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Viernes , 19.10.2018 / 12:55 Hoy

La Princesa Roja y su castillo de 14 mil libros

"En México la labor del cronista supera hoy a las novelas", asegura la autora de La noche de Tlatelolco en una entrevista en la que muestra su biblioteca personal, destaca la importancia de la realidad en su escritura y anuncia su nueva obra

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A esta casa se entra por una puerta rectangular de metal. Dentro hay un jardín con un par de árboles que lleva al recibimiento. "En un momento baja, tome asiento", dice un hombre con chaleco azul, y desaparece en la cocina. Una sala amarilla con vista al jardín. Este es un lugar colmado de libros. Conviven obras de narradores, políticos, poetas y filósofos. A la izquierda está García Márquez, a unos centímetros de él Carlos Marx y Mao Tse-Tung, más allá Marcel Proust. A la derecha Octavio Paz, Sergio Pitol y Jesús Reyes Heroles. Un poco más alejados aguardan Virginia Woolf y Tom Wolfe. Unos pasos rompen el silencio.

—¿Por qué no le ofrecieron que se sentara? —dice Elena Poniatowska antes de terminar de bajar las escaleras.

***

En 1938 estalló la Segunda Guerra Mundial. El mundo, dividido en dos bandos (El Eje y los Aliados), estaba convulsionado y unas naciones ocupaban a otras después de subyugarlas con sus arsenales y ejércitos. En 1940 Alemania invadió el norte y el oeste de Francia, y un par de años más tarde llegaron los soldados de Mussolini para repartirse, junto con Hitler, lo que restaba del pastel de las tierras galas. Fue en ese año, 1942, cuando Paula Amor, de familia porfiriana exiliada en París después de la Revolución Mexicana, huyó de Francia, dejando a su esposo, el príncipe polaco Jean E. Ponitowski, en el frente de batalla. Atravesando el Atlántico en el barco llamado El Marqués de Comillas, llegó a la ciudad de México. En aquel regreso a sus orígenes la acompañaban sus dos hijas, Sofía y Elena, quien en ese entonces, con tan solo 10 años, no sabía una pizca de español, pero 71 años después recibiría el Premio Cervantes de Literatura 2013, máximo galardón de las letras en nuestro idioma.

Han pasado 73 años desde su llegada a México. Elena tiene 83 años y el cabello completamente blanco. Saluda afable y pregunta con seguridad: "¿Qué quiere saber de mí?".

***

Con la Francia de la Segunda Guerra Mundial, La Poni, como la conocen sus amigos, no solo dejó la tierra que la vio nacer, sino también el título de princesa de Polonia. Sin embargo, con el tiempo en México se le conoció como La Princesa Roja, por su carácter combativo y su defensa de los marginados. Por eso, al ver su biblioteca, es fácil creer que Elena Poniatowska es una Princesa Roja habitando un castillo edificado con miles de libros, pues en su hogar no existen las paredes de concreto; sus muros son de tomos de miles de autores. En cualquier punto donde se coloque la mirada asoman los lomos con sus títulos. Se hallan en todas partes: en la planta baja y en el primer piso, en el recibidor y en la sala, en los pasillos y en la recámara: México bárbaro, de John Kenneth Turner; Después del banquete, de Yukio Mishima; Aura, de Carlos Fuentes; La montaña mágica, de Thomas Mann; El Capital, de Marx.

—¿Cuántos libros tiene aquí?

—Calculo que 14 mil.

—¡¿Ha leído todos?!

—No, por supuesto que no. Algunos solo los he hojeado.

—¿Cuáles fueron los primeros autores que la atrajeron?

—Lo primero que leí fueron los grandes escritores católicos franceses, porque tuve una formación obviamente religiosa. Leía en francés a Claudel, Charles Péguy, Léon Bloy; bueno, es una lista enorme.

—¿Cómo nació la espinita de escribir?

—Mucho más tarde. Aunque en casa de mi abuelo en Francia siempre había libros, fue en un convento de monjas en Filadelfia. Ahí tenían una revista y yo fui tesorera de ella. A mí siempre me han hecho tesorera de todo.

—De hecho tiene muchos libros en francés y en inglés...

—En francés tengo muchos menos, porque se los regalé a mi hijo mayor. Todos mis hijos y nietos lo hablan.

—¿Qué le falta por leer a alguien que ha leído tanto?

—Falta mucho. Hay muchas cosas que quiero leer todavía. Estoy leyendo varios libros. Leí mucho para una novela llamada La dos veces única, que saldrá este mes, sobre Lupe Marín, esposa de Diego Rivera. También leí sobre Jorge Cuesta, porque fue segundo enamorado de Lupe Marín, después de Rivera. Además leo periódicos, porque soy periodista, y todo lo que puedo en inglés.

—¿Se da tiempo para leer autores contemporáneos o solo lee clásicos?

