La precisión inasible

La escritura trasluce a menudo un carácter tajante, definitivo y apresurado, como si consistiera en el simple acto mecánico de plasmar por escrito eso que ya se sabía o pensaba.
Peter Handke.
Peter Handke. (Francisco Leong/AFP)

México

Uno de los más visibles efectos de la progresiva transformación de los escritores en celebridades, en aspirantes a líderes de opinión con influencia (que de preferencia deberán tuitear al por mayor sus opiniones, máximas u ocurrencias ingeniosas que les garanticen no perder popularidad ni vigencia ante la opinión pública a la que están empeñados en seducir), es el carácter cada vez más infrecuente de la escritura como exploración, como indagación en los límites del pensamiento de quien escribe, a menudo sin ninguna certeza de dónde desembocará el propio trayecto emprendido mediante el acto de sentarse a escribir. Por el contrario, la escritura trasluce a menudo un carácter tajante, definitivo y apresurado, como si consistiera en el simple acto mecánico de plasmar por escrito eso que ya se sabía o pensaba, sin dejar lugar a ninguna duda, que deberá ser digerido (¿consumido?) por los lectores con la misma inevitabilidad y falta de reflexión con la que fue producido. De esta manera se incurre en lo que Miguel Morey ha denominado “escritura dogmática”, compuesta por “un mundo de sujetos y objetos enteramente constituido y previo”, que equivale a “la pérdida de toda inmediatez, de toda referencia al contacto con lo inmediato”.

Y es que si el destino de la escritura se halla determinado incluso antes del enfrentamiento con la página en blanco, se pierde justamente ese pozo primigenio de pensamientos, emociones, contradicciones, angustias y muchos elementos más que crean esa hermosa tensión que encontramos en obras de los grandes escritores. No en balde, cada vez que se intenta definir lo que constituye la buena literatura, nos topamos con conceptos abstractos, un tanto misteriosos, que, sin embargo, aluden a ese carácter incierto que es la materia propia de lo literario. Así, además de la referencia de Morey a la “inmediatez”, Roberto Calasso habla de una “vibración”, Roberto Bazlen del “sonido justo”, o Robert Pirsig de “calidad”, términos todos que aluden al carácter inasible de las aguas mentales en las que abreva, sin duda, ese tipo de literatura que, más que permitirle al lector constatar un cúmulo de certezas que por lo general colindan peligrosamente con el lugar común, le ofrecen acompañarlo en un trayecto en el que, a través de la propia exploración del escritor, en realidad todo lector terminará por realizar una incómoda pero estimulante exploración de sí mismo. Pero por fortuna, aquellos que precisen de una noción más estable y objetiva pueden recurrir a una frase de Peter Handke, citada por el propio Morey: ante la interrogante de cómo saber si la narración da cuenta de una “experiencia de lo verdadero”, Handke responde con una frase esclarecedora: “…porque es absolutamente preciso que lo cuente”.