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Domingo , 27.05.2018 / 11:14 Hoy

¿Qué te roba la rata?

A mi papá le sale lo irónico: ¡milagro, Bemba, milagro: tus lágrimas se volvieron cuentas, por pendeja, y espero también que nos salgan las cuentas y aparezca lo que de mi ropero se ha perdido!

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Emiliano Pérez Cruz

Papá, cálmate: no hagas tiradero, le dije y traté de contenerlo, pero cuando el abuelo se enmuina es mejor ponerse lejos: tazas, vasos, jarras y platos vuelan y riesgo hay —cómo no— de salir descalabrado. ¡Lo que no puedes ver, en tu casa has de tener!, decía el abuelo, aventaba cosas de su ropero y yo sin entender, hasta que medio se aplacó y contigo quiero hablar, dijo: son la Bemba y sus hijos los que vienen y meten mano en mi ropero: se perdió la rasuradura, tan bonita era: de cuerda, te rasurabas y te masajeaba con sus vibraciones; las monedas de plata conmemorativas de las Olimpiadas del 68 desaparecieron; el rosario de plata que fue de tu difunta madre, ya no está: dejaron el estuche, me destantearon: cada que abría el ropero lo veía y pensaba que estaría adentro, ni me las olía que estuviera vacío; tampoco hallo sus lentes de carey, los que usaba cuando tejía o bordaba, y ya no solo eso: la cajita de Olinalá donde guardo mi dinero de la pensión: le meten uña a cada rato; me di cuenta y comencé a apuntar, para que no dijeras que estoy loco: se me van las cabras al monte, ¿quién a los 80 de edad conserva sus cinco sentidos enteritos?

Ya colijo que mi hija la Bemba, y el rata de mi yerno y los ratas de mis nietos, sus hijos, cada que pueden me andan llevando al baile, ¿qué casualidad que se me perdió la llave, reapareció días después en mi bolsa, siendo que la había volteado al derecho y al revés? De entonces para acá, nomás puras pérdidas, y se burlan, y dicen que chocheo, que ya tengo locura senil o que me ataca El Alemán, dicen. Y sé que andan trás las escrituras de la casa, y les digo y amenazan llevarme al manicomio, y hasta me pegan, mira, dijo mi papá y se levantó las valencianas de los pantalones: heridas a medio cicatrizar, puntapiés de los chamacos en sus espinillas, con sus zapatones ortopédicos de suela de vaqueta; ya no dudé de sus dichos, pero qué hacía: pensaba que la Bemba deveras nos hacía el paro cuidándolo, para eso le pagábamos, le dábamos para que comprara fruta, lo que necesitara para la comida del diario: carne de res, pollo, el pescado que a él tanto le encanta; a veces llegaba yo de repente a visitarlo: un plato de frijoles aguados, tres tortillas tiesas, tibias, sobaqueadas, y un chile verde en vez de la salsa de morita que le encanta. Eso sí: los chamacos rata y el rata del cuñadín salían ya con peras, con manzanas, ciruelas o tacos de guisado: nomás el caldillo les escurría hasta los codos.

