[Cuento] El profesor de química

Daniel Espartaco (México, 1977), su más reciente libro es Autos usados.
El profesor de química.
(Especial)

Ciudad de México

—¿Le puedo ayudar en algo, caballero?

La tienda departamental estaba llena de esa clase de gente que como yo deja las compras de Navidad para último momento, aunque yo más bien estaba ahí porque mi padre cumplía años el 25 de diciembre, como el mesías de los cristianos, pero él no era el mesías, y estaba de visita en la ciudad, específicamente en mi sofá cama. Era un poco incómodo tenerlo ahí por las mañanas porque cuando se levantaba de mal humor y yo también no teníamos mucho que decirnos.

—Busco un regalo para mi padre.

—La sección de corbatas está por acá —me dijo la dependienta.

Pero yo no iba a caer en el clisé de comprarle una corbata cara, o más bien una barata, de acuerdo con el presupuesto de un treintañero freelancer de esos que siempre tienen un cheque atrasado pudriéndose en la redacción de un periódico. La estridente decoración navideña del lugar me deprimía, y más aún los villancicos en las bocinas de la tienda (“Christmas (Baby please come home)” con Darlene Love). El problema con regalarle algo a mi padre era que debía de tener alguna utilidad, de acuerdo con el carácter pragmático de un profesor de química. Finalmente me decidí por una bufanda, no una vistosa sino más bien sencilla, no muy cara, tampoco muy barata, de buena lana, que podría servirle cuando regresara a Chihuahua, donde las temperaturas estaban bajo cero. Me sentí más tranquilo después de pagar en la caja y mientras esperaba en la cola para envolver el regalo con la impersonal envoltura de la tienda: una bolsa de papel color rosa.

—Creo que voy a hacer de cenar algo hoy en la noche —me dijo esa mañana mi padre—. Podemos comprar una botella de vino.

—¿Sí?

—No tiene nada que ver con la Navidad —me dijo, avergonzado.

—Bueno, también es tu cumpleaños.

Cenamos temprano porque se marchaba al día siguiente en el vuelo de las seis de la mañana y como era medio obsesivo con los tiempos tenía que estar en el aeropuerto dos horas antes, por lo que debía levantarse a las tres de la mañana. El hombre sufría de maneras inenarrables tomar esa clase de vuelos (se estresaba demasiado, se le disparaban la presión y el azúcar), pero siempre se las arreglaba para viajar en una aerolínea económica y para estar en fríos aeropuertos de madrugada con el estómago y el alma desechos. La cena fue modesta: un filete de pescado, arroz blanco y ensalada. Cada quien bebió un vaso de vino. Los vecinos del departamento de al lado festejaban a lo grande con música estridente. Los niños corrían por las escaleras del edificio y tronaban cohetes entre risas y expresiones de asombro. Comíamos en silencio.

—Te compré un regalo —dije.

—Pero yo no te compré nada.

—No es por Navidad, es por tu cumpleaños.

Me hubiera gustado tener el dinero para comprarle un reloj caro. Era embarazoso para él recibir un regalo, y más para mí dárselo. No me sentí decepcionado cuando lo guardó en la maleta que estaba sobre el sofá (la había preparado desde la mañana) y me dijo:

—Gracias.

Por el contrario, me sentí aliviado de que ya hubiera pasado el momento. A las doce de la noche yo estaba en la cama intentando leer un libro sin poder dormir por el ruido de los cohetes y las celebraciones. A las tres sonó mi despertador. Él ya estaba listo, vestido, con una boina en la cabeza y frente al plato de avena que desayunaba cada día para reducir el colesterol. Pedí un taxi por teléfono y salimos a esperarlo. Tuve que ponerme una chaqueta muy gruesa porque el frío era más que inusual para la Ciudad de México, tal vez unos cero grados, calculé. Quise sugerirle a mi padre que se pusiera la bufanda, pero en eso llegó el taxi. Regresé a la cama y dormí varias horas hasta que sonó el teléfono ya muy entrada la mañana.

—Hijo…

—Hey, ¿cómo llegaste? ¿Qué tal estuvo el vuelo?

—Fatal…

—Me imagino.

—Estuvimos casi una hora en la pista. Gracias por la bufanda. Estamos a menos tres grados aquí. Fue muy útil.

—Me alegra que te gustara la bufanda —dije, contento de (por una vez) haberle podido regalar algo útil a mi padre, el profesor de química.