Profesor Koslov

Ese hombre es un héroe, sabe en qué escuela vas aunque no lo has visto en tres años, va por ti, es quien más te agrada. Te llevó a comer una hamburguesa al Tomboy.
El ‘Highland Green’ sacudía su armazón entre la maleza. Es el primer y último recuerdo verdadero que poseo de mi padre.
El ‘Highland Green’ sacudía su armazón entre la maleza. Es el primer y último recuerdo verdadero que poseo de mi padre. (Ilustración: Luis M.Morales)

México

El Highland Green sacudía su armazón entre la maleza. Es el primer y último recuerdo verdadero que poseo de mi padre. Aquella aparición metálica bamboleándose en la noche. Los faros alumbrando la cara de mi madre y la de mi hermano muerto. Un sonido, es una canción de The Skyliners, una mezcla de góspel, blues. No murió aquella noche, es necesario mencionar que está muerto porque no quiero recordarlo vivo. Lonely way suena en el reproductor de música, el otro día en la fila de los boletos del Metro escuché una discusión, es pretencioso citar en inglés, ¿qué puede hacer una persona con educación bilingüe?, vamos, el resentimiento social nos estalla en la cara en cualquier sitio. Entre las sabandijas formadas por un boleto, las sobremesas de casas con muebles de madera de sándalo, las tarjas de la cocina de restaurantes de lujo, el salón de clases del profesor “autodidacta”, el mito que vende: nadie me enseñó. Todos mis maestros están muertos, escritores que no conocí. No puedo evitar pensar en nosotros, un grupo de más de 20 niños. Tu rostro regresa a mi memoria, esta mañana tengo miedo de quedarme dormido frente a la computadora, estoy cansado de hacer llamadas, me cuelgan, algunos acceden a contestarme algunas preguntas, después cuelgan. El turno del telemarketing acabó, camino por la plaza de la Conchita, huele a infierno mojado. Recuerdo la hierba, el armazón de aquella bestia agitándose frente a los temerosos ojos de mi madre, porque el tiempo, aprende, es tan solo una lejana sinfonía, una canción de Lou Reed, un misterio fangoso. Juntamos por las noches las manos rogando por un mejor día. Te asombras de continuar vivo y gritas, para comprobar si estás vivo. Gritas y el lodo te parece un sitio más amable que la silla en la que durante diez horas te entregas a juegos mecánicos de palabras. Marcas números al azar, a veces la base de datos te parece aburrida, entonces el juego cambia, inventar números que hagan soportable la espera, en el descanso de las siete de la noche fumas un cigarro barato, ahorras para la cajetilla de Lucky Strike, la tendrás el próximo lunes.

Un sonido, tus pies cruzando el lodo. Las luces te atraen como un animal herido, las luciérnagas son animales ingenuos como tú, se pegan a las vitrinas artificiales. Entras, te acercas a la mesa en la que lo viste, lo tomas. La salida parece tan lejos. Otro sonido, una especie de aplauso sin ánimo. Salen unas cuatro personas de una sala anexa a las mesas y estantes de libros. No te pareces a ellos, te puedes reconocer en los ojos de otros, aprendiste demasiado pronto. Nadie en la caja. Alguien te empuja y te das cuenta que tus manos están llenas de tinta, pequeñas rayas de tinta azul en toda la mano.

—¿No hay nadie?

—Cerramos a las nueve.

—Faltan ocho minutos para las nueve.

—La caja cierra al 20 para las nueve.

Dejas el libro, ahorras 483 pesos. Cruzas nuevamente la plaza de la Conchita, está oscuro, la luz de un café te atrae. Un tipo de guitarra desafinada canta alguna canción que no conoces. Quieres entrar, en el último momento, decides esquivar la compañía. Serpenteas por las calles, después subes al trolebús que te llevará a la estación de Metro más cercana. Bajando el puente, tocas el timbre, se detiene en la próxima parada. Cruzas ese pequeño parque sin luz, la estación del Tren Ligero está a unos metros. El puente está desierto. Subes. Las escaleras están deterioradas, en la ciudad nadie usa los puentes, suicidas. Ya nada nos podrá apartar, es la voz de tu padre, subiste a su auto saliendo del colegio. Tu madre te prohibió hablar con él, porque te abandonó. Piensas que ella debe vivir en una especie de mentira, porque está ahí y te acaba de regalar un cowboy con su caballo: Silver. Ese hombre juega contigo, te sonríe, tu madre está loca, ¿qué puede saber una pobre mujer cuyo mundo es el trabajo?, así que abrazas a ese hombre que conserva el mismo auto.