—Estoy leyendo un francés que se llama Pascal Quignard. Acabo de leer a Michel Houellebecq, el que ha causado tanto escándalo por el problema entre musulmanes y Charlie Hebdo.

—¿Qué lecturas recomendaría a un niño?

—Le diría que leyera a Julio Verne.

***

Recorremos su biblioteca. Libros de Adriana Malvido, María Luisa Puga... Es como visitar una ciudad cuya población se divide en viejos de páginas corroídas y amarillosas o jóvenes poco usados y con las hojas impolutas. Algunos se engalanan en tapas duras y, por el contrario, otros más modestos muestran un atuendo de forro blando. Están escritos en francés, inglés y español. Una mesa se interpone entre la autora de La noche de Tlatelolco y un estante. Sobre ella se erigen fotografías, recuerdos de la vida de quien ha escrito casi 50 libros a lo largo de 60 años: Elena con Monsiváis, Elena con sus nietos, Elena con sus hijos, Elena en la infancia, Elena en la juventud, Elena en la vejez.

Estudió taquimecanografía y después fue secretaria bilingüe. Abandonó los estudios para dedicarse al periodismo. Publicó su primer artículo en Excélsior en 1954, año en que también escribiría decenas de entrevistas y publicaría su primer libro: Lilus Kikus. Nunca sospechó que su derrotero la llevaría por la senda de las letras. "Yo quería cantar. A mí me hubiera gustado cantar en un cabaret, pero después me dijeron que eso no era correcto", dice risueña.

—¿En qué momento el escritor se da tiempo para ser humano o el humano se da tiempo para ser escritor, debido a la soledad que implica sentarse a leer y crear?

—Es un problema moral gravísimo. Para mí lo fue. Mis hijos me piden que deje la canción en paz. He dedicado más tiempo a estar sentada en una máquina de escribir que a ninguna otra cosa en la vida.

—¿Se arrepiente?

—Claro que me arrepiento, muchísimo.

—Si volviera a nacer, ¿sería escritora de nuevo?

—No lo sé. Esperaría ser más sabia, hacer todo mejor. Una vez le dije al pintor Juan Soriano: "¡Ah!, quisiera volver a vivir, aunque sea echarme unos 20 años para atrás, para hacer bien todo lo que hice tan mal". Me dijo: "No pienses en todo eso; lo harías peor. No sirve pensar en eso".

—¿Qué le gusta del oficio de ser escritor?

—Ya no sé ni qué me gusta. A veces me parece un trancazo en el pescuezo, porque está uno horas ahí y las cosas salen unas veces mal y otras de la patada. Escribo todo el día.

—Entonces cree que es sacrificado ser escritor...

—¡Sí, sí! A mi hija Paula le preguntan si quiere ser escritora, y ella es muy buena, pero dijo "¡no, no, no!; es muy matado".

—¿Qué escritores hicieron su estilo?

—Mucho fue lo que oí en la calle, cómo platicaba la gente. Carlos Fuentes dijo que yo escribía como pepenador, que retomaba mucho la oralidad.

—Eso es todo un arte.

—No, no es ningún arte.

—¿Le gustaría ganar el Premio Nobel?

—Es algo tan aleatorio. Lo que me gustaría es ver crecer a mis 10 nietos. Lo otro no sé ni de qué depende. Yo aún no entiendo ni por qué me saqué el Cervantes, pero soy muy feliz con él.

—Aparte de leer y escribir, ¿qué le gusta hacer con su familia?

—Platicar, oírlos, comer con ellos, consentirlos.

***

Diario llegan los periódicos a esta casa, custodiada por Shadow, labrador negro que va del jardín a la sala, de la sala a la antesala (camina con libertad irrestricta entre los pasillos de libros). A la escritora de Hasta no verte Jesús mío le es imposible dejar de lado la realidad; al contrario, la asocia como elemento fundamental para la creatividad mexicana.

—En el pasado México tuvo a Juan Rulfo, Jorge Ibargüengoitia, Octavio Paz. ¿Actualmente hay quien pueda tomar esos puestos? ¿Cómo ve la calidad de la literatura mexicana de hoy?

—Ya hay grandes cambios. Incluso ahora se puede tener mil libros en una tablet. En este momento lo que México tiene son grandes cronistas. No se necesitan novelas en el país, porque con la labor del cronista se supera a las novelas. Ahorita, por ejemplo (refiriéndose a la fuga de El Chapo) un túnel de kilómetro y medio sin que nadie oiga ni se entere demuestra que somos maravillosos para cavar túneles. Esta es una novela que no existe en la historia. Entonces, el que se ponga ahorita a escribir la historia de lo que sucede, que es terrible y al mismo tiempo lo deja a uno estupefacto, tendrá una novela.

—¿Es obligatorio el arte comprometido para un escritor?

—No, lo único obligatorio para un escritor es escribir bien —sentencia La Princesa Roja, esa que habita en un castillo de 14 mil libros.

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