La gente tiene miedo

Semáforo.
Semáforo
(Mónica González (Archivo))

Ciudad de México

Habrá quien recuerde los promocionales de la campaña presidencial de Miguel de la Madrid, que comenzaban diciendo: “La gente tiene miedo...”. Aquella propaganda prometía abatir los índices de criminalidad y devolverle a la “población” —eran los años en que la palabra “ciudadano” se usaba solo en actas ministeriales— la tranquilidad de poder moverse por las ciudades sin ser asaltado o secuestrado. Los spots se alternaban con la campaña de “renovación moral”, dirigida, sobre todo, a inducir en la población alguna confianza en los gobernantes.

Aquel sexenio ni redujo la criminalidad ni, mucho menos, generó nueva confianza, a pesar de la pomposa creación de una Contraloría, hoy Secretaría de la Función Pública que no ha servido, excepto para hacer mayor la burocracia. Vio, eso sí, los inicios del fenómeno narco a gran escala: Ernesto Fonseca Carrillo, Miguel Ángel Félix Gallardo y aquel inolvidable Caro Quintero, que afirmaba poder pagar la deuda externa del país si lo dejaban traficar en paz su mariguana. Vio la inauguración del horror puro con los llamados narcosatánicos, y el secuestro, tortura y asesinato del Kiki Camarena, agente de la DEA, y permitió la continuación del sempiterno abuso y corrupción de las autoridades; por ejemplo, las acusaciones de que Antonio Toledo Corro, entonces gobernador de Sinaloa, había protegido en su propia casa a Félix Gallardo para impedir su arresto. Y ¿alguien recuerda los pleitos violentos entre los judiciales del D.F. y los federales por las violaciones de muchachitas, cometidas por los escoltas de un alto funcionario? Sin hacer el recuento largo: varios policías federales, además de ser “héroes” de la lucha contra el narco, ocupaban sus ratos libres en violar y atracar. Los descubrieron, denunciaron y nada, apenas tres de los cómplices fueron detenidos, y tratados con privilegios absurdos. Hubo una manifestación de solidaridad con las víctimas: 10 mil personas. Y luego, el olvido. La gente tuvo más miedo.

El vínculo entre gobierno y delincuencia tiene una larga historia en México. Y hasta su literatura. En preparatoria es de obligación leer una de las obras de Manuel Payno —o lo fue, cuando yo fui preparatoriano—: Los bandidos de Río Frío retrata los modos del coronel Yáñez, asistente personal y directo del presidente Santa Anna, y jefe de los bandidos que sembraron el miedo hasta paralizar rutas comerciales y dejar caminos y pueblos abandonados. Eso no ha cambiado; ha empeorado: la crueldad, el odio. Hace poco platicaba con un prominente político colombiano, activo durante la etapa más caliente de la lucha contra los cárteles de Cali y Medellín. Y me hizo una observación que me dejó helado: “En Colombia era gente que no tenía el más mínimo respeto por la vida humana. Podían derribar un avión sin reparar en la cantidad de muertos. Pero cuando mataban, simplemente quitaban del camino lo que les estorbaba. En México, en cambio, no se trata del menosprecio de la vida. Se trata del odio: no les basta con matar...”. La violencia, la crueldad y la incapacidad del Estado se pueden presentar con muchas cifras. La historia muestra que la gente tiene miedo —y con razón.