—¿Por qué sigues con el mismo auto?

—Porque a ti te gusta, ¿quieres que lo cambie?

—No sé.

—¿Qué auto te gustaría?

—Me gusta el que tienes.

—Te amo.

Vaya forma de romperle la madre a alguien con dos palabras. Escucharon canciones, rock and roll, él las partes principales, tú los coros, igual que tres años atrás. Te dice que cuando cumplas nueve años podrás ir con él y Lu, su novia. Te muestra una foto, es una mujer vestida de negro, estás enamorado, no puedes esperar a verla. Te gusta más que tu madre. Ese hombre es un héroe,  ¿por qué nadie puede verlo? Sabe en qué escuela vas aunque no lo has visto en tres años, va por ti, te llama por tu nombre, tiemblas, es la persona que más te agrada. Te llevó a comer una hamburguesa al Tomboy, cerca de Millet, después abrió la cajuela, te regaló una patineta que te pidió dejar en el auto. Regresaste a casa por la noche, todos estaban buscándote. La plaza de la Conchita te daba miedo, se te olvidó el cowboy en el asiento trasero, Silver te agradaba más, lo protegiste de la lluvia bajo el suéter. Tu madre reclamó, ¿qué hiciste? Pobre abuela, está en las calles dando vueltas, buscándote, no aguanto los pies, vine a descansar un momento. Todo parece detenerse, ya no escuchas lo que ella grita, te sacude, toma a Silver, lo lleva al bote de la basura, entonces sucede, pegas un manotazo en su falda, gritas. Desde que tu hermano murió saliste del anonimato, convirtiéndote en el objeto de amor-odio de las dos mujeres en casa. No importa dónde estabas, ensuciaste la ropa, los tenis, te reclaman que no se secarán para mañana. Esa noche antes de cruzar la puerta, intentaste limpiarlos con la manga del suéter. No vas a olvidarlo: tu madre mostró su amor golpeándote, eres un cerdo. Ahora lo sabes, nadie escapa del recuerdo, llevas la misma marca de tenis que usabas en 1987. Al otro día te presentaron con la ropa sucia, tenis enlodados, la maestra de música te reportó. Te sacaron de la clase de Español. Media hora después escuchaste voces afuera del salón de detenciones.

—¿Por qué?

—Son las reglas.

—Necesito que regrese a mi clase.

—Profesor, eso no es posible.

—¿Por qué?

—Son las reglas.

—Todo niño debe recibir su clase, son las reglas.

—En todo caso, tendré que llamar a la madre y la directora.

—Hágalo, mañana, hoy no.

—Profesor Koslov, creo que…

—Ha perdido media hora de clase, va contra las reglas.

La puerta se abre, ese hombre no se parece a tu padre, es más alto. Viste bien. Lleva un traje negro, toca la trompeta, lo hizo el otro día frente a todos. Acaricia tu cabeza, no te molesta, si la abuela lo hace, te retuerces. Toma tu mano, cruzan el patio. Te pregunta si estás bien. Al entrar al salón, alguien se ríe.

—¿Qué es tan gracioso?

Silencio. Todos abren sus cuadernos, están repasando una lección de gramática. Esperas el final de la clase, leerá otro fragmento de: Las noches blancas. Antes leerá un fragmento en ruso, después en español, al final: en alemán. Está a punto de hacerlo.

—Profesor, ¿nosotros cuándo vamos a leer al Principito?

—Cuando quieran.

—¿La próxima clase?

—No, aquí no, en casa.

—¿Por qué no lo vamos a leer? El grupo de la profesora Bauer está leyéndolo.

—El tema del mes es: la guerra, ese libro no habla de la guerra.

Miras los autos, las manos están sobre el barandal del puente desierto, de algún sepultado abismo: su voz explicándote que en la guerra un niño no regresa al asteroide B-612, que las rosas no hablan, que nadie puede activar un volcán y que el cuerpo sí estaba en la arena. Entonces das un manotazo, recordando la falda de tu madre. Nadie te ve. No puedes recordar los nombres de todos tus profesores. Antes del funeral, escribiste una carta a tu profesor, se suicidó tomando veneno, en el funeral todos parecían haber perdido a su padre. Abrazaste a su hermana, en el puño se quedó una carta sudada. Todo es confuso, apenas recuerdas aquellos días posteriores a la muerte de ese hombre. Una tarde que estabas triste, llamaste a casa de tu padre, te contestó Lu, pediste hablar con él, te colgó; desde entonces  un Highland Green Mustang se agita en algún hueco de tu rencor.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).