Grabaciones en placas de rayos X: la música perdida de la URSS

Londres ha sido la primera sede donde este proyecto compilatorio llamado X Ray Audio se ha dado a conocer desde el otoño pasado.

México

Esta es una historia que no solo narra la producción masiva e ilegal de discos en placas de rayos X en Rusia, sino la supervivencia de las canciones vernáculas y sus intérpretes, cuyas vidas cayeron en el infortunio. Londres ha sido la primera sede donde este proyecto compilatorio llamado X Ray Audio se ha dado a conocer desde el otoño pasado.

Para nosotros, descargar archivos mp3 es una actividad cotidiana. En la ex Unión Soviética, buscar música como rock, jazz o tango equivalía a la clandestinidad, a lidiar con la persecución de la KGB, a buscar en callejones o mercados, con vendedores furtivos y sus posibles fraudes, quienes ofrecían productos “pirata” en discos manufacturados con placas de rayos X. Es así como para los auténticos melómanos, saciarse de música pop occidental se volvió un juego de adrenalina dentro de una nación reprimida que privaba a sus habitantes de estos placeres auditivos. Las canciones se les impregnaron hasta los huesos.

Stephen Coates es un compositor inglés independiente, integrante de la banda The Real Tuesday Weld y promotor de este proyecto que incluye un libro alusivo, algunas réplicas de discos y un breve documental recientemente lanzado por YouTube. Su afición y curiosidad por la cultura rusa lo llevó a descubrir en un mercado de San Petersburgo un objeto híbrido, ignoraba si era una lámina médica de rayos X o un disco de vinilo. Los amigos rusos con quienes acudió también lo desconocían y el mismo proveedor se mostró indiferente. De esta forma desempolvó una historia casi olvidada que vincula la Guerra Fría y la censura con los derechos de autor y el comunismo, y aun con la más reciente fiebre por los acetatos. Durante el último lustro, se ha dedicado a adentrarse en este submundo musical soviético del que extrajo algunas reliquias que se han presentado en Londres en el centro cultural The Horse Hospital. En últimas fechas, esta investigación se ha promovido por el sello Rough Trade, dirigido por el productor Daniel Miller.

“Mucha gente en Inglaterra tiene el prejuicio de que la historia rusa es gris y aburrida, pero para mí resulta fascinante. Hay varias historias que desconocemos, incluso muchos jóvenes rusos no tienen interés en su pasado soviético y son sus abuelos quienes lo conocen”.

Comenta en entrevista. “Uno de los mitos del X Ray Audio es que se trataba solo de vender rock y jazz y no es así. De estos existía aproximadamente un 29 por ciento, mientras el resto es música rusa original. Todos los ritmos latinos fueron prohibidos en ese entonces como el tango, la samba y el mambo. Tampoco se permitía la música de negros o romances gitanos debido a los prejuicios ridículos de la época, mientras que la música clásica sí se ecuchaba. Se prohibía todo lo que no fuera del gusto del dictador en turno”.

De acuerdo al libro recopilatorio de Coates, publicado por Strange Attractor Press, el auge de estos discos llamados “huesos” o “costillas” ocurrió entre 1946 y 1964, cuando la industria vivía sometida por el gobierno, en especial la música estadunidense, país “enemigo número uno” del Estado, así como “burgués” y “decadente”. Esta cultura underground surgió en ciudades como San Petersburgo, Moscú, Kiev y Odessa. Otra generación de “huesos” apareció en Budapest durante los años setenta, pero se especula que se trataba de reminiscencias.

Cada ejemplar de “hueso” era único; fueron elaborados con una tecnología casera y artesanal, una circunferencia imperfecta y un hoyo creado por una quemadura de cigarro, su diámetro medía entre 15 y 30 centímetros y se tocaban a 78 revoluciones por minuto. Las imágenes óseas se asociaban a los sonidos que emitían, de ahí su nombre. Las placas de rayos X se obtenían de los hospitales después de ser desechados o intercambiados con el personal médico mediante pagos monetarios o en especie.

Los álbumes originales llegaban a través de los marineros, pero debido a su prohibición, resultaba más lucrativo ofrecerlos en 60 rublos para los clientes más osados, cuando un salario promedio alcanzaba los 150 rublos mensuales. La alternativa más “segura” para algunos fabricantes y dealers (The Golden Dog Gangse le llamó a su primera generación), fue producir discos completos o canciones sueltas de segunda mano de forma clandestina y venderlas en las calles y en los mercados conocidos como “Baraholkas”; se aceptaban también botellas de vodka como trueque. La existencia de los “huesos” se difundió de boca en boca entre jóvenes compradores a precios de dos a cinco rublos, equivalente a un kilo de salchichas o un desayuno, y con el riesgo de ser defraudados con una copia de ínfima calidad u otra diferente a la solicitada, ya que carecían de una carátula distintiva. Es así como para muchos oyentes ésta se convirtió en la única vía para acceder a artistas del rock como Little Richard, Bill Haley, Pat Boone y The Beatles, entre otros. A estos últimos los define Kolya Vasin como “una epifanía” que tuvo durante su adolescencia. Para él, sacrificar la comida era irrelevante con tal de surtirse de su “droga” sonora gracias al dinero que le entregaba su madre para su ración diaria de leche y pan.

Pero no solo la música occidental encontró un recoveco para los oídos soviéticos mediante los “huesos”. Canciones y poemas, y mucho del repertorio vernáculo ruso, fue grabado en estos discos a la memoria de intérpretes encarcelados, suicidas u obligados al exilio o a cambiar de oficio como Serguei Esenin y Vladimir Sabinin, a quienes la represión los llevó a quitarse la vida. El gobierno podía censurar una canción, pero no hacer que la memoria colectiva la olvidara.

La producción de los “huesos” terminó a inicios de los sesenta, cuando se popularizaron los reproductores de cintas magnéticas de dos cabezas y posteriormente los casetes,que se adquirían sin restricción gubernamental. Sus ejemplares quedaron en el abandono y olvido en cajas o roperos que hoy representan objetos de culto de los que Stephen Coates continúa en la búsqueda de sus propietarios para que revelen más de estas historias resguardadas. Esta es la música ósea perdida que sigue rememorando una generación también para el interés de occidente y sus nuevos escuchas.