"El prosumer" al poder

Si algún día se escribe dicha historia del consumo, probablemente otro punto nodal sería el que estamos viviendo en la actualidad, una especie de auténtica revolución de los consumidores.
Ahmet Hamdi Tanpinar.
Ahmet Hamdi Tanpinar. (Especial)

México

Cuando en 1949 el escritor turco Ahmet Hamdi Tanpinar publicó su monumental novela Paz, que transcurre en el Estambul de los años previos a la Segunda Guerra Mundial, como de pasada, su narrador afirma que quien escriba la historia del siglo XX tendrá que tener presente “la epidemia de los productos farmacéuticos”, pues tenían una “estética e incluso una literatura propias” y, sobre todo: “En realidad, tales medicamentos no se limitan a ser productos de un puñado de determinadas fábricas que han aparecido en nuestros tiempos, sino que son los primeros pasos que conducen directamente al desarrollo del ideal humano del consumismo. Las facilidades artificiales que nos han traído aseguran la progresiva muerte de lo natural en el ser humano”.

Ignoro si existe algún estudio sobre la evolución del consumo que permitiera contrastar el valor profético de la aseveración de Tanpinar, pero, a juzgar por el poder actual de las farmacéuticas —que, como ha demostrado Darian Leader, incluso inciden ya en las percepciones y políticas públicas sobre la cordura y la locura—, quizá en efecto haya detectado un punto de inflexión importante.

Si algún día se escribe dicha historia del consumo, probablemente otro punto nodal sería el que estamos viviendo en la actualidad, una especie de auténtica revolución de los consumidores, donde tras décadas de haber sido una especie de ídolo adorado y codiciado por las empresas, pero siempre de manera pasiva y sin ninguna capacidad activa de incidir en los productos destinados a colmarlo de felicidad, ahora se ha convertido en lo que los gringos llaman prosumer, principalmente en lo referente a la faceta cibernética de los consumidores. Esta nueva etapa se distingue por su exigencia de participar, de ser escuchado y de ejercer el poder del anonimato para mostrar con insultos y desprecio todo aquello que no satisface su necesidad narcisista (a menudo llamada “democrática”), que considera que su laptop o su iPhone se han convertido en el centro del Universo.

La virulencia con la que se manifiestan los consumidores en la red contrasta con su ignorancia ante los grandes temas políticos pues, ¿qué importa pensar sobre las grandes estructuras abstractas cuando se pueden “consumir” noticias fugaces en la red para, en seguida, pasar a la sección de comentarios a insultar —a menudo racial o sexualmente— a los otros prosumers exaltados, que ejercen por igual su democrático derecho de quitar el freno a los impulsos y plasmar de manera anónima sus más hondos prejuicios y su profundo odio a la diferencia?