El precio de la muerte

¿Cuánto faltará para que algún genio mercadólogo encuentre la manera de que tengamos que pagar por respirar aire?
Karl Polanyi.
Karl Polanyi. (Especial)

México

En La gran transformación, Karl Polanyi da cuenta de la revolución que supuso para todos los niveles de vida el advenimiento del sistema de libre mercado, institución voraz desde sus comienzos, cuyos límites y expansión aún no terminamos de conocer, y cuyo fin histórico en su momento probablemente se producirá de manera violenta, pues la minúscula élite político-empresarial-financiera-intelectual difícilmente renunciará de otra manera a los obscenos beneficios que le proporciona. De hecho, no es nada descabellado pensar que la violencia indiferenciada que se propaga por distintos lugares del mundo en estos momentos se deba en cierta medida a los inviables desequilibrios producidos por el fundamentalismo de mercado. Como explicó Polanyi, al someter al valor de la tierra (naturaleza) y del trabajo (ser humano) a los caprichos del mercado, se inició una monetización de todos los ámbitos de la existencia, que ahora abarca la salud y la educación, e incluso crecientemente bienes indispensables como el agua. ¿Cuánto faltará para que algún genio mercadólogo encuentre la manera de que tengamos que pagar por respirar aire?

Al respecto, esta semana apareció en The Guardian un artículo sobre cómo cada vez más gente no puede pagar el funeral de sus seres queridos, por lo que deben recurrir a los lúgubres y humillantes funerales públicos, o incluso a buscar soluciones como encontrar un lugar para cavar la tumba y depositar los restos en un ataúd fabricado en casa. Varios testimonios coinciden en que las funerarias tratan con desdén a quienes manifiestan su incapacidad de cobrar los exorbitantes precios, que pueden alcanzar 400 libras por un arreglo de flores estándar. Así, asistimos a cómo el mercado excluye incluso de una muerte digna a quienes, a menudo a pesar de contar con trabajo (como explica David Harvey, dado que el salario mínimo se encuentra por debajo de la línea de pobreza, el propio Estado participa de la miseria institucionalizada), no tienen los recursos necesarios para pagarla. Para aquellos que aún piensan que la violencia generalizada es obra de gente malvada, y que no existe ningún nexo con las condiciones económicas de desigualdad y pobreza, he aquí el testimonio de un jardinero inglés que no encontraba la manera de dar un entierro digno a su padre (quien, por cierto, también trabajó durante toda su vida limpiando tuberías): “Estaba dispuesto a robar o a vender drogas. Hubiera trabajado como mula para alguien, yendo al extranjero para traer drogas aquí. Así de desesperado me encontraba”.