La producción en horno de adobe, una realidad en "Barrio"

La comercialización de este tipo de alimentos no es sencilla, revela Carlos Araiza, pues se enfrentan a las críticas y al regateo de precios.
El negocio se ubica en Mina, casi esquina con Padre Mier, Barrio Antiguo.
El negocio se ubica en Mina, casi esquina con Padre Mier, Barrio Antiguo. (Gustavo Mendoza Lemus)

Monterrey

A pesar de establecerse en un punto no tan cómodo, las piezas producidas en El Pan de Barrio se terminan antes de las 14:00. El trabajar la masa a la vista de todos aunado al olor que despide el horno de adobe, hace que sus conchas y cuernitos sean irresistibles para los consumidores.

En el local, rodeado por las obras de la Línea 3 del Metro, Carlos Araiza, propietario de El Pan de Barrio, ha sabido tocar las fibras más profundas de un público específico: los adultos mayores que acuden al Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam), a los cuales les ofrece el producto a un precio especial.

“Cuando huelen que estoy horneando ellos como que recuerdan su niñez, a cómo se hace en pan en sus pueblos o barrios. Para después del medio día ya no tengo piezas”.

De profesión músico, pues tocaba la tuba en bandas, él aprendió a “preparar la masa” con un panadero de Veracruz. Pero antes del producto llegó el método, pues su interés primario era crear un horno de tierra y preparar alimentos de forma sustentable.

Hace tres años el uso del horno de adobe se mezcló con el deseo de hacer pan.

“En un comienzo no lo percibes, lo haces por gusto pero luego la gente ya te va diciendo ‘ah, qué buen pan, sabe distinto’. Yo lo hacía por la satisfacción de crear un producto que alguien pueda disfrutar y al final es eso, sentir que el cliente le gusta tu trabajo”.

La oferta del establecimiento se basa en pan de ajo, hogazas, pan de centenos, croissants o cuernitos y pan dulce.

Ofrecer pan artesanal no es fácil,  hay quien critica que su horno utilice leña y otros clientes regatean los precios.

 “Con los croissants o los cuernitos la gente me regatea el precio, pero no saben que a veces me tardo hasta tres días en hacerlos”, comenta.

Araiza utiliza leña que obtiene de árboles muertos en el centro de la ciudad –“que hay muchos”- o de material sobrante en madererías y ha adaptado su horno para que emita la menor cantidad de dióxido de carbono, y cada año regalan encinos entre la gente para ayudar a reforestar la ciudad.