La crítica: Quería tanto al jazz

En su obra manifestó su amor por la música, especialmente el jazz, aunque también la música clásica fue otra de sus pasiones.
Julio Cortázar en París.
Julio Cortázar en París. (Especial)

México

Hoy cumple cien años y un día, y perdonen la analogía con el lema de una bebida alcohólica, pero sigue tan campante… Y es que Julio Cortázar no envejece. Mientras algunos de sus contemporáneos se convirtieron en instituciones, en verdaderas momias al servicio del poder que antes combatieron, el escritor argentino mantuvo un espíritu contestatario, el ánimo rebelde y un sentido del humor que no se ha vuelto rancio.

En su obra manifestó su amor por la música, especialmente el jazz, aunque también la música clásica fue otra de sus pasiones. No era un diletante en la materia —es decir, no pertenecía a los famas, esos personajes cortazarianos que representan la mediocridad—, sino un estudioso de la música. Gabriel García Márquez recordaba que en un viaje que hicieron a Praga en tren, antes de dormir, Carlos Fuentes le preguntó a Cortázar “cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz —escribió García Márquez—. La respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk”.

Estudió piano de niño y luego la trompeta, pero claudicó porque, explicaba en una entrevista, “es un instrumento implacable que exige una preparación de los labios y eso solo se consigue tocando seguido. En realidad, debo confesarte que yo soy un músico frustrado”.

Parte de su obra fue tomada por la música. Y si se recuerda sobre todo Rayuela y las sesiones del Club de la Serpiente, donde los protagonistas se reúnen para escuchar discos de jazz, así como en El perseguidor, libro destinado a revivir y redimensionar el mito de Charlie Parker, también hay deliciosas referencias a las músicas —en plural— en Un tal Lucas, así como en los poderosos retratos de Clifford Brown y Louis Armstrong en La vuelta al día en 80 mundos.

Es precisamente en Un tal Lucas donde Julio Cortázar sugirió, a través de su simpático álter ego, que “a la hora de su muerte, si hay tiempo y lucidez... pedirá escuchar dos cosas, el último quinteto de Mozart y un cierto solo de piano sobre un tema de ‘I Ain’t Got Nobody’. Si el tiempo no alcanza, pedirá solamente el disco de piano. Larga es la lista, pero él ya ha elegido. Desde el fondo del tiempo, Earl Hines lo acompañará”.

Que Hines esté contigo, Cortázar.