¿Quién le cree a McCurry?

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 David Gilkey
David Gilkey (Reuters)

Vistiendo ropas militares, con el gesto duro y la mirada desconfiada, David Gilkey parecía uno más de los combatientes estadunidenses destacados en Asia. Murió hace unos días en una emboscada en Afganistán. Era en realidad un fotógrafo periodístico, uno de los mejores. A sus 50 había trabajado en Irak, en la Franja de Gaza, en Sudáfrica, Haití, Somalia y Liberia, siempre en condiciones difíciles, poniendo en riesgo su vida.

Mientras transitaba hacia donde ahora se encuentra, su oficio comenzó a enfrentar de nuevo las embestidas de la duda, de la ética y de la técnica. Otro fotógrafo de guerra, el mítico húngaro Robert Capa, quedó otra vez en el centro de la polémica. La controversia sobre la veracidad de sus fotografías captadas en el curso de la Guerra Civil española y durante la Segunda Guerra Mundial, en particular de la imagen de un miliciano republicano cayendo bajo las balas, parece no tener fin. Muchos expertos han estudiado a fondo durante largos años la más difundida de sus imágenes y no han conseguido hasta ahora poner punto final de manera concluyente a un debate con múltiples implicaciones, sobre todo en los terrenos de la credibilidad profesional y la moral.

En cambio, al fotógrafo italiano Paolo Viglione le tomó solo unos segundos descubrir las malas mañas de un acreditado colega, el estadunidense Steve McCurry, célebre por su fotografía de una niña afgana de ojos verdes que fue portada de la revista National Geographic en junio de 1985. Miraba las imágenes del reconocido fotógrafo en la exposición El mundo de Steve McCurry, montada en una sala de Turín con imágenes captadas en Afganistán, la India, el Sudeste Asiático, África y Cuba, cuando descubrió sin proponérselo las malas artes del fotógrafo. Una imagen registrada en Cuba dejaba ver claramente el uso del photoshop para resaltar los valores de la fotografía. El mundo se le vino encima al prestigiado artista de la cámara apenas trascendió el hallazgo. Muchos se pusieron a hurgar en sus fotografías y hallaron más evidencias de su gusto por la manipulación de sus materiales. Vapuleado por sus colegas y sus admiradores, McCurry solo atinó a culpar a un asistente técnico en su laboratorio, que había sido despedido de inmediato.

Sin duda, la polémica que se ha desatado ahora sobre arte y ética periodística, que alude más que nada a los límites en el empleo de las tecnologías digitales, habrá puesto a temblar a muchos fotógrafos profesionales que han caído en la tentación de modificar la realidad a su gusto. Estarán esperando la llegada de un ojo entrenado que ponga de pronto el grito en el cielo cuando descubra sus más íntimos recursos profesionales.

Tal vez muy pronto nos encontremos ante un alud de polémicas que pondrá al borde del abismo carreras notables, plenas de riesgos y audacias, como sucede con Capa. Ojalá no sea el caso de Gilkey. Pero por lo pronto ya nadie le cree a McCurry.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa