, la valentía necesarias para escribir aquellas obras que desafían al poder corrosivo del escándalo y de lo coyuntural.

Por último, valdría la pena recordar con Benjamin que la furia y la ligereza no necesariamente son antagónicas: “Anoto de pasada que, para pensar, no hay mejor comienzo que reír. En especial, la sacudida del diafragma suele ofrecer al pensamiento mejores oportunidades que la del alma”.