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Viernes , 19.10.2018 / 13:54 Hoy

¿Quién es el señor, quién el esclavo?

Reseña

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En Las metáforas de la crítica (UAM/ Gedisa, 2015), Evodio Escalante acentúa la polisemia de la palabra crítica. Por un lado, habla de ella como de un cultivo fidedigno o dependiente de una realidad textual anterior; es decir, la crítica como un fenómeno que acontece después del ejercicio de la literatura propiamente dicha. Y por el otro, no escatima ni claridad ni esfuerzo en perfilar el de la crítica como un género creativo, capaz no solo de cobrar autonomía por y en sí mismo, sino de trascenderse y provocar en su lector un disfrute que no depende ni requiere del conocimiento de un texto o de una realidad anterior. Con esto, el autor no hace sino remarcar los polos relativamente opuestos entre los cuales hará oscilar la discusión de su libro.

A dos ensayos preliminares (“Las metáforas de la crítica” y “Lo viejo y lo nuevo en la crítica literaria”) que le sirven para calibrar el alcance y la orientación de la crítica, les sigue un texto notable sobre Alfonso Reyes: “El concepto de la crítica en Alfonso Reyes”. Este ensayo, que funciona como una caja de resonancia de aquel libro del mismo Reyes titulado La crítica en la edad ateniense, comienza por plantearse una serie de preguntas, de cuyas respuestas dependerá el paradigma y la coherencia general de este libro. “¿Qué es primero, la poesía o la crítica? ¿Es la literatura la que condiciona a la crítica, o sucede al contrario, es la crítica la que condiciona a la literatura? Dicho de otro modo: ¿quién es el señor y quién el esclavo?” La respuesta que ensaya Evodio Escalante no despeja las dudas que a este respecto pudiéramos tener a priori. Sí y no, parece decir con una sonrisa maligna que se le dibuja en el rostro. El crítico vendría siendo, en tiempos indistintos y a intervalos indiscernibles entre sí, el amo y el esclavo de lo comprendido en el salón proliferante de la literatura. Pero las definiciones deben elaborarse para que puedan ser convincentes. Así, escribe el autor a propósito del primer caso, que tendría en el crítico a un creador emparentado con el filósofo tal y como se le entendió a éste en el primer romanticismo de Occidente: “La gran prosa de Reyes, acaso la que cautivó a Borges, se encuentra aquí [en El suicida, publicado en Madrid en 1917]. Aquí aparece también, de manera explícita, la sorprendente idea de la crítica que se ha formado nuestro autor. Una idea fáustica, de un inconformismo radical, que se asume a sí misma como subvertidora de lo establecido, y que se confunde con el nacimiento mismo del espíritu. Y decir espíritu es decir negación del presente. Es decir recusación de la realidad para instaurar el dominio de lo que todavía no es”.

Con la publicación de El deslinde (1944), Reyes moderó sus opiniones sobre la crítica, y a ésta la convirtió en el vehículo de una pseudociencia para abordar el fenómeno literario. Limó los colmillos de un instrumento concebido para profanar la carne. Habiendo sido el escritor de la primera mitad del siglo XX mexicano más dotado para el ejercicio de la crítica, ¿por qué Reyes se limitó a teorizar sobre el fenómeno y sus funciones y nunca a ejercer la crítica entendida como un arma? Reyes prefirió fugarse a la edad ateniense o a la España de Góngora y Cervantes antes que arriesgar el comentario crítico a la obra de sus contemporáneos; es en esta reticencia donde Evodio Escalante encuentra una definición útil del oficio de la crítica: no ya la recusación del presente y la afirmación de lo espiritual, sino el apóstrofe inconforme y polémico con, y muchas veces en contra de, la realidad que se nos propone en términos textuales.

El discurso crítico de Evodio Escalante dista de cultivar una nostalgia provinciana por lo que está, o debería estar, bien hecho, y con su ejercicio particular de la crítica nos ha abierto los ojos a esta otra forma de pertenencia donde nuestra literatura tendría no solo un lugar sino una significación distinta. Con esto, no solo ha glosado la obra de los escritores mexicanos que le interesan hasta emparejar sus juicios con el deslumbramiento, o de plano ha disentido y se ha querellado con los integrantes de una tradición que ha visto en el devenir de nuestra literatura y de nuestra realidad histórica un espejo de lo ocurrido en Occidente. Un espejo mancillado si ustedes quieren, pero espejo al fin, donde se muestra nuestra figura vulnerable y metamórfica. Los integrantes de esta tradición que ha honrado Evodio Escalante con su devoción lectora se encuentran en las páginas de sus libros: Revueltas, Reyes, Paz, Fuentes, Gorostiza, Cuesta, y, entre las mujeres, Amparo Dávila, Inés Arredondo y Josefina Vicens. La segunda sección del libro, titulada precisamente “Los rostros de la ironía”, tiene la finalidad de comentar y desechar ciertos localismos que han lastrado el entendimiento de algunos escritores que durante el último cuarto del siglo XX no encontraban el acomodo que, según la forma de mirar de Evodio Escalante, les correspondería por derecho propio. Así, en este apartado se incluyen ensayos polémicos, beligerantes, animosos, que en su momento dedicó a la literatura de José Agustín, de Edmundo Valadés, de Jorge Ibargüengoitia y de Juan Vicente Melo, es decir, narradores que en una época —aun ahora— fueron considerados como menores en comparación con los Rulfo o los Arreola o los Fuentes. Cuando Evodio Escalante escribe de José Agustín o Inés Arredondo, lo hace consciente de que con ello está yendo en contra de la corriente predominante de una crítica (o dicho de otro modo, de una forma de entender y de jerarquizar una literatura) que ha considerado entre nosotros de menor envergadura las conquistas de la literatura de la Onda o de cierta literatura escrita por mujeres que en su momento apostó por la profundidad y el rigor, en contraste con el “feminismo fálico, al mismo tiempo eufórico, triunfalista y ciertamente dominador” (“El silencio en la narrativa femenina”) de ciertas escritoras más favorecidas por los sistemas estatales de promoción y difusión de la cultura. Toda definición de crítica comporta no solo una estética sino sobre todo una política. Desde el primero de sus libros (José Revueltas. Una literatura del “lado moridor”, 1979) hasta el más reciente, Evodio Escalante se ha mostrado como un autor, como un crítico disidente. En una serie —acaso excesiva en el afán denodado de desmarcarse de la figura de quien fuera su maestro— de ensayos polémicos en contra de la figura patriarcal de Antonio Alatorre, Escalante se define a sí mismo como “tránsfuga de todos los sistemas y todos los dogmatismos”, es decir, un francotirador solitario que sabe de antemano que su labor está condenada al yerro y al fracaso.

La tercera sección del libro, “Las controversias obligadas”, se abre con un comentario a propósito de los libros de prosa que Octavio Paz publicó entre 1993 y 1994 para conmemorar sus 80 años. El crítico no escatima esfuerzos para aclarar la huella perdurable que la obra ensayística de Paz ha dejado en varias generaciones de lectores y escritores (la suya y la mía, por ejemplo), y aprovecha, de paso, para arrojar en el mismo surco una perla sobre la esencia disidente del ensayo en sí: “Paz fue un ensayista no solo por la calidad de su prosa, sino por su capacidad para sugerir ideas y para transformar nuestro juicio con imágenes de una extraña eficacia. Por sus paralelismos, por sus contrastes, por sus analogías, por el relámpago de sus metáforas, pero sobre todo, por su vocación disidente; esto es, por ese afán de remar en contra de lo establecido, Paz cumple con esa ley íntima del ensayo que, a decir de Adorno, es la herejía” (“La lámpara y el relámpago. La prosa ensayística de Octavio Paz”). Aquí no parece haber disenso sino diálogo y comunión. El tono de Evodio Escalante, que por momentos pierde la distancia que reclama el ejercicio de la crítica, se vuelve confesional al declarar la admiración que siente genuinamente por Paz, es decir, el intelectual que mejor representó en nuestro país el papel de un dictador inconmovible.

Los productos que arroja el quehacer de la crítica parecen etiquetados con una fecha de caducidad que los inscribe en el rango de lo perecedero. Así, polémicas como la que sostuvo con Christopher Domínguez y José Luis Martínez, a propósito de la publicación de una a todas luces deficiente y maniquea historia de la literatura mexicana del siglo XX, fuera del marco temporal en el que se produjo parece desprovista del interés que pudo haber suscitado en su momento. En este mismo sentido, ciertos juicios y adhesiones del autor han quedado invalidados por el paso del tiempo, como —apenas un botón de muestra— la afirmación de que lo mejor de nuestra narrativa en aquel otro fin de siglo que se vivió con el paso de los siglos XX al XXI se encontraba en las obras incipientes de Guillermo Fadanelli, Jorge Volpi y Naief Yeyha.

Si para George Steiner todo es traducción (el habla es traducción del pensamiento y la música es traducción de formas de pensamiento más hondas y primarias), para Evodio Escalante todo es metáfora. Esto no significa otra cosa sino que todo es traslado de una realidad a otra. De la realidad del texto a la realidad de quien lo interpreta y lo transforma. En última instancia, creo que estas líneas resumirían el espíritu de un libro, y de un autor, que quiere contribuir al balance heterodoxo de la literatura mexicana de fin de siglo.

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