Le reclamé a la Bemba y ya sabes sus respuestas: por pendejo, viejo berrinchudo y además pendejo: que no le gusta mi sazón, que soy desabrida, y ni modo de echarle la comida a los perros, porque como dice el dicho: que coman mis dientes, aunque no coman mis parientes; mi papá de hambre no se muere: siempre lo verás moviendo bigote. Sí, le dije a la Bemba: porque va al mercado y se granjea a los locatarios; no puede estar quieto y se acomide: que le ayudo con su bolsa, marchantita; Ñañañá: ¿le descargo la camioneta de las verduras?; con el pollero se granjea croquetas, medallones de pechuga y con la frutera las tunas, mandarinas. No es que no coma, que para eso te damos, para que lo atiendas y no para que ande limosneando en la plaza; cree que puede comer todo, pero la diabetes se lo acaba con la dieta que lleva, lo vas a matar, Bemba. Pues por pendejo, decía, y mi papá ahí escuchando, apretaba los puños para no írsele encima, y con la mirada yo le decía: calma, tírala de a loca, pero qué loca va a estar la Bemba; le dije: en el ropero faltan muchas cosas, y ya sabes su frase: por pendeja que no las buscas, ahí las tenía, y hay que quitárselas o las remata, ya ves que se le patina el coco. No Bemba: loco no está: revisamos su cuarto y no están sus cosas, y preguntando a varios dicen que tus chamacos les ofrecen cosas de mi papá; les preguntan si son robadas y dicen que son tuyas, pero andas necesitada de dinero y te deshaces de cosas, que no son tuyas, Bemba: son de papá y me contó cómo se desaparecen, y mira: a la Bemba le ganó la palidez, unos segundos, pero se repuso y contratacó con la eterna andanada de reproches, frente a mi papá: mira cómo eres malagradecido, papá: desde que mi madre falleció dije que ya no te quería conmigo; nadie quiso hacerse cargo, nada más yo, y mi marido que te consiente, y mis muchachos que no tienen por qué limosnear que los quieras; ora me los tachas de rateros, pero eso y más merecen ¡por pendejos! y yo también: te atiendo, te mato el hambre y resulta que te esculco el ropero y vendo tus cosas, y los pendejos de mis hermanos y hermanas que hacen caso a quien le patina la canica y no agradeces la querencia que se te tiene, dijo Bemba, que ya ves que es rete mañosa y voltea las cosas a su favor; le dije que no en balde vota por el PRI, porque tiene capacidad para enredarte y si tantito te descuidas terminas acariciándole el lomo, porque hasta lagrimitas echa ella, la sufridora Bemba: ay papá, nunca pensé que fueras así, que en tan mal concepto nos tuvieras, ¡a nosotros, que andamos con el abuelo p´allá, el abuelo p´acá; háblenle al abuelo, que ya es hora del almuerzo, de la comida, que se venga a tomar su avena!, todo para que hables de tu familia, a nuestras espaldas: eso no está bien, papá; Dios no lo quiera, pero ojalá y te quede bien claro (antes que mueras y te vayas a la tumba con esa imagen negativa) que si alguien queremos, es a ti.

Pinchi Bemba: nos tuvo a papá y a mí consolándola, secando sus lagrimones, la cuñada Janet corrió a su casa por una cebolla rebanada, porque ya ves que Bemba hasta se desmaya, sustote que nos puso: papá fue por el frasco de alcohol, le frotaba los brazos, las piernas, le echó buen chorro en la nuca hasta que volvió en sí; ay, mi papá: arrugó su sombrero, sí, soy un malagradecido, ¿por qué Diosito no me lleva de una vez con mi viejita, para yo descansar y ustedes de mí también?, para ya no causar enfrentamientos, para ya no causar tanto mal, pero como dice el dicho: mala yerba nunca muere, y aquí, delante de todos, Bembita, te pido perdones los malos modos, los arrebatos, pero es que sí me saca el tapón mi ropero esculcado, sin los recuerdos que me dejó mi viejita, decía papá y sufría, abrazaba a Bemba para exprimirle el perdón, y en un apretujón, chin: brotó una bolsita negra de plástico, la recogió mi papá y ¿creerás que la Bemba volvió en sí y de un manotazo quiso arrebatársela? La bolsita no aguantó el jaloneo y dejó escurrir, como en cámara lenta, cuenta por cuenta toda la sarta y las rosas de plata que las separaban, y lo último en escurrir fue la cruz del rosario de mi madre, que le regaló su patrona cuando se casó. A mi papá que le sale lo irónico y dijo muy sonriente: ¡milagro, Bemba, milagro: tus lágrimas se volvieron cuentas, por pendeja, y espero también nos salgan las cuentas y aparezca lo que de mi ropero se ha perdido! Y qué crees: que la Bemba se desmayó de verdad; mi papá tapó su botella de alcohol y lo ayudé a subir hasta su cuarto de azotea, donde lo arrejoló esa Bemba; Janet echó la cebolla a la basura y se fue; y solo cuando vieron el patio vacío, las otras ratas salieron de su agujero. ¡¿Cómo ves?!

* Escritor. Cronista de ‘Neza’.

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