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Martes , 25.09.2018 / 01:13 Hoy

Protesta pública

Con una buena carga de sentido del humor, Colomer reivindica y adopta la protesta del habitante común de las ciudades modernistas.

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La escena es muy graciosa, vemos un paisaje urbano con edificios modernos genéricos, pero al alejarse la cámara nos percatamos de que uno de los edificios no es real. Se trata de un personaje que se mueve de prisa, sosteniendo una especie de pancarta tridimensional en forma de edificio. La pieza se llama Anarchitekton, es una puesta en escena filmada e ideada por el artista catalán Jordi Colomer y llevada a cabo por el actor Idroj Sancine (cuyo verdadero nombre es Jordi Encinas). La acción de la película se desarrolló en varias ciudades como Barcelona, Bucarest, Brasilia y Osaka entre 2002 y 2004.

Entre el título de la pieza y el contenido de los fotogramas es muy fácil darse cuenta de que la obra intenta criticar el anonimato de muchos edificios icónicos del modernismo. La filmación recorre obras arquitectónicas que van desde los bloques de vivienda inconclusos del socialismo rumano, los anuncios publicitarios que saturan el paisaje urbano en las ciudades japonesas, hasta los famosos edificios como el Congreso Nacional de Brasilia, diseñado por Oscar Niemeyer en 1964, o la Torre Agbar, construida en Barcelona por Jean Nouvel.

Pero ¿dónde está la anarquía en todo esto? En los recorridos por las ciudades donde se ha escenificado la obra, el protagonista pone su maqueta-pancarta en tensión con las realidades sociales, con los contrastes entre el modernismo de las ciudades y su cara opuesta, las aspiraciones irrealizadas de muchos de sus habitantes: los indigentes, los obreros, los inmigrantes y toda la población marginada del bienestar progreso que sus países y ciudades les recuerdan cotidianamente.

Un Architekton es una maqueta-escultura de yeso, ideada en los años veinte del siglo pasado por el artista soviético Kasimir Malevich. Dichas maquetas no tenían escala ni medida, el artista las describía como “construcciones espaciales”, que realizaba como expresiones trascendentales de la corriente suprematista que él encabezaba. Jordi Colomer estudió arquitectura y después se dedicó al arte, dentro de la plena tradición modernista europea, por lo cual, sus maquetas ambulantes son doblemente irreverentes, ponen en ridículo tanto a los edificios que representan, como a su inspiración estética referida a la trascendencia del suprematismo.

Con una buena carga de sentido del humor, algo que desgraciadamente es poco frecuente en el arte contemporáneo, Colomer reivindica y adopta la protesta del habitante común de las ciudades modernistas. El artista se suma a la desazón que provoca la falta de escala y la pérdida de la figuración de la arquitectura moderna y la convierte en una caricatura, con la complicidad de los habitantes marginados dentro de sus propias ciudades.

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