La proscripción del público

Genealogía de la soberbia intelectual (Taurus, México, 2013) no dedica una sola palabra a Saul Bellow y sin embargo exhibe sus mismos desencantos.
Genealogía de la soberbia intelectual (Taurus, México, 2013)
Genealogía de la soberbia intelectual (Taurus, México, 2013) (Especial)

Ciudad de México

En una conferencia dictada en la Universidad de Oxford en 1990, Saul Bellow deploró la influencia cada vez más creciente de esa magia perversa a la que llamó “el ruido de nuestro tiempo”. Se refería a todo aquello que propicia la distracción del público hacia la experiencia estética y el saber civilizador: el periodismo barato, las campañas publicitarias, la tele como adalid del entretenimiento; en suma, la industria de la comunicación. Al espesor de nuestra ignorancia —remataba— y al rumbo confuso de nuestro entendimiento contribuyen asimismo las universidades y los intelectuales, cuyas cortes de metafilósofos y metacríticos rara vez consideran la existencia de los simples mortales; tienen para ellos unas cuantas fórmulas emitidas a regañadientes.

Genealogía de la soberbia intelectual (Taurus, México, 2013) no dedica una sola palabra a Saul Bellow y sin embargo exhibe sus mismos desencantos. Es, por encima de cualquier propósito, un libro didáctico, “sin afanes enciclopédicos”. No debemos, pues, echarle en cara su inclinación por la glosa, el esbozo histórico, la sinopsis: aspira por igual a un lector bien informado y a uno en ciernes o simplemente distraído. Pero que tenga un carácter divulgador no significa que rehúya la confrontación. Hace tiempo que cierta clase de escritor no puede concebirse si no es en guerra contra la tiranía del gusto, la estupidez, el poder del dinero, la sociedad de masas…

Es el intelectual engreído y no el intelectual mismo quien recibe la atención y el rechazo de Enrique Serna. Tiene como antecesores más lejanos a los escribas de Mesopotamia que ostentaban el monopolio de la escritura y a uno de sus últimos descendientes en el enterrador que niega los vínculos entre el arte y el hombre común. Ha encarnado en los sofistas atenienses y en los ideólogos del nazismo, en los poetas que evitan con repugnancia a los seres más descuidados y olvidados, y en los guardianes de la pompa académica. El engreimiento distingue a unos y a otros, así como su desdén por la inteligencia iletrada. Luego de siglos de cultivar un sentimiento de superioridad, el ágora donde habitan se ha vuelto “más cómoda y perfecta que nunca”, dice Enrique Serna, “pero el público se ha largado a otra parte”.

Es cierto, volviendo a los argumentos de Bellow en aquella conferencia, que “No todo el mundo puede rendirse ante la promesa del gozo estético”. Habrá quienes persigan otros ideales: la liberación del espíritu, la destrucción de todos los ídolos, el cultivo de un perpetuo malestar. Enrique Serna podría añadir entonces que los modestos alcances de la literatura —o las humanidades— no excluyen la posibilidad de que ese abismal “no todo el mundo” pueda transformarse en una colectividad en la que novelistas, poetas, pintores, arquitectos, músicos, dramaturgos, filósofos, pensadores, analistas políticos compartan “el don de imaginar mundos ficticios o concebir ideas originales”. Se trata del público, el mismo a quien un jurista respetable de la España de la Contrarreforma dirigió esta condena: “el vulgo discurre como vulgo al fin…, plebeyamente”.

Los modelos de Enrique Serna —los de la soberbia y los de la nobleza, a los que no deja nunca de contraponer— provienen en su mayoría de la Grecia antigua y la Francia de los siglos XVIII, XIX y XX (Mallarmé, por cierto, se lleva el premio al más despreciable de los intelectuales herméticos). Para los autores de la España del Siglo de Oro solo hay veneración. Estados Unidos (qué hay de Whitman y sus llamados a frenar la corrupción moral de Estados Unidos), Inglaterra (qué de Salman Rushdie, por ejemplo), Italia (¿y los neorrealistas y sus obras comprometidas?) no son siquiera comparsas. América Latina, donde algunos intelectuales han tomado la forma e incluso han adquirido el aura del profeta político, recibe escaso juego. Ni hablar: no siempre obtenemos un poco de satisfacción.

Más sorprendentes son las parcas referencias mexicanas. Serna trae a escena a los Contemporáneos, Paz, Fuentes, Zaid y Monsiváis… y hasta ahí. Sorprende porque Genealogía de la soberbia intelectual es un libro en guardia contra ciertos signos alarmantes de nuestra actualidad. Pongamos los casos de la mercadotecnia editorial, capaz de hacer pasar cuentas de vidrio por oro, y del triunfo de la mediocridad. Serna vuelve una y otra vez a ellos para consignar el desprestigio de la crítica. Sus dardos más venenosos apuntan, sin embargo, hacia una presa mayor. Seguros de que pertenecen a una casta superior, a la par de los sacerdotes brahmanes que llegaron a presentarse como la encarnación del conocimiento, los intelectuales engreídos suelen mantener una relación clientelar o privilegiada con el poder. No encuentran consuelo en el aplauso y el prestigio. Aspiran al dominio absoluto de la cultura.

Mientras fustiga a la pedantería, el verbo arrogante, la erudición onanista, el cosmopolitismo de segunda mano, Serna hace el elogio de las emociones y los géneros proscritos por los habitantes del Parnaso. Uno apenas pestañea cuando mira desfilar al melodrama, la novela histórica, el thriller policiaco, la comedia, la sátira, el instinto popular. A ojos de la soberbia intelectual, son irrelevantes porque seducenalos de abajo. Para Enrique Serna son la materia con la cual ha escrito sus libros. ¿Captan? Genealogía de la soberbia intelectual es un rayo lanzado sobre los reductos de las elites culturales pero es también, y quizá por encima de todo, un mapa de ruta por la obra, endiabladamente genuina y plebeya, de Enrique Serna.